Un buen tipo

José Adán Silva [email protected] No conozco a Alberto Santamaría. No podría decir que es alguien que tiene un historial limpio de todo pecado; no sabría decir si alguna vez ha estado preso, si ha estado detenido por escandaloso o si golpea a su mujer en estado de ebriedad. Ni siquiera podría decir si toma y […]

José Adán Silva [email protected]

No conozco a Alberto Santamaría. No podría decir que es alguien que tiene un historial limpio de todo pecado; no sabría decir si alguna vez ha estado preso, si ha estado detenido por escandaloso o si golpea a su mujer en estado de ebriedad. Ni siquiera podría decir si toma y miente.

Pero así a simple vista, sin entrar a la profundidad del sicoanálisis que apenas conozco por obligaciones universitarias, me pareció un buen tipo. Lo detuve en Metrocentro donde le pedí la carrera a LA PRENSA, en el 4 _ de Carretera Norte. Sí, 20 córdobas me parece un precio razonable para el mediodía de fuego y bulla que calcina la Managua decembrina.

Guía su carro Toyota por la bajada de Tiscapa, a salir allá por el Hospital Militar; un joven con aspecto de universitario le hace la parada y le pide viaje a Linda Vista; muy apesarado Alberto le dice que no. Más adelante un señor, con unas mangueras sobre la espalda le pide viaje a Monseñor Lezcano; le dice lo mismo que al anterior: no puede. Me comenta que con esos dos clientes dejó de ganar al menos 30 córdobas.

En los semáforos de la Asamblea, un niño le pide un córdoba; él se lo da; una viejita de muletas y cartón donde con mala caligrafía pide una limosna por el amor de Dios, también le pide un córdoba. Él saca una moneda de cinco córdobas y se la entrega.

Le pregunto por qué entrega dinero a los niños y mendigos de la calle, si en muchos casos esas monedas terminan ajustando el trago en alguna cantina de mala muerte, de un padre irresponsable que se quita la sed que sus hijos acumulan día tras día en el solazo, la lluvia y el aire contaminado de los semáforos.

Me responde que puede ser cierto, pero que él sabe que no todos los que piden, lo hacen por el vicio, y que en muchos casos ese pedazo de metal que muchos niegan en los semáforos, puede ser realmente para saciar el hambre de un niño pobre, para curar la enfermedad de la mendiga solitaria, o en última instancia, para aliviar un poco el bolsillo roto de la madre soltera que carga con cinco hijos en un asentamiento olvidado de Managua.

Le increpo que cómo puede él saber cuál es la persona que realmente necesita ayuda. Le digo que muchas veces se le hace más daño que bien al darle un córdoba a un niño, ya que se le fomenta una cultura de vida fácil que mañana lo podría llevar a ser delincuente o a prostituirse.

Me queda viendo un instante, y me dice que tengo razón, que él no sabe a ciencia cierta quién necesita realmente ayuda, pero que él prefiere equivocarse y darle, mientras pueda, un córdoba a quien en los semáforos se lo pida, no vaya a ser y se lo niegue al verdadero necesitado. Además, me dice, un peso no me hace ni más rico, ni más pobre.

¿Sos cristiano verdad? Le pregunto con impertinencia. Sonríe, frena antes de llegar a la luz amarilla de los semáforos de El Nuevo Diario, me queda viendo rápidamente y luego clava la mirada en el pavimento. Yo pedía en las calles, me dice, por eso le digo que no todos los que piden, lo hacen por vicio.

No conozco a Alberto Santamaría. No podría decir que es alguien que tiene un historial limpio de todo pecado; no sabría decir si alguna vez ha estado preso, si ha estado detenido por escandaloso o si golpea a su mujer en estado de ebriedad. Ni siquiera podría decir si toma y miente, pero al menos así, a simple vista, parece un buen tipo. Ojalá lo sea.

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