- Camino a Saraguasca
Mario Fulvio Espinosa
Por el mismo camino que conduce a Saraguasca, pocos kilómetros más allá del empalme a San Rafael de Norte, se encuentra el Valle de Las Cureñas. El sendero es abrupto: piedras ásperas y filosas clavadas profundamente en el barro ceniciento. Entre los espacios que dejan barro y piedra nace un zacate blanco pálido, predispuesto a soportar el peso y paso de las llantas del 4×4, el casco de la bestia de carga, la bota o el caite campesino.
Al sólo entrar un letrero rústico: “Cerámica Negra”, más allá otro con igual mensaje. Aquí es, estamos en uno de los reductos artesanales del barro negro nicaragüense.
A la izquierda una casita de esas que parece intemporales, hechas por transhumantes que se volvieron sedentarios.
Esa es la vivienda de doña Carmen Herrera Zelaya, artesana en cerámica negra. Pero no está en casa y por eso nos recibe su hija, una linda cipota, Wendy Vanesa Martínez, que nos explica todo el proceso que se sigue para conseguir esas vasijas y adornos de barro negro brillante, con dibujos en líneas blancas.
“Hay que colar el barro y batirlo muy bien para hacer la pieza, luego se le echa tague para que se vuelva blanco, y ya formada y horneada se pule con hojas de pino para darle el color negro y brillante”, explica Wendy.
“Aquí viene gente de Managua y Jinotega pero esto no da lo suficiente para vivir, por eso mi papá Antonio Martínez se va a trabajar en labores del campo”.
Proseguimos nuestro viaje. Cerca hay otras casitas. En una de ella viven las hermanas Esmeralda y Elvira Herrera, propietarias del tallercito de “Las Herrera”, artesanas de la cerámica negra. Con ellas trabaja Rosa, la cuñada de ambas.
Esmeralda es la creativa del grupo. Nos muestra las figuras de Rubén Darío y Celia Cruz sus últimas producciones. “En Las Cureñas hay unas cincuenta casitas, pero sólo en tres de ellas se trabaja en cerámica negra.
Desde una ventana nos observa doña Juana María Gutiérrez (68 años), madre de las artesanas. Ella era natural de La Joya, pero su esposo don Policarpo Herrera se la trajo a vivir a Las Cureñas donde le parió diez hijos.
“Yo vivo feliz en este lugar. Es alegre vivir en el campo. Hay que acostarse temprano y madrugar al trabajo. Yo hago el oficio de cocina, doy de comer a los cerdos y a las gallinas y además vendo los huevos”, dice con disimulado orgullo.
Fotos la prensa/René Ortega