- Oscar De la Hoya sería una mejor opción
Edgard Tijerino M. [email protected]
¿Regresaría Napoleón por “más candela” a Moscú o Waterloo? Por supuesto que no, como tampoco lo haría Janet Leigh al Motel Bates para volver a ser acuchillada, como le ocurrió en la famosa película Psicosis.
Ah, pero Tito Trinidad quiere volver “por más” frente al implacable e indescifrable Bernard Hopkins. Eso no es algo imprudente, es un suicidio.
“Qué bueno es no saber quién es tu verdugo”, dijo irónicamente Marat camino hacia la guillotina, pero Tito Trinidad lo conoce, y quiere verlo otra vez, como si aquel 29 de septiembre del 2001 en el Madison de Nueva York, no hubiera existido.
En aquella ocasión, todavía atrapado por los escalofríos después de lo presenciado, me pregunté: ¿Tiene sentido una nueva pelea Trinidad-Hopkins? ¿Qué sería lo diferente? ¿Podría el boricua escapar a otra paliza?
En 1982, yo pensé que Alexis Argüello era capaz de hacer reversible el resultado de la primera pelea con Aaron Pryor, pese a lo grotesco que fue el final. No fue así.
¡Cómo impacta ver caer al ídolo!, y eso que la superioridad de Pryor sobre Argüello no fue tan aplastante como la de Hopkins sobre Tito.
Pryor demostró que tenía el armamento, el fuego y la condición física requerida para vencer reiteradamente a Argüello, así como Holyfield nos hizo ver, que Mike Tyson nunca podría resolverlo.
¿Valía la pena volver a colocar a Durán frente a Leonard después de aquellas dos derrotas consecutivas? No, obviamente. Eso mismo creo de Trinidad con Hopkins, y casi tres años después, con más firmeza, porque regresando de un retiro, todo es más difícil.
No hay como enredarse. Hopkins es muy fuerte, terriblemente agresivo, hábil, flexible y sólido, como para abrirle espacio a Trinidad y permitirle mejores opciones.
Tito debe ir en busca de Oscar De la Hoya, porque esa revancha sí tiene pies y cabeza.
Por las polémicas que generó la batalla del Mandalay en Las Vegas, y porque nadie sabe qué hubiera ocurrido si la propuesta de ambos hubiera sido una pelea brava. Además, De la Hoya sigue ejerciendo una gran atracción para el público.
El asombro que provocó Hopkins con su magistral y autoritaria demostración en el 2001, todavía nos tiene aturdidos, y obliga a preguntarnos: ¿Qué tan expertos son los expertos? ¿Cómo fue posible que Trinidad apareciera en pantalla como el gran favorito?
Recuerdo que Alí fue considerado candidato a convertirse en “cadáver” frente a George Foreman. En 1974, aquí, todos calculamos que Argüello terminaría con Ernesto Marcel.
¿Cuántos creyeron que Leonard vencería a Hagler? “Cómo fue posible que se autorizara ese crimen”, escribió Edwin Pope en El Herald cuando se concertó ese combate, y ya vimos lo que ocurrió.
Uno revisa las imágenes y no ve cómo Trinidad pueda cambiar la historia de aquella noche de septiembre con Nueva York convulsionada por el reciente atentado.
Su recto de izquierda no funcionó porque la derecha de Hopkins es relampagueante y precisa. No utilizó ganchos, porque descubrirse arriba frente a un hombre capaz de soportar sus embestidas y contra golpearlo con violencia, era demasiado riesgo. No pudo apretarlo contra las sogas, porque Hopkins se mostró endiabladamente hábil en ese difícil terreno.
SIN SENTIDO
¿Qué podrá inventar Tito en un nuevo enfrentamiento?
Nada que lo saque de ese infierno que siempre propone Hopkins.
Así que, el boricua, conoce muy bien al verdugo, y pese a esa claridad conceptual, desea volver al Motel Bates. Uno piensa: eso no tiene sentido.