José Adán Silva
Marzo de 2004. Avanza con excesiva lentitud entre la fauna metálica de patas de hule y estornudos de aires negros y grises. A primera vista, en grandes letras, un rótulo: “Por favor póngase el cinturón”.
Si la vista le falla, o a propósito ignora el rótulo, él mismo se lo recordará. “Viera cómo ayuda ese chunche a salvar vidas”, dice, para terminar de convencer al cliente a que se ajuste el cinturón.
Un rosario de cuentas negras y cristo rojo cuelga del espejo retrovisor central de la Nissan Station Wagon. En el tablero, en letras como de espejuelos rosas, se lee un cartel: “Sólo Dios sabe si volveré”.
Si alguien va con demasiada prisa a un sitio, Ricardo C. no es el conductor apropiado. Es muy lento, casi tímido al volante; excesivamente celoso de respetar las señales y reglas de tránsito, sereno y parco cuando otros conductores desgalillan sus cláxones a su espalda, o cuando al rebasarlo, le gritan improperios de todo tamaño por atrasar el tráfico. “Así era yo de atrevido”, dice con una sonrisa que parece de vergüenza.
–¿Era?
–Es que soy lisiado.
–¿De guerra?
–No, qué va, del servicio militar salí bien, hasta fui cachorro cumplidor.
–¿Accidente de tránsito?
Guarda silencio. Espera el cambio de luces del semáforo, y una vez que el rojo cede al verde, comenta: “Esta pierna (la derecha), casi la pierdo, y este brazo (el izquierdo) no me quedó igual. Casi me mato”.
–Lo bueno es que está vivo-, le digo a modo de consuelo, ante el espontáneo cambio de sombras en el rostro que, supuse, se debía a un trauma.
–Es horrible brother, la carga de un muerto no se acaba ni con los años.
Octubre de 1996. El asfalto de Carretera Sur está húmedo y una ligera cortina de neblina flota a ras. Llueve una finísima brisa que apenas enturbia el vidrio delantero. En su mente lo único claro es que debe llegar a entregar el taxi a quien de buena fe se lo prestó esa semana.
Son cerca de las doce de la noche, o quizás ya sea de madrugada. La mente embebida en alcohol no logra distinguir la hora de dígitos rojos que brilla en el tablero, ni la distancia en que se encuentra el bulto que con imprudencia está caminando de espaldas sobre la vía y que se acerca vertiginosamente.
Algo, muy allá en el fondo, le advierte del peligro y trata de reaccionar, pero no puede. Siente el golpe seco, y las manos torpes; cuando quiere detenerse o girar, ya el bulto va volando, allá por los aires, mientras el auto, después de varias volteretas, se detiene. Todo se vuelve oscuro.
–¿Recuerda lo que pasó?
-No todo, es que iba bien borracho. Lo que sé es lo que la Policía y los Bomberos le dijeron a mi familia.
–¿Y que le dijeron?
–Que me dormí y me salí de la carretera.
–¿Y el bulto ese que dice que iba en media carretera?
–Era un señor de Monte Tabor, dicen que iba picado a orillas del camino, yo no me acuerdo. Dicen que se murió del golpe. Que yo lo maté.
Guarda silencio unos segundos.
–¿Y de eso tampoco se acuerda?
–No sé, yo estuve tres semanas en un hospital, y cuando me desperté sólo recuerdo un bulto volando por los aires. ¿Usted qué cree? Me pregunta sin volver a ver.
–Aquí me bajo. Páguese. Gracias.