José Adán Silva [email protected]
Él estuvo ahí. Cuando las bombas cayeron sobre las barriadas de Managua desde los aviones de Somoza, cuando descubrieron en las costas montosas del Lago Xolotlán las decenas de cadáveres de jóvenes guerrilleros, quemados, atados y torturados antes de morir.
Luego llegó la revolución sandinista y nuevamente él estuvo ahí: en las montañas que rugían bajo el fuego de los morteros y las ráfagas de armas soviéticas y americanas.
Vio los cuerpos inertes bajar de los helicópteros y supo el rigor de las precariedades en aquella guerra de diez años.
Sí, no se perdió la desmovilización de los miles de guerrilleros de la Resistencia Nicaragüense, ni la deserción masiva de los cuarteles y bases militares sandinistas en 1990, cuando grabó, como siempre con su cámara sobre el hombro, la toma de posesión de doña Violeta Barrios de Chamorro, y los posteriores conflictos políticos y sociales de la Nicaragua post revolución, los desastres naturales y los miles de rostros y gestos de los actores de este desventurado país.
Dos décadas en esa labor: grabando los sucesos y llevándolos a las televisiones de los nicaragüenses. Sin embargo aquella noche no pudo filmar su desgracia, y nadie se enteró por la televisión de los sucesos de su vida.
Había sido un día más de trabajo, y la tensión del trajín diario dentro del periodismo, le indicó que necesitaba distraerse. Con un amigo, se sentó a beber un par de cervezas en la gasolinera frente a la Rotonda del Periodista. Su sed y el ánimo de compartir no fueron suficiente para entusiasmar a su amigo, quien aburrido y cansado, optó por buscar un taxi que lo llevara a casa.
Fuera del establecimiento, estaba uno con quien su amigo negoció el precio y se marchó, no sin antes despedirse de él, quien vio cómo ambos, su amigo y el taxista, platicaron un momento antes de marcharse.
A los minutos, mientras degustaba una pieza de pollo con papas, el mismo taxista que había llevado a su amigo, se presentó ante él, para decirle que como un gesto de amistad, su amigo le había pagado el viaje y que cuando gustaran podían irse.
Eran las nueve de la noche. Él estaba solo, con dos cervezas adentro y con el pollo frío, por lo cual decidió irse a descansar a su casa de Batahola. No lo pudo hacer.
En los semáforos de El Zumen, mientras la luz estaba en rojo, un tipo montó rápido al taxi por una puerta de atrás, y le puso un cuchillo en la nuca, amenazándole con matarlo si gritaba algo.
El taxi siguió rumbo a los oscuros predios de la Cuesta del Plomo, en la costa del Lago Xolotlán, donde años antes, en aquellos días aciagos de guerra civil, grabó las imágenes de las decenas de cadáveres de jóvenes guerrilleros, quemados, atados y torturados antes de morir.
Lo bajaron a golpes. Uno de ellos, al ojo derecho, le hizo perder pie y cayó al suelo, donde recibió patadas e insultos. Le quitaron todo lo de valor, incluyendo la tarjeta de crédito, un radio-comunicador y el efectivo. Se le llevaron la ropa y lo dejaron abandonado en los predios, de donde pudo salir hasta las tres de madrugada.
Esa noche descubrió tres cosas que le trastocaron su vida: que había perdido completamente la confianza en los taxis; que la alegría de salir a divertirse de noche ya no era alegría, y lo último, y lo más doloroso, que no era tan hombre como creía.