Perlas y miserias

José Adán Silva [email protected] En cada persona que toma un taxi, o de un taxista que lleva a alguien, hay miles de gustos no registrados totalmente por nadie, o quizás apenas esbozados en pinceladas de anécdotas que no todos logran llegar a conocer. Tarea imposible sería, o varios tomos se necesitarían, para llevar a papel […]

José Adán Silva [email protected]

En cada persona que toma un taxi, o de un taxista que lleva a alguien, hay miles de gustos no registrados totalmente por nadie, o quizás apenas esbozados en pinceladas de anécdotas que no todos logran llegar a conocer.

Tarea imposible sería, o varios tomos se necesitarían, para llevar a papel y tinta todos los gustos que identifican a cada prójimo que sube a esos ve-hículos con torretas amarillas que prestan servicios de transporte selectivo, porque hay gustos de gustos, pero como muestra, algunas perlas.

Sé de alguien a quien no le importa llegar tarde a todas partes con tal de esperar un taxi de la marca que a él le gustaría tener. Es joven es ambicioso, y no descarta el día en que tenga en su poder un buen vehículo. Por el momento se conforma con esperar un carro de reconocida marca, relativamente nuevo y cómodo, para sentir lo que muy pronto espera sea suyo.

Y entre la fauna metálica de diversos colores y estilos, él espera con paciencia hasta que el Toyota, Nissan, Renault o algo parecido, se detenga a preguntar: “¿A dónde vas?”. Nada de carritos coreanos y mucho menos el cada vez más humilde Lada soviético.

Conozco a una persona, mujer joven que trabaja en una institución pública, que sólo se subirá a un taxi si quien lo conduce, le resulta atractivo. Lo detiene, lo mira y le pregunta que por cuánto la lleva a tal lado. Si el hombre no le gusta, no se subirá ni que la lleve gratis. Si el hombre le gusta, pedir rebaja se convertirá para ella en un juego de coqueteo sin mayor trascendencia, porque a como dice el escritor checo Milán Kundera, la coquetería es la promesa de un coito sin garantía.

También me contaron de alguien, un Juan Pérez que usa corbatas y pertenece a dizque religión nueva, que no sube si alguien más va en el taxi, y que se baja si en el trayecto el taxista osa montar a alguien más. Su estrategia no es por seguridad, sino por la pérdida de intimidad que un tercero le provoca en la cabina vehicular, lo que echa al traste sus dotes de empedernido seductor de taxistas.

Por la otra parte, la que se sienta frente al volante, he escuchado por ahí, que hay pequeños grupos de taxistas que se estacionan en las afueras de clubes nocturnos, centros de masajes sexuales y prostíbulos, para llevar y traer exclusivamente a las mal llamadas damas de la vida alegre y sus furtivos amantes de paso y pago.

Por ejemplo, uno de ellos me dijo que prefiere llenar sus asientos de perfumes y humo de cigarrillo de sus clientas nocturnas, que montar a una vieja gruñona que no paga lo que le piden y que siempre clama por ir despacio. La razón es sencilla: las putas, muchachas jóvenes en su mayoría y con abundante ternura escondida tras el caparazón de la dura vida de sexo y dinero, tratan a los taxistas como benefactores y protectores. A veces, cuando no hay sexo ni dinero, ellos las llevan y las traen al fiado.

Otras veces, cuando hay abundante plata, ellas garantizan diversión y dádivas generosas al paciente taxista que espera en las afueras de los moteles a que ellas terminen la faena. Y cuando no hay plata, las especies siempre son bienvenidas para saldar deudas.

A otros, cada vez más comunes y peligrosos representantes de la miseria humana, el gusto les da por robar y darle a la seguridad ciudadana una patada donde la espalda termina y pierde su nombre.

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