“Nadie mete la pata sin meter la mano”

Uno de los principales problemas que ha enfrentado en el tiempo de ser funcionario público es lidiar con los reveses políticos de cada Gobierno, pero su perseverancia le ha valido muchas satisfacciones como haber representado la primer delegación de la Aduana de Nicaragua en la Organización Mundial de Aduana Gabriel Sánchez Campbell [email protected] Manuel Mayorga […]

  • Uno de los principales problemas que ha enfrentado en el tiempo de ser funcionario público es lidiar con los reveses políticos de cada Gobierno, pero su perseverancia le ha valido muchas satisfacciones como haber representado la primer delegación de la Aduana de Nicaragua en la Organización Mundial de Aduana

Gabriel Sánchez Campbell [email protected]

Manuel Mayorga es una persona con una historia singular. Entró como barrendero a trabajar en la Aduana de Managua en 1970 y 33 años más tarde se convirtió en el subdirector técnico de esa institución gubernamental. El camino no ha sido fácil porque ha tenido que lidiar con las típicas “serruchaderas” de pisos, las presiones políticas y las profesionales. Sin embargo sigue vivo y va para arriba.

Aunque nació en Managua, es un rivense de corazón, porque a los 17 años su madre se fue con él a este departamento de Nicaragua, en donde empezó a tener contacto con algunos artistas plásticos y desarrolló su pasión por el arte.

Es un hombre jovial, siempre con una sonrisa en el rostro, con muchas gesticulaciones y ademanes al hablar que parecen ser su tic nervioso en medio del tumulto de papeles que siempre hay en su oficina.

En esta entrevista con LA PRENSA, contrario a las demás conversaciones, se mostró tranquilo, sereno y sin aquel toque de hiperactividad que lo caracteriza. Sin embargo eso no fue impedimento para que contara sobre lo duro que fue llegar hasta donde está y lo satisfactorio que ha resultado ser eso.

—¿Cómo entró usted a la Aduana?

—A finalizar la década de los sesenta yo había terminado mi bachillerato en Rivas y quería entrar a la universidad, como no tenía trabajo no pude pagar mi matrícula, entonces empecé a dar clase a alumnos que iban atrasados y quiso la suerte que alguien que me conocía me recomendara para darle clase a los hijos del doctor Rafael Saavedra Olivares, sin saber que él era el subdirector de Aduana. Pero como las clases se terminaron, en enero yo seguía sin trabajo y empecé a hacer solicitudes de empleos en Fabritex y ahí me dijeron que en Aduana había trabajo.

—¿Tenía algún contacto para entrar directo a la Aduana?

—No. Yo seguí haciendo las solicitudes y todos los miércoles venía a ver si había trabajo, hasta que una vez un amigo me dijo que yo le daba clase a los hijos del subdirector y que lo mejor era que hablara directamente con él y así lo hice. Esperé ese día que llegara y en la acera lo abordé y le dijo que estaba desempleado y que quería trabajar, pero que en esa institución me decían siempre que volviera el otro miércoles. Era un momento de una crisis muy fuerte. Pero me contrataron como empleado de la limpieza en la bodega de la Aduana Managua. Era una prueba horrible.

—¿Por qué esa prueba y por qué era tan horrible?

—Porque uno estaba en contacto con la mercadería y tenía la tentación de tomar cualquiera de los paquetes o caramelos que estaban tirados en el piso y en toda la bodega. Muchos sucumbieron a esa tentación de tocar un caramelo y así fue que el 26 de marzo del setenta yo entré a prueba, luego me contrataron como limpiador en la bodega. Pero cupo la suerte que un día no asistiera un secretario de un funcionario y yo hice sus funciones porque sabía escribir a máquina. Nadie creía que yo era bachiller y menos que un barrendero supiera escribir a máquina.

—¿Fue su llave de entrada entonces?

—Definitivamente, porque después vino un curso de Aduana que duraba dos años. Apliqué, me dejaron y aprendí el secreto de los aduaneros para clasificar los productos. Todavía eso me empezó una cosquillita para saber cuál era el bendito secreto que diferenciaba una cosa y la otra: entonces supe que era la nomenclatura de las cosas. Cuando tomé el curso fui el mejor alumno del curso porque me interesó mucho y entré a estudiar paralelo administración de empresas. Estudié en Brasil y aprendí un rollo más grande que era el verdadero mundo aduanero. Y al regreso me preocupé por enseñar a la gente lo poco que sabía. Luego tomé un curso en Alemania, tuve la suerte de formar el grupo de Integración Económica Centroamericana.

—¿Eso en la década del gobierno sandinista?

—Sí, pero lo curioso es que al darse el cambio de gobierno en la década del noventa todos creíamos que nos correrían, porque probablemente muchos pensaban que nos correrían. A los políticos los despidieron y los técnicos aduaneros nos dejaron. Y otra vez por suerte seguimos impulsando los instrumentos de la integración económica, con los nuevos sistemas arancelarios.

—¿Ya aquí entró gente nueva?

—Sí y les enseñamos lo que sabíamos, contábamos con becas para que estudiaran y conocieran lo que nosotros habíamos aprendido en los años de aduaneros que teníamos. Yo volví a salir del país, esta vez a España a tomar otro curso y cuando volví fui nombrado el aduanero que sería designado para el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que iniciaba a formarse y me nació la inquietud de estudiar Derecho, porque en ese tiempo me involucré en muchas cosas relacionadas con este campo y me metí a la facultad de Derecho hace dos años. Entonces soy un administrador que ve el mundo de la aduana de forma jurídica y como turista también, lo que ha permitido desarrollar un trabajo con eficiencia.

—¿Cuando entró era un barrendero?

—Limpiar y ordenar papeles, ese era mi trabajo. Archivarlos, a mí no me avergüenza decir que yo, el subdirector técnico de Aduana, inició barriendo. No es ninguna deshonra, al contrario, algo que me enorgullece es decir que vengo desde abajo y si estoy aquí es porque mis superiores consideran que tengo la capacidad suficiente para estar en este puesto.

—¿Qué ha significado para usted?

—Bueno, no es algo que me quitó el sueño nunca, pero es satisfactorio y me ha permitido estar en grandes momentos como cuando entró a la Organización Mundial de Aduanas (OMA) y al final de la década de los noventa se convenció al director de turno para que ingresara y presidí esa delegación y hemos aprendido a aplicar mejor la ley. Eso es increíble. Sólo el hecho que muchas de mis ideas técnicas sean parte de la Ley de Renovación de Aduana, aunque no sean perfectas y ayudar a mejorar un poquito todo, es muy satisfactorio. O que en la OMA se comente que en Nicaragua hay un equipo técnico que no cree todo lo que nos mandan de afuera, porque todo lo cuestionamos.

—¿Pero también han habido momentos críticos?

—Los cambios bruscos de Gobierno. Entre el setenta y el ochenta, cuando todos creíamos que nos quedaríamos sin trabajo. Igual del ochenta al noventa y así… cada cambio de gobierno y eso es difícil cuando ves muchos problemas de corrupción.

—¿La percepción de la gente es que la mayoría de los aduaneros o funcionarios de Aduanas es que son todos corruptos?

—Sí, porque hay gente que cree que porque un funcionario trabaja en Aduana puede hacer cualquier chanchullo o puede dejar pasar cualquier cosa. Y eso pasa hasta con los parientes. Y si uno hace las cosas se convierte en malo, lo otro es que por naturaleza nosotros no estamos acostumbrados a pagar impuestos, entonces cuando alguien los evade, lo magnificamos.

También porque en un pasado mucha gente ha metido la mano. Y a un montón de gente han corrido porque meten las manos. Muchos meten las patas, y también las manos, nuestro dicho es que si metés las patas te salvaste, porque te las podemos lavar con una manguera, pero si metes las manos no.

—¿Pero a muchos de los funcionarios de Aduana les gusta meter las manos..?

—Desde el prisma de funcionario yo sólo puedo decir que lo que en tu casa no te enseñaron, en la escuela nunca lo aprenderás. Si los padres no dan valores nunca los aprenderán. No es un problema de instituciones de Aduana, pero no voy a justificar a nadie. Es un problema ver que hay gente que no tiene valores y se tira a la calle de en medio a hacer cualquier cosa y siendo abogado ver que la justicia no se aplica a como debe ser. Las cosas deberían ser diferentes, pero no podemos cambiar todo lo que queremos, claro está: lo podemos mejorar.

LA FAMILIA Y EL ARTISTA

Manuel Mayorga está casado desde hace 23 años. Tres hijas: una tiene 21, otra 17 y otra siete años, las que considera sus mayores tesoros, por lo que a sus 53 años trata de inculcar los valores que le enseñaron sus padres.

Nació en Managua el 22 de agosto de 1950 y se crió en Rivas. Se casó a los 30 años porque se prometió no casarse hasta no estar antes en algunos sitios del mundo y cuando estaba en uno de ellos me dije, si se quería casar conmigo y hasta hoy estamos juntos. Es una relación muy sincera y franca, llena de mucho amor. Confianza, como él mismo dice.

ARTISTA PLÁSTICO

Desde niño Manuel Mayorga desarrolló sus habilidades artisticas en Rias, cuando una pintora le enseño a él y demás compañeros de clases. Hoy esa habilidad le sirve principalmente para eliminar el estrés del trabajo.

—¿Ahora y sus dotes artísticos?

—Bueno eso viene de coincidencia, porque cuando era pequeño una artista salvadoreña en el colegio nos enseñó a pintar y esculpir. Fui alumno en un curso de verano del maestro Rodrigo Peñalba.

—¿Pero es más un hobbie?

—Sí, no tengo un taller para hacerlo, sólo un rincón en mi casa. Me sirve para desestresarme. No las vendo, son sólo piezas para regalo, aunque una vez me ofrecieron comprar una y lo hice.

—¿Pero no ha hecho exposiciones?

—Nunca lo he hecho, pero probablemente el próximo año haga una, porque una amiga que es artista me lo propuso y como tengo unas piezas por ahí, creo que lo haré.

—¿Proyectos de futuro?

—Mejorar la parte del funcionamiento de Aduana y dar clases en una universidad, para que otras personas compartan mis conocimientos.

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