La Carpio, sin Dios y sin ley

Sobreviven con el alma en vilo. La tierra prometida resultó ser una versión más angustiante de la patria perdida, porque allá están solos, son los más despreciados y los más miserables Eduardo Marenco Tercero [email protected] CIUDADELA LA CARPIO, SECTOR DE LA URUCA, SAN JOSÉ, COSTA RICA. – “Dios proveerá”, dice un rótulo en una casa […]

  • Sobreviven con el alma en vilo. La tierra prometida resultó ser una versión más angustiante de la patria perdida, porque allá están solos, son los más despreciados y los más miserables

Eduardo Marenco Tercero [email protected]

CIUDADELA LA CARPIO, SECTOR DE LA URUCA, SAN JOSÉ, COSTA RICA. – “Dios proveerá”, dice un rótulo en una casa de La Cueva del Sapo, la guarida de los rufianes que han convertido La Carpio en un infierno.

De un tiempo para acá, pareciera que Dios ha dejado de proveer y se ha pervertido el ánimo de La Carpio, una antigua finca de la Caja del Seguro Social costarricense, que hace doce años fue invadida por emigrantes nicaragüenses y costarricenses, lotificada de hecho, y donde afloraron de la nada las casuchas de latas y paredes de zinc, primero a lo largo y ancho de la mina cantera y después al borde de los precipicios que dejaban las excavaciones.

La Carpio es un caserío donde viven entre 35 y 50,000 mil personas, ubicado a diez minutos de San José, más allá de las discotecas fragorosas y las casas de ensueño, de los hoteles cinco estrellas y los bancos opulentos, y pasando el Hospital México, el parque de diversiones, hasta llegar a la fábrica de asfalto ubicada al pie de la montaña que aún funciona como tajo.

Allá hay de todo: desde sodas o pulperías surtidas, cantinas de mala muerte, casas bien cimentadas, hasta casuchas de latas y zinc al borde del abismo.

La Carpio es la ciudadela dormitorio de los nicaragüenses que laboran como guardas de seguridad o empleadas domésticas en San José, y es también un miserable asentamiento humano. Las aguas putrefactas corren al aire libre al borde de las casas, muchos viven al pie de torres de alta tensión y, recientemente, un basurero se ha instalado al final de La Carpio. Relleno sanitario le llaman. Hasta allá va mucha de la basura producida en San José.

Los miles de nicaragüenses que allá viven, permanecían olvidados por el mundo hasta que una estela de crímenes los puso en la primera plana de los diarios: un hombre mató a sus tres hijos, baleó a su ex mujer y luego se suicidó. Una redada policial dejó a decenas de detenidos al borde de la deportación. Y los índices de violencia indican que La Carpio es una ciudadela del crimen.

A PUNTO DE MORIR AHORCADA

A Elsa Miriam López Cajina, una granadina de ojillos achinados, piel canela, cabellera de ébano y de 27 años, su compañero Jairo Flores, un nicaragüense de 34 años, le estaba asfixiando con sus propias manos cuando su madre irrumpió en la habitación, en un segundo piso, y mandó a llamar a la Policía.

“Me estaba ahorcando cuando llegó mi mamá”, cuenta minutos después, ahora en la camioneta de LA PRENSA, en la que fue trasladada junto a su marido arrestado en la tina, acompañados de dos de los seis policías de La Carpio.

Era el mediodía cuando dos niños fueron a avisar a la Policía que un hombre estaba matando a su mujer, éstos acudieron a la casa, una suerte de barraca de paredes de zinc, con cuartos infinitos donde por la gracia de Dios duermen veinte niños, todos emparentados en cuatro familias.

Sobre el dintel de la puerta los policías vieron escrito un anhelo: “347. Familia Ayala Guevara. Dios bendiga este hogar”. Otro rótulo ofrece helados y gelatinas. También venden bicarbonato.

María Ayala, la matriarca de la prole, una mujer robusta que anda en fustán y tiene el cabello corto teñido en rojo, tiene 52 años y dice que en su casa viven cuatro parejas, pero no logra dar cuenta de la cantidad de niños. Todos corren de un lado a otro como duendecillos incansables, avivados por el escándalo.

La Policía ha irrumpido y está en el segundo piso disuadiendo al compañero de su hija, que borracho, la estaba matando. Antes había subido un mediador que al bajar dejó un tufo a guaro tras de sí.

Son granadinos, dice, y viven en La Carpio hace ocho años. Hay varios televisores encendidos en la casa, casi uno por cuarto, la luz entra poco, y doña María explica el origen del pleito: “Mi hija descubrió que él tiene otra mujer, entonces le dijo que se decidiera, o que se fuera con ella de una vez, después mi hija se fue a cortar café a otra hacienda, él la siguió, y desde entonces no la deja en paz”.

Anteriormente, ya la había golpeado en las piernas con un tubo y maltrataba a sus hijas, aunque él no es su padre.

Elsa Miriam, su hija, confirma las agresiones: “Él me tiró un tubo en la cabeza, pero me agaché, pero después me dio en las piernas”.

Un niño se acerca y pregunta: “¿Verdad que arriba están ‘turqueando’ (golpeando) a Jairo?” Varios niños descalzos se arremolinan para ver algo. Al poco tiempo baja la Policía con Jairo Flores, sin ser esposado porque así lo exigió, tiene golpeado el pómulo derecho y luce borracho, lo montan a la camioneta y lo llevan a la estación donde ella rendirá declaración en su contra. Antes que la mate de verdad.

TODO SE HA PERVERTIDO

Doña Rosa Nicundano Jarquín, cachetoncita, pequeña y blanca casi como la nieve, tiene 58 años, nació en Santo Tomás, Chontales, y hace doce años vive en La Carpio, siendo una de las fundadoras del caserío. Cuando llegaron, recuerda, no había luz ni agua, pero ahora sí tienen. “Esto eran cafetales cuando vinimos”, recuerda. Y cantera.

Emigró de Nicaragua con su esposo y sus hijos, a buscar trabajo en los cortes de café y gracias a un amigo consiguió comprar un lote de terreno. “Después el patrón nos dijo que los chiquillos podían estudiar y los matriculamos en la escuela”. Ahora carga a una de sus nietas y desde un retrato su esposo le ve feliz.

Tiene refrigeradora en casa. A pocos pasos está el precipicio y la torre de alta tensión. Más allá el basurero y las cantinas pendencieras.

Ella aún espera dos cosas: que le den un título o que le saquen de allí.

Pero de un tiempo para acá, afloraron los asesinatos, las reyertas entre vecinos, la violencia de los hombres contra las mujeres, el alcoholismo, el parricidio. Todo se ha pervertido. Se respira un aire de angustia.

“Ha habido tanta matancina, será que se está cumpliendo lo que dicen las Sagradas Escrituras, que los días serán peores, veremos cosas que nunca las hemos visto, y ya ve, esos crímenes, un hombre que mata a sus hijos, antes no era así”.

LA VIL ESPERA

Es de noche en San José, en la acera de la Quinta Comisaría de la Policía, en el llamado “centro de aseguramiento de extranjeros en tránsito”, está Auxiliadora Monjarrez, una campesina de 29 años de La Paz Centro, León, que se protege del frío con una chamarra de jean y tomando un café con leche. Ella espera angustiada a que suelten a su marido, Julio Javier Quezada, de su misma edad, que fue apresado en la famosa redada de un viernes por la madrugada en La Carpio.

Hace seis años ingresaron a Costa Rica, gracias a un salvoconducto, pero una vez que se les venció, su marido fue detenido sin documentos en regla, le rompieron el viejo salvoconducto, lo apresaron y lo deportaron. Regresó de forma ilegal y esta vez lo han detenido de nuevo. Habla con el cantadito de campesina nica y con el siseo del tico. “¿Qué te digo? Él trabaja en construcción, pero el que lo contrató se esfumó y aquí estoy con mis hijos sin ningún quinto”.

Labora de doméstica y gana el triple (C$2,990 córdobas) de lo que ganaría en su país. Se queja de que la redada la hicieron un viernes en la madrugada, día de pago, de modo que muchos lo perdieron.

Doña Marta Petrona Ayala Espinoza, de 51 años, una mujer morena, gordita y pequeña, de rasgos indígenas, abrigada con un chal azul y abrazada por la menor de sus hijas, María Elena, de 16 años, también espera porque no sabe nada de sus dos hijas, apresadas durante la redada. Supuestamente compraron cédulas de residencia a “unos abogados”, pero eran falsas. Y ahora ambas hermanas están detenidas: María Auxiliadora Borgen Ayala y Martha Luz Borgen Ayala, de 34 y 26 años. Ambas laboran de domésticas.

Doña Marta cuida a sus nietos y otros niños huérfanos, nueve en total, está sola con ellos y no tiene con qué darles de comer ni llevarlos a la escuela este lunes. “Hay un hombrerío donde ellas están y huele tan mal”, se queja.

Doña Marta vive también en La Carpio, de la segunda parada, cuatrocientos sur 75 oeste, casa 354. Está cansada de la violencia. “A mi niña, María Elena, me la han asaltado, un día me la mandaron descalza, me le quitaron los tenis, la cédula, el carnet del Seguro y los libros se me los rompieron y los tiraron en la calle. Agarraron al hombre, pero al ratito estaba de vuelta en la calle”, recuerda.

Las pandillas al igual que el barrio, están organizadas conforme las paradas de los autobuses. De este modo, están los de la tercera (parada), los de la cuarta, los de la terminal y los de La Cueva del Sapo.

Los días de pago, hacen fiesta: asaltan y hieren al por mayor.

LA CUEVA DEL SAPO

“Los viernes y los sábados aquí llueve plomo”, dice un policía que patrulla por La Cueva del Sapo, un gorilón con lentes Ray Ban, que habla con cierto desprecio de los nicaragüenses.

“No comprendemos por qué se matan y se roban entre sus propios vecinos”, razona, “no lo entendemos. En La Cueva del Sapo los fines de semana los tiros van y los tiros vienen, y usted agáchese que no se detienen. Usan armas pesadas, la tronadera es buena en horas de la noche”, asegura.

Este policía, que exige el anonimato, calcula que unos quinientos jóvenes están aglutinados en bandas delincuenciales y muchos de ellos andan armados, con pistolas que supuestamente adquieren en Nicaragua. La Cruz Roja no ingresa a La Carpio, según dice.

“Esto es una bomba de tiempo”, advierte.

Los distribuidores de refrescos, cervezas y abarrotes, entran en sus camiones armados de escopetas y protegidos con chalecos antibalas.

En el sector de La Cueva del Sapo, tener un celular es cuestión de vida o muerte porque de lo contrario, para hacer una llamada se tendría que ir a las cabinas telefónicas ubicadas a la entrada, las que están bajo control durante la noche, de las bandas de delincuentes.

Hay un bar y una sala de billar en La Cueva. En esta zona violan, asaltan y matan. Muchos delincuentes se ocultan allí tras cometer atracos en San José.

Ismael Ernesto Méndez González, es un leonés de 57 años que vive en La Cueva del Sapo desde hace cinco años. Está acostumbrado al peligro y a cada momento cita La Biblia. Sobran los templos evangélicos en La Carpio.

Para llegar a donde él vive hace falta ir acompañado de la Policía. El define así el problema de La Carpio:

– “Aquí lo que hay es desconocimiento de la ley de Dios”.

PIE DE FOTOS:

1.- Las casitas de latas a punto de derrumbarse al borde del precipicio en la Ciudadela La Carpio, en Costa Rica.

2.- Muchos nicaragüenses esperan encontrar una nueva vida en Costa Rica pero al final terminan viviendo en las zonas marginales de la capital, como en La Carpio.

3.- La Cueva del Sapo, el sector más caliente de La Carpio.

4.- Jairo Flores, cuando es arrestado por la Policía en La Carpio.

5.- Doña Marta Petrona Ayala Espinoza, de 51 años, esperando que la Policía deje libre a sus dos hijas.

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