José Adán Silva [email protected]
El otro día leí un artículo de opinión en un diario local que me llamó la atención por la preocupación tan marcada con que el autor tocó el tema: se acaba la hombría en Nicaragua.
Decía el autor, con datos no sustentados por una fuente confiable (es más, ni siquiera citaba fuentes) que en Nicaragua el 80 por ciento de la población era femenina, y que el 20 por ciento del factor XY, estaba compuesto en un 15 por ciento de homosexuales declarados, más un cálculo de los que aún estaban dentro del closet y que llevaban una doble vida con esposas, hijos y amantes furtivos fuera del hogar.
Traigo a colación tal situación porque ya hace más de un año me ocurrió un incidente que me dio otra perspectiva de la pérdida de la masculinidad. Generalmente siempre se ha dicho que hay trabajos que por lo rudo y hostil de sus características son exclusivos para “hombres”.
Uno de ellos, en una regla no escrita pero socialmente aceptada, era el servicio de taxis. Y digo era porque ya no me cabe la menor duda que el mito de trabajos exclusivos para “machos muy machos” se ha terminado.
Salí un viernes por la noche, a eso de las 10:20 p.m., de visitar a un trío de amigas que antes vivían en Reparto Miraflores. Tras unos minutos de espera, busqué un taxi en la esquina del Restaurante Munich, a dos cuadras de la dirección de mis amigas.
Le di la dirección al taxista, negociamos el precio y arrancamos.
Sobre la marcha el señor taxista se portó muy cordial y comunicativo. Sin saber cómo, entré con él en una charla de esas en las que el tema de centro son las mujeres, las traiciones y esas cosas por las que muchos dicen haber pasado y que se construyen en recuerdos de cabangas y tormentosas noches de copa y llanto.
Sucede que el señor, de voz fuerte, se quejaba muy mal de las mujeres y eso, no sé por qué no me gustó. Sobre todo cuando con voz melosa me preguntó: ¿Y usted no cree muchacho que las mujeres son malas? No, no lo creo, le respondí, tratando de tomar distancia de la plática que mal se había desviado del tema.
Él siguió insistiendo en la maquiavélica naturaleza de la mujer, en su destructivo poder capaz de destrozar generosos corazones masculinos y en su despiadada capacidad para no hacerse olvidar tan fácilmente y enredarnos en sus malignas redes de caricias. Por eso él, muy serio y muy meloso, prefería a los hombres. Sí, tiene usted derecho le dije, pero preferí no seguir hablando más del tema.
Insistió: “¿Usted no ha probado con un hombre, muchacho?”. No, ni quiero, le dije. ¿Ajá? No sabe de lo que se pierde, me respondió. Yo ya estaba molesto. Realmente molesta que a uno le insistan en hablar, sobre todo un extraño que podía ser cualquier aberrado, de un tema del que no se tiene interés, y así se lo hice saber, y de paso le pregunté que cuánto costaba el viaje.
“Para vos puede resultar gratis, muchacho”, me dijo y posó su mano en mi pierna. Ave María Purísima. El semáforo de la UCA estaba en rojo, y alguna fiesta debía haber cerca porque el ambiente estaba lleno de gente, así que aproveché el momento y salí casi corriendo del taxi. Desde entonces no todo aquel que habla de mujeres en un taxi, es hombre.