Alejandro Marín
Fue en los años sesenta que entramos a la era del plástico. Recuerdo el primer pichel de este maleable material que entró a mi casa como una gran novedad. A partir de entonces en todo nuestro territorio los tibios y el agua helada servidos en vasos de vidrio y jícara pasaron a segundo término, incluso las tradicionales pichingas, cántaros, cartuchos de papel, sacos de bramante etc., fueron desapareciendo ante el avance del bendito plástico a tal grado que son un recuerdo en nuestro léxico. Pues su alta demanda y bajo costo lo hacen una necesidad básica del diario vivir de la era moderna.
Los países del primer mundo no han podido remediar su alarmante impacto ambiental. No menciono los años que tendrán que pasar para convertirse en materia orgánica. En Nicaragua los nicaragüenses no tenemos problemas con este producto, sencillamente lo tiramos a la calle como todo lo que no nos sirve.
Es una lástima observar a la entrada de las ciudades y en los campos los miles de basureros de plástico, como haciendo un ademán de que no solamente somos buenos ciudadanos que amamos nuestra tierra, sino que hacemos ornatos florales de este material.
Para enfrentar este problema, el Gobierno, al que culpamos de todo, podría comenzar a incentivar las industrias de reciclaje y exigir la manufactura de materiales de construcción de viviendas que nos hacen falta. Exigir en los supermercados que la gente traiga sus propias bolsas de casa y no malgastar las millones de bolsas plásticas que inundan nuestro ambiente.