Jehú Hernández [email protected]
María Cecilia López, de 25 años, es una clara muestra de la fertilidad que tienen las mujeres del campo. Ha traído al mundo siete hijos en los seis años que lleva junto a Isidro Castro, de 35 años. A pesar que el tercer parto fue de gemelitas, no enfrentó complicaciones como con el último, que nació hace apenas unos días.
Isidro permanece casi inmóvil en una de las desvencijadas bancas de metal y madera ubicadas en los jardines del Hospital Bertha Calderón, en las que igual que él, muchas personas esperan noticias de sus parientes internadas en ese centro asistencial o que pasan consulta externa por algún padecimiento.
El atuendo de Isidro no deja mucho a la imaginación para quien intente adivinar su procedencia. Camisa a cuadros con fondo rojo, pantalón azulón desteñido y desgastado por el uso excesivo y un par de botas de hule negras que casi le llegan hasta las rodillas. En sus piernas descansa una mochila en la que seguramente lleva lo necesario para permanecer varios días en la capital.
De hablar pausado, bastante tímido y con ese “deje” característico de los campesinos, expresó que: “La María se complicó a los diítas de haber parido al último chavalo, le dieron calenturas, vómitos y unas diarreas que tuvimos que llevarla al hospital de Matagalpa, pero de allá la mandaron para acá”.
Su rostro curtido por el sol revela el agotamiento que implica tres noches durmiendo mal. Tiene la oportunidad de ver a su compañera de vida en las horas de visita. “Aprovechamos para hablar de todo, de cómo está, cómo se siente y de que muy pronto vamos a regresar a la casa para cuidar a los chavalos. Confiamos en que Dios pronto la cure y podamos irnos de regreso”, expresó.
En ese lugar donde convergen muchas personas, destacan favorablemente los frondosos árboles que les dan sombra, pero también lo hace un reguero de bolsas plásticas –de agua y refrescos– tiradas en el piso.
También se observan botellas vacías de gaseosas, latas de jugos, pajillas, empaques de caramelos y chicles, así como bolsas con restos de quesillo y tajadas de plátano verde con queso frito.
Son la evidencia de que quienes permanecen en los patios de ese hospital, matan el hambre con las golosinas y “comidas rápidas” que les ofrecen los múltiples vendedores ambulantes y el kiosco ubicado cerca de la entrada a la sala de emergencia.