Responsabilidad social, más allá de una limosna

Marcela Sánchezwashingtonpost.com Algunas imágenes se graban en la mente para siempre. Este año cuando caminaba a lo largo de las calles del pudiente distrito de Ipanema en Río de Janeiro, vi a aquella mujer y su niño sentados en una acera. Ella esperaba claramente la caridad de otros, buscaba compasión en unas pocas monedas. Pero […]

Marcela Sánchezwashingtonpost.com

Algunas imágenes se graban en la mente para siempre.

Este año cuando caminaba a lo largo de las calles del pudiente distrito de Ipanema en Río de Janeiro, vi a aquella mujer y su niño sentados en una acera. Ella esperaba claramente la caridad de otros, buscaba compasión en unas pocas monedas. Pero en ese momento, madre e hijo se miraban ensimismados, como si su mutuo amor los ayudara a olvidar por qué estaban allí esa mañana.

Para la total alegría del niño, y mi sorpresa, la mujer lo alzaba en el aire: euforia infantil que no parecía reflejar ni su pobreza ni el hecho de no tener piernas. Y así jugaron hasta que un extraño se les acercó y les ofreció dinero. Ambos sonrieron agradecidos, quizás algo sorprendidos de ver interrumpida su sencilla alegría.

En ese momento no podía dejar de pensar que en realidad, ese gesto de caridad no haría nada para cambiar sus vidas, particularmente la del niño en un mundo donde la discapacidad seguramente cerrará las pocas oportunidades con que cuentan los pobres sanos de Río.

Olvidémonos por un momento de las protestas que tales desigualdades han producido desde La Paz, hasta Caracas y San Salvador. Despreocupémonos, por el momento, del rol que Washington y otras capitales del mundo desarrollado pudieron y debieron jugar y terminaron o no jugando. Concentrémonos en cambio en aquellos hombres y mujeres de Ipanema, de las zonas rosa y otros distritos exclusivos en las ciudades latinoamericanas que viven con terca indiferencia ante tan cruel disparidad.

Es su riqueza, después de todo, la que hace que las desigualdades en América Latina no tengan igual en el mundo. Son los ricos los que debieran actuar en una forma que reconozca que la verdadera responsabilidad social requiere más de una simple y ocasional limosna.

Por años, los latinoamericanos han equiparado –en realidad relegado– la filantropía y el voluntariado a la caridad cristiana. En una región tan profundamente religiosa, donde la iglesia sigue siendo muy popular, la cultura de una caridad elemental sigue viva y se prolonga. Esa mujer de Ipanema y su niño podrían seguramente encontrar comida en una iglesia local e incluso, también, algunos juguetes.

Pero ese tipo de asistencia nunca romperá la injusticia de una riqueza mal repartida. Sin embargo, brindar una asistencia organizada, sistemática y estratégica es el único modo de hacerlo para acercarse a ese objetivo.

Aún así, el número de personas dedicadas a actividades sin ánimo de lucro en países de América Latina es inferior al promedio entre 35 países estudiados por la Universidad Johns Hopkins. México, de hecho, está al final de la lista con menos de la mitad de un punto porcentual de su fuerza laboral en ocupaciones sin ánimo de lucro, por debajo de Pakistán, Rumania y Uganda.

Agreguemos a eso la falta de incentivos gubernamentales –exención de impuestos– y una percepción generalizada de que las organizaciones no gubernamentales y las fundaciones privadas carecen de responsabilidad o defienden intereses cuestionables, y nos encontraremos con una tendencia latinoamericana que no desemboca en una forma adecuada de dar; es decir, la que podría marcar la diferencia en sociedades sin equidad.

Existen unas cuantas organizaciones que están tratando de cambiar la forma de dar en América Latina. En Brasil, por ejemplo, el Instituto Ethos, fundado en 1998 por un grupo de 11 empresarios, incluye hoy en día 100 empresas que están cooperando con el programa Fome Zero del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Aprovechando la compasión y los recursos de muchos, estos líderes de negocios están dedicando tiempo y energía a promover iniciativas de salario mínimo y asistencia para los que obtienen su primer empleo.

En Colombia más de 90 empresarios son miembros de una fundación que trabaja hombro a hombro con educadores a nivel nacional y local para mejorar la educación básica. Más que su dinero, están aportando su experiencia y demostrando cómo la habilidad administrativa puede mejorar la calidad escolar. En otras palabras, al dar de sí mismos esperan hacer una contribución duradera a sus comunidades, como una inversión que será rentable cuando se angoste la brecha entre ricos y pobres.

Es tal vez por eso que la imagen de la madre y su niño regresa, evocadoramente, en esta temporada. De vuelta en las calles de Ipanema, retrocedí unos pasos y saqué de mi bolsillo unos billetes doblados que puse en la mano de ella. La madre sonrió. Y también lo hice, escondiendo mi incomodidad al darme cuenta que en ese momento había tomado el camino fácil.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí