- Las pandillas o “maras”, son la principal amenaza a la seguridad pública de las pequeñas naciones del istmo, se reconoció este año
Sergio de LeónAP
GUATEMALA.- Centroamérica se sobrepone de los conflictos armados que la desangraron e intenta consolidar la paz y la democracia, pero de las cicatrices de esas guerras brotaron nuevos grupos que amenazan su seguridad.
Son jóvenes de entre 12 y 25 años, ataviados con ropa floja; con los brazos, el pecho y frecuentemente la cara marcados con tatuajes, que se agrupan para delinquir y tienen de rodillas a las autoridades.
Honduras y El Salvador, los más afectados por las acciones de esos grupos, les declararon la guerra dictando leyes “antimaras”, para reprimirlos y encarcelarlos. Guatemala, más optimista, apuesta a crear programas de rehabilitación.
Para el fiscal general de Guatemala, Carlos de León Argueta, “las maras’’, como se conocen esas pandillas, “son un problema que es efecto de la situación estructural de los países, del desempleo, la pobreza y la falta de educación”.
Pero su colega hondureño Edmundo Roy Medina no duda en alegar que “nunca se ha conocido a un joven ‘marero’ dispuesto a hacer obras de interés social que apliquen principios humanitarios y que profesen una religión”.
“Están orientados a la violencia, a la muerte… aterrorizan barrios marginales y tienen vínculos con el crimen organizado”, añadió.
Hogares desintegrados, con problemas de violencia doméstica, en donde se abusa del alcohol o las drogas, son el caldo de cultivo para los pandilleros que abundan en los barrios marginales de las ciudades. Muchos fueron deportados por Estados Unidos.
“El Rooster”, como se hace llamar el líder de un grupo de “La 18”, una de las más grandes pandillas del istmo, al sur de ciudad de Guatemala, asegura que hace 13 años, cuando se involucró en una de ellas, “lo importante era el barrio… y el respeto”.
Ahora tiene 26 años, 30 entradas a la cárcel y, en entrevista con la AP reconoció que ha asesinado a gente que lo quiso matar a él o a alguno de sus “homies” (hermanos), como llama a otros miembros de la pandilla.
“En 1996 fue la primera vez que intentaron matarme… la última fue hace dos meses (en julio)”, dice mientras se levanta la camisa para mostrar las cicatrices de varias puñaladas que se ven frescas junto a otras marcas de disparos.
Los autores del último atentado fueron jóvenes que le querían quitar el poder de su propia pandilla, explica.
Su vida transcurre en una derruida casa del suburbio de Villa Nueva, en cuyo suelo mugriento están amontonados dos colchones, debajo de los que esconde pistolas y escopetas artesanales que usan para amedrentar a los comerciantes del área, que pagan una cuota semanal a cambio de no ser asaltados.
También los autobuses y camiones repartidores de mercaderías son víctimas de esa extorsión. Con lo que recaudan, compran comida, municiones y droga, especialmente “piedras de crack”, un alcaloide extraído de la cocaína.
El fiscal de El Salvador, Belisario Artiga, manifestó que las maras “toman el (control del) territorio al estilo de las mafias italianas”.
Los gobiernos reaccionaron a la amenaza de estos grupos legislando en su contra. En Honduras, la nueva norma impone de 6 a 12 años de prisión por el delito de pertenecer a esas gavillas.
Los pandilleros respondieron con violencia a la represión gubernamental. “Maduro hartate a tu madre”, se leía en un papel encontrado junto al cuerpo mutilado de una joven hondureña de 18 años, dirigido al Presidente de ese país, Ricardo Maduro.
En El Salvador, la Policía atribuye a estos grupos la responsabilidad del 40 por ciento del total de delitos y el 25 por ciento de todos los homicidios. Las autoridades hondureñas culpan a “las maras” de hasta 200 asesinatos mensuales.
En Guatemala, el vocero de la Policía, Oscar Pivaral reveló que sólo en un barrio del norte de la capital controlado por las “maras”, en el 2003 se arrestaron a 872 pandilleros y se decomisaron 70 armas de fuego, 55 cuchillos y 14 explosivos.
La persecución a la que han sido sometidos provocó que los pandilleros busquen radicarse en nuevos lugares, por lo que los jefes policiales de Nicaragua, Costa Rica y Panamá se unieron a los países del norte del istmo para discutir un plan regional para contrarrestarlas y detener su expansión.
DUDAS SOBRE RESPUESTAS REPRESIVAS
Emilio Goubaud, coordinador de la Alianza para la Prevención del Delito de Guatemala (Aprede), que ayuda para cambiar las actitudes violentas de los pandilleros, se muestra escéptico sobre las medidas de fuerza y cree que “pondrían en riesgo la vida de muchos jóvenes’’.
También la fotógrafa Donna De Cesare, que desde hace 10 años documenta la vida de pandilleros en Los Ángeles (Estados Unidos), Guatemala, El Salvador y Colombia, opinó que esas leyes harán “que se pongan más violentos’’.
Agregó que “tomar un muchacho así, porque tiene tatuajes y ponerlo en la cárcel provocará que va a salir asesino de la cárcel… porque ahí no va a aprender a manejar su enojo, o cómo ser más creativo con sus sentimientos; sólo va a aprender cómo ser más violento para sobrevivir y esa será su mentalidad’’.
SOLICITAN AYUDA
Algunos pandilleros piden ayuda. Cuatro líderes solicitaron al Presidente hondureño una oportunidad de rehabilitarse. “El Rooster’’ asegura que “habemos unos 30 veteranos de más de 12 años (de estar en las pandillas) que queremos un arreglo, hacer algo para que el asunto se tranquilice. Lo que pasa es que no nos dan trabajo y los jóvenes parecen cada vez más ‘locos’ (violentos)… hay que parar esto porque nos estamos matando”, afirmó.