Criterios para negociar el Cafta

José Leñero G.* Me llegó un e-mail circular que contenía el discurso del doctor Eduardo Lizano en la inauguración de una importante actividad del Incae, en honor de su Doctor Honoris Causa, que vale la pena comentar. El orador señaló la conveniencia de aprovechar la rica experiencia del homenajeado, en relación con el muy actual […]

José Leñero G.*

Me llegó un e-mail circular que contenía el discurso del doctor Eduardo Lizano en la inauguración de una importante actividad del Incae, en honor de su Doctor Honoris Causa, que vale la pena comentar.

El orador señaló la conveniencia de aprovechar la rica experiencia del homenajeado, en relación con el muy actual tema del Cafta, mirándolo desde el punto de vista de nuestro desarrollo económico y social, enfocando dos importantes temas: 1)Tamaño del mercado y 2) Innovación.

Hoy comentaré el primero.

Dijo Lizano: Es reconocido universalmente que el tamaño del mercado es un factor clave para el desarrollo económico. De aquí que un país pequeño necesita integrarse a la economía internacional como única posibilidad de lograrlo.

La integración debe abarcar, a lo menos, lo comercial y financiero. Por eso no sólo es necesario el Tratado de Libre Comercio (TLC), sino que se debe seguir trabajando para integrarse al ALCA, a la Ronda de Doha, a la Unión Europea y a todos los que nos presenten oportunidades de expansión.

Pero en estas integraciones hay que evitar dos trampas: las asimetrías y los subsidios agrícolas.

En cuanto a las asimetrías, si bien se requiere de cierto plazo para que las empresas nacionales se adecuen a las nuevas condiciones, ellos deben ser los más cortos posibles, porque cuanto mayores sean, permiten a las empresas dormirse en hacer las reformas necesarias para hacerlas competitivas, lo que se traduce en una posposición injusta de los beneficios a que tienen derecho los consumidores.

En cuanto a eliminación de los subsidios agrícolas por parte de Estados Unidos, también hay que verlo con cuidado, porque Centroamérica se beneficia mucho de algunos de ellos, como es el caso del trigo y del maíz amarillo, que eliminarlos afectaría gravemente nuestro costo de vida.

Frente al argumento de que esto dañaría a los productores nacionales, el licenciado Rigoberto Stewart escribía en La Nación: “Si alguien quiere tener manzanas en nuestro país, puede optar por producirlas o por importarlas. Como las condiciones climáticas, de suelo o de experiencia local no son las adecuadas, las que produzca serán más caras y de menor calidad que las importadas. Si para financiar la adquisición de las manzanas importadas el productor nacional cultivara guanábanas, lo que sabe hacer en condiciones óptimas, y se pone de acuerdo con un extranjero acreditado para comprarle sus manzanas a cambio de que le ayude a ubicar dónde vender sus guanábanas, ambos productores tendrán mayor beneficio por contar con un mercado más amplio para sus productos y también los consumidores de ambos países contarán con frutas de más calidad y bajo precio”.

Todo lo anterior indica que esos agricultores deben cambiar sus hábitos productivos. Pero darle 15 años de plazo para la apertura, sin pedirles cuentas sistemáticas de cómo se están actualizando, es cerrar los ojos ante el hecho inaudito: que los consumidores no puedan disfrutar de las ventajas del desarrollo, en beneficio de productores que se quedaron atrás por 30 o más años.

* Consultor internacional

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