Mario Fulvio Espinosa
Pocos kilómetros al sur del Río Ochomogo, a la izquierda, se encuentra la entrada al caserío, el camino es regular en verano y pésimo en invierno, pero vale la pena llegar a la aldea
El automóvil avanza dando saltos a través de diez kilómetros de camino terroso, a ambos lados, más allá de los cercos de púas, se ven sembradíos de caña, arroz, sandías y pipianes; la vegetación mayor está representada en su mayoría por robustos ceibos, cedros floridos, madero rosado, retorcidos jocotes, altivos penachos de coco y vetustos guanacastes.
Vamos rumbo a El Menco. De repente, al entrar al poblado, las infinitas cortinas del cielo se abren ante nuestros asombrados ojos y nos dejan ver el hermoso lago de ensueño, el Cocibolca Azul, con sus rizadas olas de plata peinadas por el viento fuerte. El cielo está de un generoso celeste. A la distancia, de izquierda a derecha, aparece la isla precolombina de jade, Zapatera, al centro tres pequeñas isletas: Tinajita, Tinaja y Tinajón y hacia el extremo derecho los conos gemelos, enigmáticos, telúricos del Concepción y El Maderas en el Paraíso de Mahoma: la Isla de Ometepe.
Para el viajero de modestos recursos que ama el terruño y que agradece la espléndida generosidad con que ha dotado la naturaleza a la diminuta nicaragüita, las playas de El Menco, en la costa sur occidental del Cocibolca, le regalan abundante oportunidad de recreación, ensueño, descanso y paz.
Es El Menco un caserío de campesinos humildes que en su mayor parte se dedican a la pesca y al cultivo de jocotes y algunas verduras. Con orgullo explican que el poblado –de casitas humildes que se alinean en la costa–, tiene tres playas: El Cerrito, La Piedra y La Bocana.
Doña María Josefa Fajardo, una señora morena, curtida por muchos y ardientes soles, nos explica que ella es una de las primeras pobladoras del caserío. “Vine hace más de treinta años como cuidadora de la hacienda San Pancho, de ahí nos quitaron y nos hicieron esta casita vieja que ya está como yo. Después, durante el gobierno revolucionario, nos dieron estas tierritas.
—¿Que población tenía El Menco en aquel tiempo?
—Ninguna. No habían casas, la primera fue la de mi hijo mayor que es la que se divisa por allá, donde están unos palitos de limón y uno palos de jocote.
—¿Por qué le dicen El Menco?
—No sé. Cuando vine ya se oía decir “El Menco, El Menco, El Menco” y así se ha quedado.
—¿De qué viven los menqueños?
—Amor, aquí se vive de todo. La hija mía es negociante de pescado, yo siembro chiles congos que vendo en Managua. Pero todavía no tenemos luz, a pesar que la hemos pedido desde hace mucho tiempo, aquí nos alumbramos con candiles, el agua la sacamos de la playa, la echamos en un filtro y de ahí se toma. Pero, más allá de ese detalle, aquí se goza de mucha paz, solidaridad y tranquilidad.
Fotografías: René Ortega