“Este es un trabajo honrado, que nadie me puede señalar por lo que hago”, asegura Sara María Gutiérrez.

Ganándose la vida con cepillo y betún

Jehú Hernández Sandoval Sara María tiene un brillo fugaz en los ojos que de momento aparece y luego se oculta tras los recuerdos que evidencian una niñez de mucho trabajo, pocos estudios y sueños frustrados. La adolescente que alguna vez pensó llegar a convertirse en arquitecta tuvo que resignarse a trabajar lustrando zapatos en la […]

Jehú Hernández Sandoval

Sara María tiene un brillo fugaz en los ojos que de momento aparece y luego se oculta tras los recuerdos que evidencian una niñez de mucho trabajo, pocos estudios y sueños frustrados. La adolescente que alguna vez pensó llegar a convertirse en arquitecta tuvo que resignarse a trabajar lustrando zapatos en la terminal de buses en el mercado Israel Lewites.

En el galerón donde los buses que llegan de Occidente bajan a sus pasajeros, se observan entre 15 y 20 lustradores que ofrecen sus servicios a los recién llegados y a “marchantes” que pasan por el lugar en busca de productos y servicios.

En el área de los lustradores destacan los varones, sobre todo ancianos y discapacitados. Pero también figuran unas siete mujeres que desde hace buen tiempo se dedican a este oficio. Ellas disputan los pocos clientes del día, pero tienen la ventaja de conmover más por tener a su alrededor a niños y niñas que no pueden dejar en sus casas, y tienen que llevar consigo a su jornada laboral.

Entre ese grupo de mujeres se encuentra Sara María Gutiérrez, quien ha pasado 10 años, de los 18 años de su vida, lustrando zapatos junto a su madre y su hermana.

Cuando esta jovencita apenas tenía ocho años, al terminar sus clases en el colegio Los Quinchos, del barrio San Judas, se iba directo al mercado para encontrarse con su mamá, que lustraba zapatos.

Fue en esa época que aprendió el oficio. “Al inicio no lo hacía bien, pero fui aprendiendo hasta que mi mamá me dio mi primera caja de lustrar”, recuerda, tras asegurar que aprendió el oficio, que después se convirtió en una obligación ineludible, más por ayudarle a su mamá que por otra cosa.

SIN AYUDA

Sara María es madre de dos hijos: Hamilton, de dos años y Alison, de cuatro meses. “He tenido dos malas experiencias amorosas y dos hijos. El papá de Hamilton, el que tiene dos años, trabajaba en la Alcaldía y el papá de Alison, que tiene cuatro meses, era lustrador aquí cerca. Ninguno me ayuda a mantener a mis hijos”, reprocha.

Y fueron precisamente esas dos malas experiencias las que le truncaron sus esperanzas de estudiar. “Me hubiera gustado ser arquitecta, pero ya ves que no se pudo. Ahora me gustaría hallar un trabajo para ayudarle a mi mamá, criar a mis hijos y salir adelante”.

De repente hace una pausa, pierde su mirada en el infinito y es un gesto de mano el que la hace volver a la realidad. ¿En qué pensabas? “En nada… Sólo estaba recordando cuando yo decía que iba a seguir estudiando para llegar a la universidad y ser arquitecta. Quería andar bien vestidita y ser importante. ¡Cómo cambia la vida por un error que se comete!”, exclama.

En el largo camino hacia la universidad no llegó más allá del sexto grado de primaria. Los estudios secundarios en el Instituto Autónomo Miguel de Cervantes y la carrera de arquitectura en la Universidad de Ingeniería no fueron más que un sueño.

LO BUENO Y LO MALO

Como ella misma asegura, ser mujer la favorece y la desfavorece en este trabajo. La favorece porque los hombres la buscan más para que les lustre sus zapatos y la desfavorece porque la enamoran y le hacen propuestas indecorosas, sobre todo los de mayor edad.

“Nos buscan porque nos deben de tener lástima, porque somos mujeres. Pero también me enamoran, sobre todo los viejos. Me dicen que se van a hacer cargo de mis hijos, pero yo no les creo”, expresa la joven madre.

Pero la situación económica es tan mala que aún con esa ventaja hay días que no gana ni para el pasaje. Hay ocasiones en que tiene que cargar con su hija e irse caminando desde el Israel Lewites hasta su casa en Villa Nueva, en el kilómetro ocho de la Carretera Sur.

Siente que la carga es muy pesada. No gana mucho pero tiene gastos fijos. Además de comprar todo lo necesario para desarrollar su trabajo y su comida del día en el mercado, paga veinte córdobas semanales para que le guarden su caja de lustrar por las noches y la Intendencia del mercado le cobra 21 córdobas semanales por el espacio que ocupa.

Sara María trabaja de lunes a domingo desde las 6:00 a.m. hasta las 7:00 p.m. por lo que no le queda mucho tiempo para actividades recreativas comunes para muchachas de su edad.

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