Cambió el estetoscopio por la cuchara. Victoria Bermúdez descubrió en la cocina la clave para sacarle buen provecho a la vida.
Desde niña, doña Victoria Bermúdez sintió especial atracción por la cocina y la medicina. Considera que en la vida siempre hay algo que sacrificar. A ella le tocó sacrificar la medicina. Aunque su vida transcurre entre estas dos pasiones, tuvo que dedicarse más de lleno a su restaurante de comida casera El Aderezo. Y ha tenido mucho éxito.
Recuerda que gran parte de su infancia se la pasó en la cocina de su casa, aprendiendo a hacer de todo lo que ahí se cocinaba. También fue muy discípula de Julianita, una señora que para ese entonces curaba con hierbas. Y entre sus juegos, doña Victoria desparasitaba con apazote a todos los chavalos que vivían cerca de su casa, aprendió a conocer y a utilizar algunas hierbas y curaba a sus amiguitos de entonces.
Estudió medicina siendo ya adulta, puso un consultorio en Altamira y practicó su carrera con muy buenos resultados, pero cambió la clínica por la cocina porque además de que “el interés por la cocina siempre estuvo presente, vivir de la medicina es más difícil”, considera.
“La medicina ahora ya no es tan noble. Es una carrera que trata de ayudar a las personas que tienen más necesidad y quienes estudian medicina hacen un trabajo muy bueno en ayuda de la humanidad, el problema es que ahora la medicina y las carreras a fines se han vuelto un medio de lucro, de negocios. Ahora si no tenés, te morís”, critica.
Y como no la concibe como un negocio, no puede vivir de ella, indica. Aunque siempre brinda consultas a sus amigos y familiares, y trata de actualizarse en la materia, haciendo maestrías en medicina natural, su restaurante El Aderezo consume gran parte de su tiempo.
COCINA Y CREATIVIDAD
Victoria disfruta mucho su trabajo. “La cocina es de creatividad, es de amor, hay que cocinar con amor”. Ésa es la clave de su éxito.
Escuela. El restaurante que le ha dado tantas satisfacciones empezó casi por casualidad. Durante cuatro años administró “El Paladar” y ahí aprendió muchísimo de cocina, aunque desde pequeña aprendió a cocinar muchos platillos, considera a “El Paladar” como su gran escuela.
Buena cuchara. Pero quienes la empujaron a emprender un negocio propio fueron los transportistas de una ruta que llegaba hasta la comunidad donde vive y quienes le pidieron que les cocinara desayunos.
Sueños. Su día comienza a las 4:30 de la mañana y el momento más especial es la cena, cuando se reúne con toda su familia, para quien también reserva los días domingo. Entre sus sueños cuenta “algún día escribir sobre comida y medicina”.