Erasmo Medina
El caso del rico y famoso Michael Jackson, quien fue acusado en California por el delito de violación de siete niños e intoxicación de otros dos con bebidas alcohólicas, con fines delictivos, y a quien de acuerdo a las leyes de ese Estado podrían caerle 24 años de prisión, es una gran lección para nuestro sistema judicial
La fama y fortuna de Jackson no impidió que la Procuraduría llegara hasta el fin para indiciarlo después de haber acumulado las pruebas obtenidas de las declaraciones de los propios
niños abusados, y las encontradas en su mundo fantasioso de Neverland (Nunca jamás).
En cambio, en el caso de la acusación a Daniel Ortega por su hijastra Zoilamerica, la justicia brilló por su ausencia a pesar de que la valiente muchacha fue de Herodes a Pilatos clamando justicia, que le fue negada, y hasta se declaró cerrado el caso por las autoridades judiciales que lo tenían a su cargo, quedando este delito en la impunidad además de la burla a la demandante.
Y en otro caso más reciente de impunidad por delitos de corrupción de menores el acusado fue declarado inocente por un tribunal que no dio lugar a las pruebas presentadas por el procurador.
En otros países donde sí funciona la justicia independientemente del estatus del acusado, los delitos no prescriben, y hemos visto casos de delincuentes que a 20 años o más de cometido el delito han sido procesados y juzgados hasta con la pena máxima, lo cual hace una gran diferencia con nuestras leyes que estipulan un período definido pasado el cual prescribe el delito.