Ricardo Mayorga está listo para subir hoy al ring, a eso de las 9:30 de la noche.

¿Cómo entenderlo?

Edgard Tijerino M.Enviado especial [email protected] ATLANTIC CITY.- Ricardo Mayorga es un crucigrama sin solución. Y es que resulta imposible darle forma a respuestas precisas frente a ese alud de interrogantes que lo rodean. Champollion, nunca lo hubiera descifrado y Freud habría enloquecido viendo destrozados sus sicoanálisis. Quieren un consejo: no traten de entenderlo. Simplemente, admitámoslo […]

Edgard Tijerino M.Enviado especial [email protected]

ATLANTIC CITY.- Ricardo Mayorga es un crucigrama sin solución.

Y es que resulta imposible darle forma a respuestas precisas frente a ese alud de interrogantes que lo rodean. Champollion, nunca lo hubiera descifrado y Freud habría enloquecido viendo destrozados sus sicoanálisis.

Quieren un consejo: no traten de entenderlo. Simplemente, admitámoslo como es: imprevisible, capaz de cualquier disparate, algunos magistrales cuando se encuentra entre las cuerdas. Es en ese sitio que se siente como una fiera hambrienta e implacable estremeciendo la jungla. Ese es su paraíso.

Se han inventado tantas cosas sobre Mayorga que es difícil separar lo fantasioso de lo real. Esa loca de la casa que es la imaginación, como lo apunta Santa Teresa de Jesús, lo ha distorsionado todo, y hasta el propio Mayorga se encuentra confundido viéndose en un espejo o tratando de definirse. Él es como su boxeo, indefinible.

“Bebe, fuma, trasnocha, pelea y gana”, dice Sports Illustrated sobre el temido púgil pinolero, mientras ESPN lo presenta bebiéndose una cerveza cobijado de espuma en una tina.

Me pregunto: ¿Puede la irresponsabilidad producir tantos impactos gratificantes?

The Ring dijo de él: el día anterior a la segunda pelea con Forrest, él se fue libremente a un bar en el Orleans y estuvo hasta la medianoche excediéndose. No es esa la manera más normal en la que un peleador se prepara para su lucha más importante.

Pienso que con su eficiente contribución, se han tejido muchas historias exageradas, y él se divierte.

Viene de la pobreza, ha luchado por fabricar esperanzas, se acostumbró a abrazarse con lo improbable, ha sido polifacético haciendo de todo un poco por sobrevivir, es hijo de un panadero vigoroso y callado, llamativamente esforzado, y su madre tiene una determinación como la de Teseo. Sin duda, algo fascinante para un periodista, diría Rosa Montero, la excelente escritora española.

Ricardo explica su ferocidad con una sencillez escalofriante: “Acostumbrado a luchar por mi vida en las calles, enfrentarme a alguien que quiere derrotarme con un árbitro, un montón de testigos y en transmisión por TV, es como caminar por un parque silbando. Por eso no respeto a nadie en el ring”.

¿Qué es lo raro? Nunca lo he visto ebrio, ni siquiera celebrando ruidosamente sus victorias. En Temécula, le llevaron varios paquetes de cervezas nicas, y abrió unas tres o cuatro, pero no terminó una sola de ellas colocándolas en diferentes sitios.

¿Bebe realmente Mayorga mientras se prepara para un combate? No lo creo.

Echa humo porque parece gustarle que lo vean con un cigarro, o un puro. Pero, ¿qué tan cierto es eso si lo hemos visto lucir siempre mejor que cada uno de sus rivales físicamente? ¿O es un fenómeno?

“No tengo quejas de él. Trabajó a fondo y admitiendo someterse a mis normas de disciplina”, me dijo Garibaldi. Entonces, ¿qué es cierto sobre todo lo que se dice de Mayorga?

Esa loca de la casa que es la imaginación, como dice Santa Teresa de Jesús, saltaría hecha añicos junto con los estudios de Freud y las investigaciones de Champollion.

El es un crucigrama, y sin solución.

¿SE LE PUEDE CREER?

En una de tantas entrevistas a los medios norteamericanos, Mayorga dijo: “Me considero un tipo con suerte, porque en realidad, un par de veces trataron de dispararme para matarme y las dos veces la pistola se quedó trabada. Me di cuenta que Dios me ama mucho. Cuando salí de las calles no iba a esperar que existiera una tercera amenaza con pistola y que ésta diera el tiro de gracia”.

Y agrega la nota: La primera vez que le pusieron a Mayorga una pistola tenía 21 años, cuando él estaba montando una bicicleta y accidentalmente chocó con otro ciclista. “Cuando se cayó trató de dispararme”, dijo Mayorga. “No sé si se sentía humillado o me apuntó porque se volvió loco, pero él quería dispararme. Le quité la pistola y peleamos”.

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