José Adán Silva [email protected]
No voy a generalizar, pero no he encontrado a un solo taxista que no asegure haberle dado una mordida a un agente de la Policía de Tránsito. Acostumbrado, a como estoy desde que inicié esta columna, a escuchar cuentos de camino y alardes de fantasía y película de algunos “obreros del volante”, no le puse mucha mente a las innumerables quejas de los taxistas, dando casi por hecho que es verdad (y por experiencia propia lo digo) que las infracciones a las leyes de Tránsito se resuelven con unos córdobas más.
Pero lo que conocí el otro día fue más allá de lo normal. Bajaba, de muy mal humor por el extenso recorrido al que me llevaban sin mi consentimiento, por el sector de Ciudad Jardín, casi en las inmediaciones del Mercado Oriental, en donde las calles siempre están saturadas de vendedores, tramos y vehículos de transporte público y carga.
En una de esas calles se metió, mi entonces aborrecido taxista (no me dijo que iba al Oriental cuando le pedí que me llevara a mi apartamento), a dejar a una pasajera de delantal y bolso de mecate al brazo. La dejó, y salió de regreso por la misma calle, con mucho esfuerzo, agilidad y suerte.
A la media cuadra, detrás de un letrero comercial, lo esperaba un policía de Tránsito, vestido con su chaleco anaranjado, pito en la boca y guante de color naranja brillante. “Deme sus documentos por favor”, dijo el agente y el taxista: “Sí amigo, con mucho gusto ¿Qué solazo verdad amigo?”. Pero el agente no respondió, apoyó los documentos en una tabla y le dijo que lo iba a multar.
¿Y por qué? Reaccionó estupefacto el taxista. “¿Ah y no sabés todavía lo que hiciste? Venís en el carril contrario”, explicó el policía. “Estás loco jodidó. Vení vamos ahí a la esquina, te voy a enseñar la señal”, dijo el taxista y el policía, seguro de sí, lo siguió, mientras yo sólo veía el reloj dar vueltas sin llegar a mi destino.
En la propia esquina, en grande, un letrero anunciaba dos flechas puestas en sentido contrario, señal de que la calle, era de doble vía.
“Tenés razón”, dijo algo sorprendido el policía, después de unos segundos de silencio, y luego empezó a pedirle todos y cada uno de los documentos, llanta de repuesto, extinguidor, triángulo de advertencia, que si lleva puesto el cinturón de seguridad, y todo eso lo tenía el taxista. Casi todo, porque el seguro de la licencia no lo tenía vigente, porque la semana anterior se había vencido.
Y de ahí se agarró el policía para multarlo, pero claro, salite del carro y vení negociemos. Al final el negocio fue de 60 córdobas.
Tuve ganas de tener una cámara y hacer lo que hizo hace unos meses el Canal 8 de Televisión: filmar el soborno. Pero no andaba ni un lápiz, mucho menos una cámara, así que no me quedó otra que contar aquí el cuento, el mismo cuento que los taxistas les cuentan a sus pasajeros, y el mismo cuento que los pasajeros saben que ocurre con algunos agentes de Tránsito, y que no ocurre solamente con los taxistas, sino con todo aquel que maneje y esté dispuesto a negociar su mala maniobra con unos pesos de más.