Los recuerdos e imaginaciones de la poeta Carola Brantome

“Yo no dejo la poesía ni la poesía me deja a mí, si yo la dejo por un tiempo es para estar leyendo y aplicando poesía a lo que aprendo, por eso digo que mi poesía no sale de la manga de la camisa, no la hago por magia, la hago porque tengo infinitas referencias […]

  • “Yo no dejo la poesía ni la poesía me deja a mí, si yo la dejo por un tiempo es para estar leyendo y aplicando poesía a lo que aprendo, por eso digo que mi poesía no sale de la manga de la camisa, no la hago por magia, la hago porque tengo infinitas referencias vitales, porque mi vida está llena de satisfacciones”, afirma la poeta.

Mario Fulvio Espinosa

La carita de porcelana de Rosa Carolina Brantome Martínez resplandece al hablar de su tema más amado, la poesía. Sus ojos grises emiten alegría y su pequeña boca sonríe al pronunciar cada palabra. Pequeñita, aparenta ser tímida, pero detrás de su dulce sencillez hay una mujer multifacética y dinámica.

¿Por qué de Rosa Carolina te trasladaste a Carola?
Mis familiares y amistades me comenzaron a decir Carola, y a mí me pareció que era un buen nombre, poético digamos, y cuando tomé conciencia de las letras alguien me sugirió que siguiera llamándome Carola. Pues así será, dije, me seguí llamando Carola, además me gusta ese nombre. Pero civilmente soy Rosa Carolina Brantome Martínez, nacida en San Rafael del Sur en febrero del año 61.

¿Qué recuerdos tienes de tus padres?
Mis padres eran Arnoldo Martínez y Alba Brantome, él era agricultor ganadero y mi mamá desempeñaba el duro trabajo de ama de casa criando cinco hijos. Yo no me crié con ellos, pero sí cerca de ellos. A mí me criaron tres tías abuelas, eran tres mujeres solteras de las que tengo más recuerdos y más influencia que de mis padres biológicos, con quienes sí mantuve y mantengo una relación muy cercana, pues viven a una cuadra de mi casa materna, allá en San Rafael. Mi papá todavía vive y mi mamá igual. Las tías ya murieron porque nacieron a principios del siglo XX.

Según me cuentan, éramos una familia pobre, de repente iba a nacer otro hermano, el hermano que me sigue, pero mi mamá contaba con la tranquilidad de que sus hermanas estaban viendo a la niña. Pero la niña se fue aquerenciando con las tías abuelas, porque, además, ellas no tenían hijos, y había una tía a la que yo le digo mamá, que era la profesora Coquito, era una mujer joven, un poco menor que mi madre, ella estaba muy entusiasmada con la niña, y la niña se fue quedando allá y de pronto ya no quiso volver a su casa. “Vos no imaginás —me dice ahora mi mamá— cómo luché para que te vinieras de nuevo a tu casa, pero al final te encariñaste con las tías, y como para mí esas mujeres han sido todo, yo me dije: Bueno, ahora la niña quiere estar allá, pero cuando sea más grande se va a venir, pero la niña nunca cambió de casa, y las tías fascinadas. Así me crié con ellas y adopté su apellido por decisión personal y también como un reconocimiento a la maternidad de esas mujeres.

LAS TRES TÍAS BRANTOME

¿Cómo eran esas tías Brantome?
De ellas tengo recuerdos fascinantes. Una era profesora, Carlota Brantome, dio clases por infinidad de tiempo en las comunidades aledañas a San Rafael del Sur; está María, que era purera, una mujer que se hacía cien puros al día y manejaba un cuarto lleno de fardos de tabaco. A veces, cuando siento el olor a tabaco de primera vuelvo a mi niñez y recuerdo que era un mundo estricto, pero muy libre. Siempre me preguntaban qué quería comer y cómo me quería vestir y, cuando crecí me dijeron que yo iba a hacer de mi vida lo que quisiese, básicamente el consejo que me daban era que estudiara y que tuviera un oficio para mantenerme.

¿Y en cuanto a las costumbres sociales?
De cierta manera eran unas mujeres creyentes, pero no beatas, ellas conocían el nombre de todos los árboles, de todos los insectos, de todas las plantas, de todas las estrellas y de todos los pájaros. Y también tuve unos tíos mágicos, fantásticos, cuyos cuentos forjaron, en gran parte, mi imaginación digamos poética o literaria. Usaban para hablar palabras raras, ellos me enseñaron, por ejemplo, una palabra bien regia: “Supiritado”. Mis tías eran unas mujeres dicharacheras que todo lo decían mediante refranes, dichos y expresiones populares muy sabias.

Mi mamá Carlota le contaba cuentos a toda la sobrinada, claro que yo agarré la mejor época de ella, porque me mantenía en la casa, ella había leído: Las mil y una noches, y nos contaba esos cuentos enmendadas o más imaginados, y no sólo nos narraban, sino que los escenificaba. Tenía un gran don de cuentacuentos, tanto en lo gestual como en el lenguaje.

¿Y los cuentos de caminos?
Esos los contaba la María, que era la purera, mi tío Jorge era especialista en cuentos de espanto, nos paraba los pelos con la Carreta Nagua, con el Hombre sin Cabeza que pasaba a caballo con una cutacha colgada al cinto y que siempre andaba fumando un gran puro, por eso en la noche sólo se veía brillar la brasa del puro sobre el cuerpo sin cabeza. Tanto mi tío Alberto como mi tío Jorge nos llenaron la cabeza con sus imaginaciones, unos aprovechamos esas enseñanzas, otros sólo guardaron en el corazón esos recuerdos.

EL DIABLO ARRASTRANDO CALAVERAS

Por su parte, mi tío Alberto decía que en las noches se oían ruidos raros y contaba que una vez viniendo en su caballo con sus tragos del lado de “Los Sánchez”, no sé cómo llegó a sus manos un cuero viejo, la verdad es que se le ocurrió amarrar el cuero a la cola del caballo y a medianoche, en un pueblito tan chiquito, allá por los años veinte, salió a galopar por el pueblo con el cuero rodando por detrás. Se puede imaginar el gran susto de la gente, nadie salió a mirar de puro miedo, sin embargo en la mañanita él fue el primero que salió preguntando: Oyeron el gran ruido que se escuchó anoche, y la gente afirmaba que había sido el diablo que pasó arrastrando un montón de calaveras que sonaban de manera macabra.

En mi libro: Si yo fuera una organillera, hay un cuento que se llama: La mama grande, que lo dedico a mi madre, ahí se cuentan las aventuras que pasaban esas buenas gentes durante las romerías en carreta a La Conquista.

En el poema yo trato de expresar la presencia en la caravana de La mama grande, que era mi bisabuela, ella era la reina, la matrona de la comitiva. Va en la carreta de las Brantome, atrás de la carreta va la “Niña”, que era mi mamá, con los piecitos colgados y un perrito detrás. También iban mis tíos y otros amigos a caballo a la orilla del camino, en otra carreta iban las cazuelas de comida y en el carromato mayor La mama grande sentada, y llegan a un paraje, ella da la orden de que se detengan, acampan y a ella la bajan como reina, sentada en un taburete, pero a lo mejor eso es imaginación mía, aunque sé que La mama grande era muy venerada por sus hijos y esposo, y murió bien joven.

Esa romería era fantástica, en esos caminos prendidos de sol, con aquellas carretas subiendo y bajando cuestas. Se salía en un Viernes de Cuaresma, haciendo paradas en los ríos para reponer el agua, lavar los trapos, calentar comida y pescar mojarras. Llevaban un gran caldero lleno de almíbar, con bateas de rosquillas, tamales pizques, queso seco, cuajadas saladas, pinolillo, tortillas, gallo pinto y pescado tieso. El cruce era por el camino de Las Cuchillas, subían por un lugar llamado Los Fierros, una comunidad que queda más al sur de El Crucero, desembocaban en Las Cuatro Esquinas, desde donde tomaban el camino a Diriamba, Jinotepe y Santa Teresa, de ahí hasta La Conquista. Aquéllos eran verdaderos caminos reales. El regreso se hacía el Domingo de Ramos a doble jornada, porque en Martes Santo ya no era posible andar en carreta ni en bestias, puesto que el Señor estaba en el suelo.

TUVE QUE INVENTAR MI MUNDO

¿Cómo eras de niña?
Fui una niña de juegos solitarios, pero jugaba desde que salía el sol hasta que se ocultaba. Había un patio inmenso donde jugaba de todo, yo tuve muchísimas muñecas, tuve trastos, carros, bicicletas, camioncitos, caballitos, yo me enamoraba de todos los juguetes, de cuerda, de batería, asientitos, sillitas, tambores, pitoretas, todos los juguetes que quise los tuve, de eso no me puedo quejar. Creo que también eso contribuyó a despertar mi imaginación, porque al jugar sola tuve que inventar un sinnúmero de amigos de ficción. Tuve que inventarme ese mundo, sumergirme en él para sobrevivir a la soledad, porque a cualquier niño le gusta tener una interacción, sin embargo hoy no soy una persona insociable, tengo muchos amigos y también una familia grande y extrovertida. Fui una niña feliz, contenta, sin nada extraordinario que significara un trauma, una ruptura en mi desarrollo normal.

¿Cuándo comienza la sed de escribir?
Yo comienzo a escribir como a los veinte años. Cuando llegué a la Escuela de Periodismo en el 89 ya publicaba desde el 82 en La Prensa Literaria. Recuerdo que me encontré con dos profesores que me apoyaron mucho, Guillermo Ortiz y Rolando Leiva. También en la Escuela de Periodismo gané un concurso de poesía al que convocó Unión Nacional de Estudiantes Nicaragüenses (UNEN) en 1989, yo envié mis poemas y gané, ese fue el primer premio que obtuve por mi trabajo.

¿Estás soltera? ¿Vas a seguir el camino de tus tías?
Yo no quiero vivir la vida de ellas, pero a veces uno elige parte de su destino y la otra es la parte que no se vive. Yo conscientemente no quiero vivir la vida de ellas porque tampoco ellas vivieron mi vida, yo quiero ser independiente, ser autosuficiente, a lo mejor será que soy muy exigente o que no ha llegado la persona ideal, o mejor dicho la persona adecuada porque lo ideal no existe. Por ahora estoy soltera y viviendo un estado solitario que me satisface. Me siento bien, estoy contenta, he amado mucho, me han amado mucho y soy una mujer realizada.

MEMORIA VERSUS MUERTE
¿Para ti qué es la vida?Puede ser un tránsito o una transformación, a veces la vida es más eterna que la muerte, pero como dice un amigo, la muerte no existe, la muerte es el olvido, por eso es que luchamos por pertenecer a algo, por sobrevivir a la muerte de cada día mediante el recuerdo, mediante la memoria, viendo la parte más positiva, tratando de ser mejores.

RESCATE DE RECUERDOS

¿El cuento o la poesía? ¿Cuál es el género de tu preferencia?
Prefiero trabajar en los poemas. Ahora estoy tratando de organizar las memorias, los recuerdos de mi familia, esas cosas de las que te he estado hablando. Los miembros de mi familia me animan, dicen que quieren leerlos, que quieren conocerlos. Yo quisiera escribir, por ejemplo, sobre mi bisabuelo que llegó a finales del siglo XIX, de Francia, viene con un grupo de aventureros franceses tras la Promesa de América, primero se fincaron en Corinto y después en León. Mi tía abuela Carlota decía que mi bisabuelo se llamaba Alfredo Jorge Felipe Brantome, fue alcalde de San Rafael del Sur, fue secretario del juez, fue sacristán de la iglesia, trabajó de traductor en el muelle de Masachapa y de ahí se movía a San Rafael, donde a finales de ese mismo siglo conoció a mi abuela Rosa Artola y se casaron, yo quiero contar esa historia y bueno, lo que no sepa lo voy a imaginar y mi imaginación, tal vez desemboque en los hechos reales que me cuentan.

¿Qué relación tuviste con Managua?
Poco a poco aprendí a querer a Managua, ciudad que algunos dicen que es fea, pero tiene sus lugares maravillosos, sus horas de encanto, porque como dice el poeta Carlos Williams, el encanto de los lugares se los da la hora en que son vistos. Yo he aprendido a ver los mismos lugares de Managua, que son maravillosos, un domingo por la tarde o a las 10:00 a.m. del lunes, cuando la gente anda azorada. Y también he aprendido a verlos desde mi estado de ánimo.

¿Tus últimas producciones?
Me siento en el mejor momento de mi vida, al máximo. Recientemente con: Postales en ciudades de arena, gané una mención honorífica en Casa de las Américas… porque los recuerdos son como la arena, se diluyen a veces con el viento o pasan como la arena a través del estrecho conducto de un reloj de cristal.

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