Sebastián Edwards.

“El Mercosur son las ligas menores”

Sebastián Edwards, el ex economista-jefe para América Latina del Banco Mundial y doctor en Economía de la Universidad de Chicago, sostiene que el “Consenso de Buenos Aires” entre Argentina y Brasil, es simplemente “un conjunto de buenas intenciones, sin seriedad académica” Norma Domínguez Especial para LA PRENSA BUENOS AIRES.- Sebastián Edwards, el ex economista-jefe para […]

  • Sebastián Edwards, el ex economista-jefe para América Latina del Banco Mundial y doctor en Economía de la Universidad de Chicago, sostiene que el “Consenso de Buenos Aires” entre Argentina y Brasil, es simplemente “un conjunto de buenas intenciones, sin seriedad académica”

Norma Domínguez Especial para LA PRENSA

BUENOS AIRES.- Sebastián Edwards, el ex economista-jefe para América latina del Banco Mundial y doctor en Economía de la Universidad de Chicago, afirmó, en su paso reciente por Buenos Aires, que “el Mercosur fue una de las peores ideas de los últimos diez años, porque los intereses de Brasil no son los mismos que los de Argentina”.

En esta entrevista, el economista reivindicó el “Consenso de Washington original” publicado en 1989; criticó con dureza el Consenso de Buenos Aires que días atrás firmaron los presidentes Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva, al que calificó como “de una pobreza franciscana”, y habló de la actitud de la Argentina hacia los acreedores privados.

—¿Por qué dice que el Mercosur, como está planteado hasta ahora, no es bueno para la Argentina?

Porque el Mercosur es una asociación entre dos economías que como economías son relativamente pequeñas, relativamente retrasadas, que tienen intereses diferentes, donde se termina fomentando intercambio comercial entre productos no elaborados en la forma más eficiente. Es como si el fútbol argentino decidiera que de ahora en adelante sólo va a competir con el boliviano, el chileno y el peruano para así salir siempre ganadores. La idea es, y la Argentina lo ha entendido siempre en el tema futbolístico, competir con los mejores. Y la verdad es que amarrarse al Mercosur es amarrarse a la ligas menores.

Yo no estoy en contra de la negociación en bloque en la medida que esa negociación sea flexible y pragmática, y que cada país al final termine haciendo primar sus propios intereses nacionales como la guía de esta negociación.

El tema del Mercosur es muy simple y es que ha sido capturado por Brasil. Y la Argentina ha terminado siendo un socio menor. Pensábamos que el Mercosur eran dos socios igualitarios y dos notas de pie de página (Uruguay y Paraguay), y termina siendo un socio mayor (Brasil), un socio junior (Argentina) y las dos notas de pie de página. Y eso no me parece que le convenga a la Argentina.

Para muchos economistas, lo interesante del ALCA es que impone reglas del juego claras que difícilmente se logren en un bloque con países como los nuestros, estilo Mercosur, y ponen de ejemplo, como algo positivo, lo sucedido con España al entrar a la Comunidad Europea…

Eso es parte del problema. Cuando España se unió a la Unión Europea (UE), importó las instituciones y las reglas de la UE, y hoy en día tenemos una España ordenada, que está cumpliendo con el pacto de estabilidad de crecimiento, que además es crítica de Francia y de Alemania —quienes por tercer año van a violar las reglas de dicho pacto— porque ha logrado adecuarse, unirse y absorber las instituciones.

Ahora, en su momento, España podría haber decidido mirar al Sur y haberse unido con América Latina. Pero Felipe González deliberadamente decidió unirse a la OTAN en un plebiscito legendario donde estuvo a punto de ser derrotado por las fuerzas opositoras, y decidió mirar al norte. Y el resto es historia: España, de ser el país pobre y oscuro de la época del franquismo, hoy en día es un país maravilloso porque miró al norte y decidió jugar en las ligas mayores.

—Pasemos al tema de “Consensos”. ¿Por qué critica el Consenso de Buenos Aires que firmaron los presidentes de Brasil y Argentina?

Lo que yo creo que hay que hacer en esta coyuntura, para ser serios, es hacer una propuesta que sea un conjunto consistente de medidas de política económica y no un conjunto de enunciados de buenas intenciones. Y el Consenso de Buenos Aires, que tengo delante mío, es justamente eso: un conjunto de buenas intenciones, sin seriedad académica. Habla, por ejemplo, de derrotar el hambre, de estar “en contra del flagelo de la pobreza”, y otros enunciados a los cuales nadie podría oponerse, pero en ningún momento explican cómo se van a hacer.

Considero que la ilustración más clara de esta falencia de este llamado Consenso de Buenos Aires es el tema de la educación, donde se habla de que la educación es esencial como proyecto de inclusión social, sin explicar en detalle cómo se va a hacer para mejorar la calidad de la educación en la Argentina, que de haber sido una de las mejores del mundo se ha transformado en un sistema con una calidad deplorable.

—A diferencia de lo que piensa del Consenso de Buenos Aires, usted ha reivindicado el Consenso de Washington de 1989, pero hace distinciones entre ese Consenso “original” y el que luego se aplicó. ¿Cuáles son esas diferencias?

Hago diferencias en tres cosas porque distingo el Consenso de Washington original del que se aplicó y también de lo que hoy en día se entiende, vía los medios de comunicación, por Consenso de Washington.

Actualmente los medios y el público entienden por Consenso de Washington a un manifiesto neoliberal de Chicago, nacido de una conspiración liderada por el Tesoro (de EE.UU.) y por el Fondo Monetario Internacional. Pero cuando uno lee lo que efectivamente es, se trata de un conjunto pragmático de políticas sumamente razonables, con muchas flexibilidad, que reconocen la necesidad de mejorar la distribución del ingreso, de mejorar los procesos sociales, de mejorar la provisión de salud y educación, de redistribuir el ingreso, de invertir en infraestructura y, al mismo tiempo, reconoce la necesidad de que haya implementaciones de estas políticas en forma flexible y diferenciada en los distintos países. Por lo tanto, lo que efectivamente se escribió no es lo que hoy en día el público entiende.

Y la pregunta que me hago es por qué hay esta divergencia entre la percepción y la realidad. Mi respuesta es que porque la manera en como se aplicó y se empezó a hablar de las reformas, o no coincidió o se empezó a desviar. Por eso digo que se “secuestró el concepto del Consenso de Washington” a la aplicación de planes que eran más rígidos, que eran menos flexibles, que eran menos pragmáticos, y que desconocían o no atendían algunas deudas políticas.

—¿Dónde se aplicó bien ese Consenso de Washington original?

Creo que se lo aplicó bien Chile. Y México, en parte, después del año 1994. Pero México parece no estar pasando un buen momento…

Hay que pensar que México evitó el ciclo de las crisis sexenal —que empieza en el 72 y se repite invariablemente cada 6 años—. México entra a tener un ciclo económico que está coordinado con el ciclo económico de los Estados Unidos, y cuando Estados Unidos entró en recesión, México también.

Y hay dos maneras de mirar ese tema. Una es qué bueno que ahora México tiene el ciclo estadounidense por lo tanto va a crecer y no va a tener crisis (porque Estados Unidos en general no tiene grandes crisis); o decir, qué mal están los mexicanos que no crecen nada.

—¿Y entonces cómo lo miramos?

La manera en que hay que mirarlo es que México está en este momento con una economía muy acoplada a la de Estados Unidos y como los estadounidenses atravesaron recesión, se desaceleró, pero como ahora se empiezan a recuperar, México también.

Pero México tiene un problema esencial, que es que por tres o cuatro décadas ignoró el tema de la educación y de la infraestructura, y hoy en día se encuentra con una China que tiene una pila de chinos muy superproductivos y muy supereducados, y les están compitiendo y ganando en determinados aspectos.

—¿Qué papel jugaría Estados Unidos en su interés por Latinoamérica?

Hay un problema serio porque las administraciones sucesivas de Estados Unidos han demostrado sistemáticamente un interés relativamente menor por América Latina, y ésa es una preocupación importante. Ahora, si uno decide unirse en algún bloque y ser un carro dentro de un tren, más vale unirse a la locomotora más moderna y más rápida y no a una locomotora que funciona trastabillando y que no es muy confiable. Yo ni muerto me uniría a la locomotora del Brasil porque, aunque los aprecio mucho, es una economía de funcionamiento menor, aunque sea importante por su tamaño.

—Mucho se viene hablando de globalización y de sus efectos para América Latina. ¿Cuál es su visión del papel que juega la globalización para la región?

La globalización es una realidad inexorable ante la cual uno puede, según mi pensamiento, tomar tres actitudes posibles. Unirse de la mejor manera posible; unirse con la opción de tomar “time out” —y creo que es absolutamente adecuado porque los “time out” son para aprovecharlos, tomar un respiro y replanear la estrategia—; o directamente optar por no participar.

Creo que ante esta realidad, quien opte por no jugar se va a quedar atrás. No hay indicios ni datos históricos que señalen que quien se quede atrás y no participe vaya a poder tener una economía importante.

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