- “Sólo podremos salirle al paso exitosamente a esas nuevas amenazas si EE.UU., Canadá
y la Unión Europea, basándose en los valores e intereses comunes y en la exitosa
tradición transatlántica de las décadas pasadas, acometen esa tarea estratégica juntos
y a partir de una planificación de largo plazo”, afirma el ministro alemán del Exterior.
“No nos dejemos engañar por la disputa actual en la familia transatlántica (sobre Irak)”
Joschka Fischer (*)
El presente nos enseña que en el siglo XXI la seguridad de todos, pero particularmente la de los EE.UU. y Europa, ya no puede seguir definiéndose con las categorías tradicionales del siglo XX. Un nuevo totalitarismo, el terrorismo islamista y su inhumana ideología de la yihad, amenaza la paz y la estabilidad, tanto regional como globalmente.
Su objetivo es subvertir las relaciones de poder en el mundo islámico-árabe, sobre todo en la Península Arábiga y el Golfo, y a largo plazo, la destrucción de Israel. Sus medios son los atentados suicidas y el horror provocado por la violencia brutal e inhumana. Su táctica apunta a crear un caos sangriento, su estrategia tiene como objetivo que los EE.UU. y Occidente se retiren de toda la región.
Esa amenaza central a nuestra seguridad no parte actualmente de un Estado sino, antes bien, de un nuevo movimiento totalitario que, después de la pérdida de Afganistán, ya no controla ningún otro Estado como base de poder. Esa amenaza tampoco apunta, a diferencia del Tercer Reich bajo los nazis y el Imperio Japonés en la II Guerra Mundial y la Unión Soviética durante la Guerra Fría, a los potenciales estratégicos de los EE.UU. y de Occidente. Su objetivo es quebrar la moral de Occidente y desatar reacciones que fortalezcan el apoyo al totalitarismo islamista y no lo debiliten.
Esa nueva amenaza es una amenaza global. Ya no plantea una cuestión de sistema como la que se planteó en la lucha contra los totalitarismos del siglo XX sino, peor aún, intenta provocar un “choque de civilizaciones” de raíz cultural entre el mundo islámico-árabe y Occidente, liderado por los EE.UU.
Nuestra respuesta también debe ser global. A más tardar desde el 11 de septiembre sabemos que en el siglo XXI nuestra seguridad no depende sólo de la exitosa globalización del libre comercio de mercaderías y bienes sino, en mayor medida aún, de la globalización de los valores fundamentales de los derechos humanos, el respeto por la vida, la tolerancia religiosa y cultural, la igualdad de todos los seres humanos y del hombre y la mujer, del Estado de Derecho y la democracia y de la participación en las bendiciones de la educación, el progreso y la seguridad social.
La globalización positiva es la respuesta estratégica apropiada al desafío mortal de un nuevo totalitarismo.
Esa globalización positiva debe llevar, en lo político, a una reorganización del sistema internacional de Estados, a un “nuevo orden mundial”, en el que la convivencia de más de seis mil millones de seres humanos, más de 190 Estados y las numerosas religiones y culturas sea regulada ante todo de manera pacífica y no conflictiva.
Ello abarca también la conformación de un sistema comercial mundial justo, las respuestas al cambio climático y la conservación del medio ambiente global, la lucha contra la pobreza y el sida, la defensa de los derechos humanos y el desarrollo del Derecho Internacional y sus instituciones.
Crear seguridad a través de la cooperación y la integración, crear seguridad a través de la participación y el progreso será en el siglo XXI por lo menos tan importante como crear seguridad a través de la disuasión y la contención.
Occidente ganó la Guerra Fría gracias a la conjunción del poder estratégico con una opción positiva de sistema, gracias al empleo del “hard power” con el “soft power”, siendo decisiva la opción de sistema.
Ahora debemos superar otra vez juntos el mismo desafío, si bien bajo condiciones completamente diferentes. En ese contexto, las respuestas positivas que las naciones ricas de Occidente den a la globalización poseen hoy una importancia capital, más aún, estratégica.
¿FIN DE OCCIDENTE? ¡NO!
Una de las preguntas “de espanto” que más le gusta plantear al periodismo político reza actualmente: ¿nos hallamos ante el fin de Occidente? Mi opinión al respecto es clara e inequívoca: ¡no! Estaríamos ante el fin de Occidente si la comunidad transatlántica no tuviera futuro alguno por falta de intereses comunes y Europa y Estados Unidos siguieran caminos distintos.
Nuestros intereses nos exigen, sin embargo, exactamente lo contrario. No nos dejemos engañar por la disputa actual en la familia transatlántica (sobre Irak). En una alianza de democracias libres siempre habrá disputas de cuando en vez y éstas bien pueden girar también en torno a temas fundamentales.
Sólo podremos salirle al paso exitosamente a esas nuevas amenazas si EE.UU., Canadá y la UE, basándose en los valores e intereses comunes y en la exitosa tradición transatlántica de las décadas pasadas, acometen esa tarea estratégica juntos y a partir de una planificación de largo plazo.
En ello radica el interés trans- atlántico que nos une y se basa en la necesidad de una nueva OTAN en el siglo XXI. La OTAN continúa siendo uno de los pilares centrales de la paz y la estabilidad. Pero, a la inversa, también es válido que si nos dejamos dividir, las consecuencias para todos a ambos lados del Atlántico serán extremadamente negativas.
No obstante, las relaciones transatlánticas se basan a comienzos del siglo XXI en dos socios sumamente desiguales. Los EE.UU. son la única potencia global, la más antigua y simultáneamente una democracia continental, presente en todo el mundo y dominante en casi todas las áreas del soft y el hard power.
Los EE.UU. son una potencia mundial. La UE, por el contrario, es todavía una potencia en ciernes. Si bien ya existen el Mercado Común, de próximamente 450 millones de seres humanos, y la moneda común, el euro, por otro lado no se pueden negar su escaso crecimiento económico, su problema demográfico, su fragmentación política y su debilidad militar.
Sólo existirán relaciones transatlánticas estables cuando ambos pilares de ese puente sobre el Atlántico Norte puedan soportar aproximadamente la misma carga. Los europeos saben que deben superar lo antes posible los déficit identificados y –permítanme agregar esto ahora– los van a superar. No es un pilar europeo fuerte lo que pondría en peligro a la OTAN, sino sólo la debilidad europea. Y sólo un pilar europeo fuerte puede garantizar la cooperación de Europa en la alianza transatlántica. Por ello creo que ese fortalecimiento del pilar europeo, también en vista de la situación en el mundo, satisface un bien entendido interés estratégico de EE.UU.
UN MULTILATERALISMO EFECTIVO
Para ello (responder a las nuevas amenazas mundiales) necesitamos no sólo democracias fuertes, cimentadas en valores sólidos.
También son imprescindibles instituciones multilaterales fuertes –en primer lugar una renovada ONU–, que estén en condiciones de imponer y mantener ese orden con arreglo a las normas del Derecho Internacional.
Ese orden mundial debe estar fundamentado en un multilateralismo efectivo, capaz de imponer la paz y la seguridad. Para la existencia de ese multilateralismo efectivo son necesarias ambas: la potencia mundial EE.UU. y la ONU, como institución marco, reconocida por sus 190 Estados miembros y por ello imprescindible. Porque la ONU es, a pesar de todas sus carencias, la única organización internacional que dispone del recurso de la legitimidad en todo el mundo.
(*) Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania. Conferencia pronunciada en la Universidad de Princeton, EE.UU., el 19 de noviembre pasado. Cortesía de la Embajada de Alemania en Managua.