Nada cambiará

José Adán Silva [email protected] La otra vez me contaba la poeta Martha Leonor González que se subió al taxi de un tipo, al parecer sordo y mal educado, que escuchaba la radio a decibeles de martirio. Ella le pidió que por favor le bajara el volumen, y él, de mal modo, se paró y le […]

José Adán Silva [email protected]

La otra vez me contaba la poeta Martha Leonor González que se subió al taxi de un tipo, al parecer sordo y mal educado, que escuchaba la radio a decibeles de martirio. Ella le pidió que por favor le bajara el volumen, y él, de mal modo, se paró y le dijo que se bajara. ¡Tu madre pues! Le dijo la poeta González y se bajó.

En otra ocasión me tocó viajar con un señor que se pasó de comunicativo y en un santiamén me contó su vida y milagros. No estaba mal escucharlo, de no haber sido porque en vez de hablar gritaba, casi escupía y a cada rato me tocaba el hombro para que lo mirara, como si con los ojos iba escuchando sus alaridos.

Otros, religiosos quizás de buena fe, o seguidores de la onda cristiana, siguen creyendo que Dios es sordo y uno idiota. En uno de esos torturantes viajes escuché a un pastor gritar que las serpientes son peligrosas porque tienen veneno en los ojos. Tremendo descubrimiento para Discovery Chanel o Animal Planet, me dije, pero el taxista, ingenuo muchacho de buen talante, me dijo: “Lo oyó amigó, algo se aprende de la palabra de Dios”. Sonreí.

Y del caso de quienes usan sus taxis, con usuarios incluidos, para demostrar que saben de Fórmula Uno, ya ni hablemos, hay muchos. Hablando con algunos pasajeros y amigos usuarios de taxis que, como yo, aún no tienen auto propio, logré hilvanar algunas ideas de cómo le gustaría al usuario que lo trataran los taxistas.

Primero, respete el silencio del pasajero. Si el cliente va callado, no insista en comentar las noticias o quejarse de lo duro de la vida. Todos tienen derecho a disfrutar del silencio. Si le gusta escuchar la música a volumen alto, hágalo cuando vaya solo, a menos que el cliente le pida un “chelín de volumen”. Nadie está obligado a escuchar a Vicente Fernández a todo volumen sólo porque a usted le guste. El respeto al derecho ajeno es la paz, decía Benito Juárez.

Buenos días, buenas tardes o buenas noches, son frases de dos palabras que no deben costar mucho decirlas, sobre todo cuando el cliente que sube es quien las dice primero. Favor, ensaye a decir buenos días, y recuerde que la palabra gracias, es más fácil y agradable que maldecir al alcalde en cada bache que atraviesa.

Hágase la idea de que aunque sea suyo el carro, es el cliente quien manda porque paga, y de esos 15, 20 ó 25 córdobas que salen de su bolsa, usted paga el auto y lleva la comida a sus hijos. Usted no les hace ningún favor, usted presta un servicio remunerado. Y como todo servicio o producto que se vende, una buena presentación es siempre recomendable. No lo ven de la misma manera si usted conduce en short, chinelas y camisola, a que lo vean con sus zapatos lustrados, bañado y con la guayabera limpia, aunque no sean ropas de lujo ni de marca. Limpie bien su carro antes de salir a trabajar, recuerde que es su machete y mientras más filo tenga, mejor trabaja.

Respete la salud e integridad del pasajero. Su no le importan sus pulmones, es cosa suya, pero no obligue a la gente a tragar el humo que a usted le gusta. Si sospecha que esos clientes sospechosos que le hacen parada en la esquina pueden ser asaltantes, no exponga al cliente ni se exponga usted. Recuerde que en su casa muchos esperan a que usted regrese siempre sano y salvo. No los decepcione. Por muy rápido que usted vaya, el mundo no cambiará, recuerde que algún día de todos modos se va morir, así que no tiene caso adelantar esa fecha. Sonría, no cuesta mucho.

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