“Saddam dejó miseria y destrucción por todos lados. Irak es una sociedad imbuida con miedo”. Wahid Abdel Meguid, analista político egipcio.

Un autócrata implacable y megalómano

El ex dictador iraquí encabezó un régimen sangriento y belicoso que llevó a la ruina a un país que en los años setenta era llamado la “Alemania árabe” y fue la envidia de sus vecinos por su prosperidad Salah NasrawiAP EL CAIRO.- Saddam Hussein se vanagloriaba de ser el constructor de un Irak moderno. Pero […]

  • El ex dictador iraquí encabezó un régimen sangriento y belicoso que llevó a la ruina a un país que en los años setenta era llamado la “Alemania árabe” y fue la envidia de sus vecinos por su prosperidad

Salah NasrawiAP

EL CAIRO.- Saddam Hussein se vanagloriaba de ser el constructor de un Irak moderno. Pero con su captura el sábado, los iraquíes probablemente recordarán sus 30 años en el poder de una manera muy distinta.

Aún antes de la guerra que emprendió Estados Unidos en marzo pasado para derrocarlo, la economía de Irak estaba destrozada debido a décadas de conflictos bélicos y sanciones de las Naciones Unidas, y su población acobardada por la brutalidad del dictador.

Antes de que Saddam Hussein condujera a su gente a la desastrosa guerra de 1980-88 con Irán y a la invasión de Kuwait en 1990 —que llevó a la primera Guerra del Golfo Pérsico— Irak era la envidia del mundo árabe.

Durante los años de auge petrolero en la década de 1970, el Partido Baaz de Saddam avizoraba un país dirigido por el socialismo árabe.

Irak era considerado la “Alemania de los árabes” y Saddam su Bismarck, el artífice histórico de la unidad alemana en el siglo XIX.

Como vicepresidente del Consejo del Comando Revolucionario gobernante, Saddam lideraba un organismo de planeamiento económico que supervisaba la construcción de importantes plantas industriales, inmensos proyectos de viviendas, carreteras, puentes, aeropuertos, universidades e infraestructura de comunicación.

La leyenda “Saddam: constructor del moderno Irak” adornaba las calles de todo el país y proyectos gigantes como aeropuertos y municipios. Él mismo ordenó inscribir su nombre en los ladrillos de los monumentos reconstruidos en ciudades antiguas como Babilonia, para que figurara junto al de los reyes Hamurabi y Nabucodonosor.

Tales construcciones eran financiadas con los ingresos petroleros del país, cuyas reservas son las segundas más importantes del mundo después de Arabia Saudí.

Entre 1970 y 1974 los ingresos provenientes de exportaciones de petróleo se incrementaron de unos 896 millones de dólares a unos 7,600 millones de dólares.

LIBERTAD SACRIFICADA

“A la gente no le importaba que no tenía derechos políticos ni podía participar en cuestiones de gobierno, porque sólo veía construcciones magníficas por doquier”, expresó desde Londres a la AP el economista iraquí Ghanim Hamdoun.

Bajo el Gobierno de Saddam, era común que los opositores políticos fueran encarcelados o ejecutados; prohibidos estaban los partidos políticos, sindicatos y grupos civiles no controlados por el partido oficialista.

Pero millones de iraquíes pudieron vestir ropas lujosas por primera vez y viajar de vacaciones a Londres, Madrid o París. Comían alimentos importados y manejaban automóviles japoneses, alemanes o franceses, todos a precios subsidiados por el Gobierno.

Bagdad era una meca para escritores árabes y artistas que se reunían allí para festivales anuales.

Decenas de miles de estudiantes iraquíes viajaron a Occidente con becas del Estado. Algunos regresaron y ayudaron a Irak a establecer un extenso programa clandestino de armas que algunos expertos consideran estuvo cerca de fabricar una bomba nuclear.

“Saddam parecía estar construyendo un imperio y sólo esperaba autodeclararse emperador”, manifestó Hamdoun.

El auge petrolero impulsó la expansión económica, pero también la centralización política.

En 1975 el 27 por ciento de los gastos públicos, que representaban unos 13,700 millones de dólares del presupuesto estatal, se destinaba al Ejército, la Policía y las fuerzas de seguridad.

Saddam suprimió la oposición dentro del país y emprendió acciones militares en el exterior.

DOS GUERRAS DEVASTADORAS

La invasión de 1980 a Irán, presentada como una batalla contra los persas en nombre de todos los árabes, marcó el comienzo de una guerra de ocho años que drenó la economía de Irak y provocó la muerte de cientos de miles de hombres en ambos bandos.

Los soldados que regresaban a sus ciudades, se encontraban con que no había empleo. En poco tiempo el régimen se encontró inmerso en una profunda y multifacética crisis.

Por primera vez en muchos años, los iraquíes protestaban por la presencia de millones de trabajadores árabes, principalmente egipcios, que Saddam había hecho ingresar al país para que laboraran en fábricas, proyectos de construcción y granjas, mientras los iraquíes luchaban en el frente de batalla.

El estancamiento económico y el temor a protestas forzaron a Saddam a iniciar un programa de privatizaciones, y puso a la venta unas 70 compañías de propiedad estatal. Adoptó otras políticas económicas de libre mercado, pero a regañadientes: Saddam nunca quería ceder poder.

Se redujeron radicalmente los fondos destinados al desarrollo y a subsidiar la importación de productos occidentales. Desesperado por conseguir dinero fresco, Saddam demandó a Kuwait y Arabia Saudí que le perdonaran deudas que había contraído durante la prolongada guerra con Irán.

Cuado Kuwait se negó, Saddam acusó a su vecino de robarle petróleo en yacimientos fronterizos. Argumentando que Kuwait fue históricamente una provincia iraquí, invadió su territorio el 2 de agosto de 1990.

La invasión condujo a la Primera Guerra del Golfo Pérsico, que terminó en 1991. Irak quedó derrotado, bombardeado, castigado militarmente y maniatado con severas sanciones de las Naciones Unidas.

La ONU, además, le exigió renunciar a todos sus programas de armas nucleares, químicas y biológicas.

El percibido desacato iraquí de esas resoluciones fue lo que se usó como justificativo para la guerra para deponer a Saddam.

Wahid Abdel Meguid, subdirector del Centro de Estudios Políticos y Estratégicos de El Cairo, consideró que Irak necesitará décadas para recuperarse de Saddam.

Peor que el daño material, es la destrucción de la fibra política y social del país, indicó.

“Saddam dejó miseria y destrucción por todos lados”, expresó Abdel Meguid. “Es una sociedad imbuida con miedo”.

LA APUESTA DE WASHINGTON

La política de Washington se había concentrado en contener a Irak, pero tras los atentados suicidas del 11 de septiembre del 2001 contra ciudades de Estados Unidos, el presidente George W. Bush y sus consejeros de línea dura escogieron a Bagdad como el próximo blanco, luego de Afganistán, en su guerra contra el terrorismo.

Desde la perspectiva de ellos, la eliminación de Hussein no sólo acabaría con una amenaza a la seguridad actual o potencial, sino que también permitiría el florecimiento de la libertad, la democracia y el libre mercado en Irak, lo cual tendría fuertes repercusiones en el Oriente Medio. (Reuters)

OTRORA ALIADO

Washington comparó a Hussein con el mismo demonio, a pesar de que Estados Unidos, junto con la antigua Unión Soviética y varias naciones europeas, lo había armado y respaldado en la década de 1980 como baluarte contra la revolución islámica en Irán. En los años ochenta, los gobiernos occidentales no sancionaron a Hussein por sus crímenes contra los iraquíes, como la brutal represión contra los kurdos, que incluyó un ataque con gas venenoso en Halabja, donde murieron 5,000 personas. (Reuters)

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