In memoriam

Roberto J. Martínez C. Con Carlos (Guadamuz) y la muchachada de Managua de principios de los sesenta nos reuníamos en la Chichería La Riviera, en el barrio del cine Tropical. Mientras degustábamos un sabroso “raspado relleno” o una deliciosa chicha, escuchábamos en una roconola de Miguel G. Hernández las últimas novedades en música gringa, las […]

Roberto J. Martínez C.

Con Carlos (Guadamuz) y la muchachada de Managua de principios de los sesenta nos reuníamos en la Chichería La Riviera, en el barrio del cine Tropical. Mientras degustábamos un sabroso “raspado relleno” o una deliciosa chicha, escuchábamos en una roconola de Miguel G. Hernández las últimas novedades en música gringa, las favoritas de los adolescentes en ese tiempo: Elvis Presley, Neil Sedaka, Bobby Vinton, Little Richard y, sobre todo, Paul Anka, que entonces estaba en su apogeo.

La Riviera era el centro de reunión de toda clase de chavalos, entre poetas, marihuaneros, músicos, vagos, rebeldes sin causa, beatniks, guerrilleros en ciernes como Leonel Mena (“Choricín”), Selim Shible (“El Turco”), etc.

Carlos y yo cantábamos a coro las canciones de Paul Anka en la celda # 18 de “La Aviación”, después que nos dieron la gran apaleada en los sótanos de la OSN, en Tiscapa. Su canción favorita era Lonely boy (Muchacho solitario); la mía era Crazy love (Amor loco). Selim no cantaba, sólo silbaba aquella canción vieja: Begin the beguine. Era entonces abril de 1961. Carlos y Selim tenían 14 años; yo 17.

Siempre fue rebelde. No derramó ni una sola lágrima cuando nos torturaron los esbirros Gonzalo Lacayo, Franklin Wheelock y Lee Wong. Yo ahora suelto unas lágrimas por él, como las que solté cuando mataron a “El Turco” en La Perfecta. Hoy me siento un Muchacho solitario.

Hasta la victoria siempre, crucito

Ingeniero agrónomo
Ex vicerrector de la Universidad Nacional Agraria.

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