Políticos se dedican a culpar unos a otros

Marcela Sánchez Es de la naturaleza humana —por no decir simplemente más fácil— culpar a otros por actos que no nos enorgullecen especialmente. Los políticos han elevado esa debilidad a una práctica pública demasiado común y desafortunada. Y en ninguna otra parte este arte de señalar hacia cualquiera otra posible dirección para no hacerse responsable […]

Marcela Sánchez

Es de la naturaleza humana —por no decir simplemente más fácil— culpar a otros por actos que no nos enorgullecen especialmente. Los políticos han elevado esa debilidad a una práctica pública demasiado común y desafortunada. Y en ninguna otra parte este arte de señalar hacia cualquiera otra posible dirección para no hacerse responsable se está haciendo tan insoportable y pesada como en Venezuela.

Tómese el caso del presidente Hugo Chávez. Llegó al poder acusando a la oligarquía corrupta, que había dominado por años la vida política venezolana, de mantener un sistema que relegaba a una tercera parte de la población, en una nación rica en petróleo, a vivir con menos de dos dólares al día. Tras cinco años de su “revolución bolivariana” los niveles de pobreza hoy son más elevados que en 1990. Pero Chávez todavía culpa a otros.

Tómese el caso de la oposición y sus aliados dentro de la administración Bush. Culpan a Chávez por todo lo que ocurre bajo el sol y más. Lo acusan de querer aumentar el número de pobres en Venezuela para justificar la necesidad de su revolución “marxista”. Pero la huelga nacional que lanzó la oposición hace un año ayudó a devastar una economía que ya de por sí estaba débil.

Basta ya. Se dedican a culparse unos a otros —con todo y teorías de conspiración sobre planes magnicidas y ambiciones imperialistas— y en el esfuerzo se pierde la discusión necesaria y racional de los problemas de Venezuela. En una nación polarizada y aquejada, señalar posibles culpables no sólo obstaculiza soluciones reales sino también la aplicación de una política más lúcida.

El Consejo Electoral de Venezuela ha empezado a verificar las firmas recolectadas en dos esfuerzos separados: una que busca revocarle el mandato a Chávez, la otra, destituir a 37 legisladores de la oposición. El Gobierno asegura que recogió casi 4.3 millones de firmas y la oposición afirma que tiene 3.4 millones a su favor —mucho más que los 2.4 millones ó 20 por ciento del electorado, necesarios para forzar un referendo.

Sin importar lo que decida el Consejo, las recolecciones de firmas hacen evidente una cosa: millones de venezolanos están indignados y quieren algo que no están recibiendo hoy en día. ¿Qué tan fuerte es su consternación? Casi una tercera parte de venezolanos encuestados por una firma de investigación con sede en Washington, poco antes de la recolección de firmas, dijo que firmaría ambas peticiones.

Y aun así ¿quién está explotando esa indignación? Nadie en forma creativa. En un país donde se ha estado hablando acerca de una salida electoral a la actual crisis por más de un año, líderes de ambos lados prefieren alimentar el descontento que aprovecharlo en una forma que lleve a una solución política.

Esto es un reto en especial para la oposición que todavía no ha digerido totalmente el hecho de que si Chávez fuera incluso revocado, los venezolanos estarían más dispuestos a votar por un candidato que se parezca más a él y menos a sus predecesores. Además, la oposición tampoco ha conquistado todavía las mentes y los corazones de aquellos que advierten que sus prioridades están aún mejor atendidas por Chávez, incluso si no lo logra del todo.

Cualquier alternativa a Chávez debería mantener en primer plano las prioridades sociales de los pobres. Chávez continúa hablando por ellos, visita sus vecindarios y ha lanzado programas educativos y de salud que son bienvenidos por aquellos que nunca los tuvieron. Hasta ahora, la oposición se ha limitado a criticar esos programas por involucrar en ellos a doctores y estrategias de educación cubanos.

Eso no significa, desde luego, proponer un Gobierno hegemónico. Uno de los principales errores de Chávez ha sido su ingenua creencia en que él solo podrá llevar adelante su revolución, prescindiendo incluso de otros centros de poder tradicionales, como los dueños de medios, la iglesia y los industriales.

Un liderazgo más abierto y conciliador armonizaría mejor con la cultura pacifista del país que ha manifestado su considerable resistencia durante el conflictivo gobierno de Chávez. Dicho liderazgo apelaría al orgullo y al nacionalismo venezolanos y no crearía antagonismos sin acon prácticamente la totalidad de la comunidad internacional. La oposición ciertamente tiene mayor prestigio en el exterior, pero su enfoque decisivamente anticastrista la hace ver más como títere de Washington que como movimiento conciliador venezolano.

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