Manuel Díaz
Hace un par de semanas acompañé a un amigo a la fiesta anual de despedida del Banco Central, donde labora. Si bien todas estas fiestas son prácticamente iguales, me gustó por el ambiente fraterno y familiar. Los gerentes bailaban con sus empleados y todos los trabajadores disfrutaban de la misma comida y bebida. Fue realmente alegre. Al final dije a mi amigo que ojalá siga trabajando en el BCN en el 2004, para que me invite de nuevo en diciembre.
A la semana siguiente, otro amigo me invitó a la fiesta de despedida de otro banco (¡suerte la mía!) Esta vez la fiesta era de un banco privado, en el mismo lugar y a la misma hora. Una vez ahí, me sentí en medio de un DejaVu, como que ya lo había vivido antes: la misma fiesta de banco con comida y bebida gratis. Sin embargo, no era el mismo ambiente. En esta otra fiesta había dos categorías: los VIP (término que he aprendido a odiar) y los simples trabajadores. Para ambas categorías la comida y bebida eran diferentes. Además estaban divididos y no vi que se mezclaran para bailar o departir.
Al final, a mi segundo amigo le dije que por favor no me invitara a su próxima fiesta de fin de año. Prefiero quedarme con el sabor de la del BCN.