Edgard Rodríguez C. [email protected]
Nací dieciocho años después del retiro de Joe DiMaggio en 1951, pero aprendí a admirarlo a través de los textos que lo mostraban como un jugador eficiente, circunspecto y armonioso.
Dicen que era la elegancia sobre el terreno. “No se lanzaba sobre los batazos porque les llegaba de aire”, afirmó alguien atrapado por la simpatía hacia el magistral jardinero.
Crecí entonces, con el deseo de conocer al legendario jugador, quizá el más venerado entre la constelación de estrellas que se ha enfundado el uniforme a rayas de los Bombarderos.
Y lo contemplé sólo a distancia, o por televisión, ya cuando el tiempo le había robado todas sus habilidades, pero no su gracia y su distinción. Al final, se nos adelantó en el viaje eterno.
Ese fue el recuerdo que vino a mí, cuando observé la expresión, que aunque retenida, reflejaba la emoción sincera de Erling Cubas al conocer a Rosendo Álvarez.
Pero Rosendo ha ido más allá de aquel abrazo al ser impactado por la tenacidad de un niño, cuyo diagnóstico le tiene los días contados. Ha decidido acompañarlo en la lucha.
A Rosendo lo hemos criticado cuando creemos que ha caído en excesos que afectan su carrera y la imagen que debe proyectar como un deportista.
Sin embargo, sería injusto no reconocer el ejemplo que ahora emite, a través de una lucha contra el tiempo, contra la desesperanza y contra la falta de fe.
Rosendo ha descubierto, que la mejor virtud del hombre, es desempeñar cabalmente su papel de hombre. Que no existe una mejor virtud que servir. No a todos ha agradado la determinación de Rosendo, pero lo esencial, es lo que se pueda hacer en beneficio de la vida del niño, mientras proyecta un ejemplo digno de ser imitado.
Lo único que me resta decirle a Rosendo, es que siga, porque las horas de sacrificio pasan, pero la satisfacción de haber sido útil, perdura toda la vida.