Claudia E. Salame
Un sábado de noviembre, como a la 1:00 de la madrugada, mientras compartía en casa de un amigo, en Colonial Los Robles, de Managua, presencié un acto que me hizo reflexionar sobre ese lema de que Nicaragua es el país más seguro de Centroamérica.
Un grupo aproximadamente de más de diez muchachos, de edades entre 18 y 23 años, quienes se transportaban en una camioneta gris de doble cabina, sin placas, de forma brutal molieron a golpes a otro joven de más o menos la misma edad. Estuvieron a punto de desbaratarle la cabeza con un adoquín en la cabeza, de no ser porque le gritamos y un vigilante de seguridad —quien no se quería involucrar— disparó un tiro al aire. Por suerte el pobre herido estaba ebrio y no sentía tanto dolor, y un amigo de los dueños de la casa que pasó por el lugar lo llevó al hospital.
La causa de la violencia fue que el golpeado rompió un vidrio de la camioneta. Pero, ¿vale una vida el vidrio de una camioneta? ¿No era más fácil llevarlo a la Policía? Con frecuencia se producen actos como éste y no sólo entre pandilleros de barrios marginados, sino también jóvenes de clase media inducidos por el alcohol y las drogas, mientras sus padres creen que salen los fines de semana a divertirse sanamente.