- Una vez capturado Saddam Hussein, EE.UU. busca salir de Irak dejando en funciones a un gobierno local estable y representativo, llamado a ser un “faro de la democracia” en Oriente Medio. Antes habrá que demoler la resistencia y, sea lo que sea, la mayoría religiosa chiíta tendrá a la fuerza un papel clave en el futuro
Análisis Noticioso de The Associated Press
El mundo entero siguió con pasión las alternativas de una guerra que puso fin a la sangrienta dictadura iraquí y que se lanzó bajo el pretexto de neutralizar la amenaza de las armas de exterminio masivo de Saddam Hussein –que no aparecen por ningún lado–, el siguiente capítulo de la “guerra contra el terrorismo” de Washington.
El conflicto causó la más grave división entre los tradicionales aliados de Europa y Estados Unidos en medio siglo, y puso en jaque a las Naciones Unidas, que vio golpeada su credibilidad y efectividad.
Después de capturar a Saddam Hussein y aunque las armas de destrucción masiva siguen brillando por su ausencia, Estados Unidos se concentrará el año venidero en contener la insurgencia e instalar un gobierno iraquí lo suficientemente estable y democrático como para declarar que la controversial guerra fue un éxito.
La captura de Saddam el 13 de diciembre fue el éxito más resonante de George W. Bush en Irak desde que la dictadura se desplomó ocho meses antes bajo el aplastante poderío militar estadounidense.
Si después del arresto del dictador los ocupantes logran instalar un gobierno iraquí internacionalmente aceptado, podrían contrarrestar las críticas internas y extranjeras sobre su manejo de Irak después de no haber encontrado ninguna de las supuestas armas de destrucción masiva, que fue la justificación principal de la invasión.
Pero todo depende de la capacidad militar estadounidense para contener una insurgencia que –por lo menos antes de la captura de Saddam– se hacía cada vez más incisiva y letal. Ahora que Saddam ha pasado a la historia, los estadounidenses deben convencer a las comunidades rivales chiítas, sunitas y curdas que acepten una fórmula de división del poder para impedir una guerra civil.
BLANCOS EN VEZ DE “LIBERTADORES”
Las guerrillas –miembros del Partido Baaz, de Saddam, como también iraquíes opuestos a la ocupación y centenares de combatientes extranjeros– han matado más soldados estadounidenses desde que el presidente George W. Bush declaró el 1 de mayo el fin del grueso de los combates que durante la fase activa de la guerra, iniciada el 20 de marzo.
Los rebeldes también han atacado a las Naciones Unidas, la Cruz Roja Internacional, contratistas extranjeros, policías iraquíes y otros que consideran colaboracionistas de la ocupación.
La captura de Saddam por cierto impulsa la lucha contra la insurgencia. Pero no hay ninguna certeza de que Saddam haya dirigido personalmente la resistencia, y los altos jefes militares estadounidenses admiten que su arresto de por sí no bastará para contenerla.
“Por ahora no anticipamos la eliminación total de los ataques”, dijo el comandante estadounidense en Irak, teniente general Ricardo Sánchez, tras la captura del dictador.
Pero desde que la guerra empezó el 20 de marzo, los acontecimientos en Irak han confundido reiteradamente a los observadores.
En vez de ser recibidos como libertadores por un pueblo agradecido, los soldados estadounidenses se han visto atacados docenas de veces por día. Nunca se concretó la temida ola de refugiados, pero los saqueos devastaron Bagdad y otras ciudades grandes.
El progreso ha caminado a paso de caracol. La producción de electricidad ronda los niveles de preguerra. Pero la producción petrolera, la clave de la recuperación económica, se ha resentido debido a la infraestructura deficiente y al sabotaje.
En un paso decisivo hacia un gobierno autónomo, la coalición encabezada por Estados Unidos planea transferir la soberanía a un gobierno iraquí de transición hacia julio y la responsabilidad de la seguridad a reclutas iraquíes que, según los críticos, han sido entrenados a la carrera.
Una nueva Constitución y un gobierno elegido democráticamente deben estar en funciones 18 meses después, según una fórmula anunciada el 15 de noviembre.
Las autoridades estadounidenses esperan que el arresto de Saddam y la restauración del gobierno iraquí restarán impulso a la insurgencia y harán ver a los iraquíes que no están en manos de las fuerzas extranjeras de ocupación.
Pero la rebeldía y la complejidad de la sociedad iraquí podrían desbaratar dichos planes o producir un país muy distinto a la visión del gobierno de Bush, de un faro de democracia en el mundo árabe.
OBSTÁCULOS DELNUEVO ORDEN
El administrador L. Paul Bremer había previsto que los iraquíes redactaran y ratificaran una nueva Constitución y que efectuaran elecciones nacionales para fines del 2004. El plan avizoraba luego la transferencia de la soberanía y el manejo del país a ese nuevo gobierno democrático.
Pero los iraquíes no se pusieron de acuerdo en el modo de elegir los delegados para redactar la Constitución, lo que planteó dudas acerca de que pudiera cumplirse el proceso en los plazos previstos.
Para los estadounidenses esa demora resultó políticamente insostenible. Trece muertes en septiembre, 33 en octubre y 69 en noviembre suscitaron dudas en Estados Unidos sobre su misión en Irak.
La situación dio impulso a los aspirantes demócratas a la candidatura presidencial, y el mejor perfilado de ellos, Howard Dean, cobró prominencia en gran medida por su oposición a la guerra.
Bremer viajó apresuradamente a Washington en noviembre para consultar con Bush y sus asesores y regresó a Bagdad con un nuevo plan para acelerar la transferencia de poder.
Si el plan resulta, los iraquíes asumirán un papel mayor en la lucha contra los insurgentes y en el mantenimiento del orden. Mucho depende de las fuerzas de seguridad iraquíes entrenadas por la coalición, cuyo número se prevé en 221,000 y que deberían entrar en funciones hacia septiembre.
Algunos soldados estadounidenses se quejan en privado de que los iraquíes no parecen inclinados a perseguir enérgicamente a las guerrillas. Los policías iraquíes se quejan de la supuesta insensibilidad estadounidense frente a su cultura.
EQUILIBRIO ENTRE SUNITAS Y CHIÍTAS
Un desafío importante será establecer un equilibrio entre las aspiraciones de la mayoría musulmana chiíta y los temores de los sunitas, que han sido la élite de Irak desde el desplome del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
Los chiítas, oprimidos bajo Saddam, representan el 60 por ciento de los 25 millones de iraquíes, y muchos ven a los estadounidenses como su vía hacia el poder.
Los kurdos, el grupo más proestadounidense, un 15 por ciento de la población, quieren asegurarse de mantener la autonomía en sus bastiones en el norte. Los kurdos –algunos de ellos chiítas y otros sunitas– fueron reprimidos brutalmente durante el régimen de Saddam.
Los chiítas se encuentran entre el sector más educado en Irak. Pero su comunidad siente la fuerte influencia de los religiosos, cuyos principios suelen ser contrapuestos a los valores occidentales.
Ese grupo mayoritario a su vez está dividido entre los que favorecen un papel político prominente para los clérigos y los que opinan que éstos deberían limitarse a ofrecer una conducción moral.
ECONOMÍA NO DESPEGA
Ocho meses después que Bagdad cayó en manos de los invasores, la autoridad de ocupación dirigida por estadounidenses, parapetada en la fortificada “zona verde” sobre la ribera del río Tigris, no ha sido capaz de revivir la economía iraquí, agobiada por una infraestructura en deterioro y un desempleo calculado en el 60 por ciento. El Congreso aprobó una remesa de 18,600 millones de dólares para reconstruir Irak, y en una conferencia internacional que sesionó en octubre en Madrid se prometieron otros miles de millones.
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