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Arjuna Estrada Cantón El artículo de LA PRENSA “Último deseo de un niño con cáncer” publicado el sábado 24 de enero, me recordó otro artículo, también de LA PRENSA: “Ricardo Mayorga ¿embajador?” publicado en la página de Opinión, el cual defiende el derecho de Ricardo Mayorga de hacer lo que desee con su vida pública […]

Arjuna Estrada Cantón

El artículo de LA PRENSA “Último deseo de un niño con cáncer” publicado el sábado 24 de enero, me recordó otro artículo, también de LA PRENSA: “Ricardo Mayorga ¿embajador?” publicado en la página de Opinión, el cual defiende el derecho de Ricardo Mayorga de hacer lo que desee con su vida pública como deportista famoso.

Mucho se ha especulado sobre si los deportistas deben ser un ejemplo para la sociedad o si deben actuar como lo deseen.

Los deportistas famosos tienen una posición muy especial en la sociedad, algunos han trascendido las fronteras de sus patrias y se han convertido en símbolo de la excelencia como el caso de Michael Jordan o el astro del futbol, Pelé. Son dignos representantes de un pueblo no por una simple votación en una elección política sino por haberlo ganado con sus actos heroicos al llegar más allá del límite humano y poseer registros que en su momento nadie había alcanzado. Los deportistas no son embajadores ni son elegidos. El deportista campeón es un héroe nacional, el único ciudadano de un país que puede levantar en alto el símbolo de la victoria.

Los deportistas campeones se enfrentan a la fama, sus vidas se convierten hasta cierto punto en públicas, los fanáticos pagan por verlos en acción, los jóvenes quieren ser como sus héroes, saltar como Jordan o lanzar como Padilla. La imagen es parte del negocio y las banderas también.

Ser campeón tiene muchos beneficios económicos pero como todo tiene un precio deben respetar a la sociedad que los admira porque la admiración es la que permite los altos pagos por sus proezas físicas.

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