El campeón

José Adán Silva [email protected] El plomo atravesó incandescente el vidrio, lo hizo añicos en un estruendo de cristales rotos y sin que le diera tiempo de algo, se le alojó en el pecho con tanta fuerza que lo botó de la silla y lo lanzó al piso. Gotas de sangre quedaron sobre la mesa y […]

José Adán Silva [email protected]

El plomo atravesó incandescente el vidrio, lo hizo añicos en un estruendo de cristales rotos y sin que le diera tiempo de algo, se le alojó en el pecho con tanta fuerza que lo botó de la silla y lo lanzó al piso. Gotas de sangre quedaron sobre la mesa y los libros que estudiaba.

A partir de ahí, todo fue caos y tanta confusión, que nadie recordó dónde estaban las llaves de la camioneta y lo primero que pensaron fue en coger un taxi que los llevara de emergencia a un hospital cercano, para salvarle la vida al muchacho. Y salió el padre, como loco, a buscar un vehículo.

Ahí venía la clásica torreta amarilla luminosa que se detuvo sin chistar, para subir al padre, a la madre, y al muchacho herido que se quejaba muy bajito de la bala que, escapada de un pleito de pandillas cerca de la Clínica Don Bosco, podría ser extraída en una operación en el Hospital Alemán, hasta donde los llevó Gabriel Prado, el oportuno taxista.

Con la desesperación del padre, el quejido del muchacho y el llanto de la madre, Gabriel aceleró, adelantó vehículos, se tiró la luz roja y no hizo caso a la sirena de una patrulla motorizada que quién sabe desde dónde lo venía persiguiendo.

Al llegar al hospital ocurrió lo clásico: camillas, enfermeros, suero, gasas y lo demás. A él no le pagaron el servicio, pero no se preocupó, comprendió y esperó afuera. Todo había sido tan rápido, que olvidó la moto policial y sólo supo de ella cuando sintió un par de manos que lo tomaron de la solapa para sacudirlo y un grito que le dijo: “¿Quién putas te crees que sos para irrespetar a la ley?”

Sorprendido por la violenta reacción, dice que sólo respiró hondo y le reprochó al policía: “Suélteme y hablemos, ya le explico, pero no me ande agrediendo”. Nada. El policía lo volvió a sacudir y le reclamó.

Entonces se le subió la sangre y con fuerza, se soltó y salió del carro. Se detuvo y le advirtió al policía que no lo agrediera, que lo multara si quería, pero que no volviera a tocarlo. Terco, y bruto, el policía le dijo: ¿Ah, y me estás amenazando todavía? Y le dejó ir un manotazo que no llegó, pues Gabriel lo cogió en el aire y lo retorció, para luego acompañarlo de una patada al abdomen y un jab corto al pecho del estupefacto policía que no vio cuándo se le vino la rabia al taxista.

De pronto, un vigilante intervino, apareció un arma en la mano, más golpes y gritos. Era el padre del muchacho herido, un abogado de profesión, quien intervino y le increpó al policía y al vigilante por la agresión que le hacían al taxista. Al final, después del altercado, de unos billetes de soborno al motorizado por parte del padre del joven, Gabriel pudo irse satisfecho. Recibió su pago, las gracias del abogado, las amenazas del policía y una profunda sensación de héroe pobre que hizo el bien al salvar una vida.

Piensa que aunque la carrera de contabilidad pública sigue siendo un adorno de papel en la sala de su casa de Loma Linda, los varios años de entrenamiento de artes marciales que lo llevaron a convertirse en un campeón nicaragüense en los años mozos, le han servido para sortear a patadas, una y otra vez, los abusos del poder y eso, para él, es lo mejor de la vida.

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