De beodos y taxistas

José Adán Silva [email protected] La lengua arrastrada al paladar y un cuerpo que trastabillaba; los ojos desorbitados y perdidos, la ropa desajustada, manchada y apestosa a cualquier cosa, más una voz pastosa y llena de incoherencias acompañadas de fétido aliento. Así se veía cuando detuvo un taxi para que lo llevara al barrio México, después […]

José Adán Silva [email protected]

La lengua arrastrada al paladar y un cuerpo que trastabillaba; los ojos desorbitados y perdidos, la ropa desajustada, manchada y apestosa a cualquier cosa, más una voz pastosa y llena de incoherencias acompañadas de fétido aliento.

Así se veía cuando detuvo un taxi para que lo llevara al barrio México, después de cinco horas de farra en un bar de la Carretera Norte, de donde salió perdido de borracho y con su salario a medio extinguir.

Dice Frank Rostrán, el taxista que lo subió, que el hombre, en medio de su locura de alcohol, le dijo que era ingeniero, que tenía mucha plata y que le pidiera lo que quisiera, que esa noche, o madrugada para mayor exactitud, él era el dueño del mundo.

“Tranquilo broder, sólo pagáme la carrera y ya”, le decía el taxista. Y el borracho, con dinero encima, que cuánto valía la carrera, y que se quedara con el vuelto. Gracias hermano, respondía al taxista.

Y así, por más de media hora, el borracho preguntó cuánto debía, y el taxista le respondió siempre que 40 córdobas. Al final, el adorador de Baco había pagado más de cinco veces su carrera. Para regocijo del taxista, el mareado cliente se bajó cuadras antes de llegar a su casa. “Aquí me bajo”, dijo el beodo y salió trastabillando del carro. “Es la ventaja de montar un bolo, siempre te pagan de más y los podés dejar en cualquier lado”, dice Frank.

Otro como don Félix, dice que odia montar borrachos, y que prefiere andar palmado, antes que llevar a un bolo. “La última vez que monté uno, se me puso a llorar, luego me tuve que detener varias veces para que el cabrón orinara, y ya por último, el gran hijo de p… no me pagó y se puso a pelear. Ahí lo dejé bien vergueado, por sinvergüenza”, narra entre risotadas este taxista gordo y moreno.

Pero no siempre a todos les va tan mal. Sé de uno que llevó a un picadito a Ciudad Sandino, que como no llevaba dinero para pagarle, le pidió que por favor lo esperara unos minutos afuera de la casa, para ver qué encontraba para pagarle. A los dos minutos, el borrachín salió con un balde plástico lleno de ropa remojada en detergente. “Es de la bruja de mi mujer, llévesela toda (la ropa), que a mí cuesta”, dijo alegremente el hombrecillo.

“Mala onda lo que le hizo ese maje a la mujer, la dejó desnuda prácticamente”, me contó el taxista, quien entre risas, cuenta que las ropas con que le pagaron, eran para una mujer talla extra-grande.

No hay un taxista que no haya pasado una anécdota con algún pasajero pasado de copas. Algunas experiencias han sido traumáticas

Aquel sábado el sol estaba bravo a las dos de la tarde. Él acababa de entrar en el turno de la tarde, y esperaba que al final del día, tuviera en su bolsa lo suficiente para pagar el alquiler del auto y quedarse con algo de plata.

En la colonia Tenderí, un tipo pasado de copas, casi abrazado a un poste, le pidió que lo llevara a Jardines de Veracruz. “Sí, pero pagáme adelantado”, aceptó con desconfianza el taxista.

A las dos cuadras el show: un torrente de espeso líquido de tonalidades indescriptibles, acompañado de un hedor de inmundicia animal, salía de la garganta de aquel hombre, rumbo a todos lados de la geografía tejida de los asientos y piso del auto que horas antes, con mucho esfuerzo, Armando había sacado de la tapicería.

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