El domingo, Eduardo Romero bateó un jonrón de tres carreras ante el Panamá. (LA PRENSA/Miranda)

¿Qué hacemos aquí?

Nuestro futuro, y hasta el presente, son sombríos en Panamá Edgard Tijerino M.Desde Panamá para LA PRENSA [email protected] Es domingo por la tarde, el cielo está nublado, y los batazos de Luis Iglesias, Sherman Obando y Joel Vega, han asustado a los cuervos y arrancados los brazos de William Juárez y Kenly Chang. El juego […]

  • Nuestro futuro, y hasta el presente, son sombríos en Panamá

Edgard Tijerino M.Desde Panamá para LA PRENSA [email protected]

Es domingo por la tarde, el cielo está nublado, y los batazos de Luis Iglesias, Sherman Obando y Joel Vega, han asustado a los cuervos y arrancados los brazos de William Juárez y Kenly Chang.

El juego bruscamente desequilibrado después de la fugaz ventaja que proporcionó Eduardo Romero con su jonrón de tres carreras, se ha suspendido.

La lluvia arrecia en Aguadulce con el marcador favorable a Panamá 11 por 5 y en el dogout de Nicaragua, todo lo que veo es triste.

Las caras de Henry Roa y de Sandor Guido, los ojos cerrados de Carlos García con su butaca de espaldas al campo mientras sostiene su cabeza con las dos manos, la pesadez de Noel Areas hundido en su silla, la mirada perdida de Eduardo Romero, el estiramiento de Omar Cisneros, el abatimiento de William Juárez y los pasos de Julio Sánchez, como los de un fantasma, lo dicen todo.

No necesito ser Edgard Allan Poe o Stephen King para describir el momento.

Estoy como en un pueblo sin ruidos, buscando a alguien que no existe, y me pregunto: ¿Qué hacemos aquí con sólo 18 jugadores, 16 de ellos disponibles, sin la menor alegría, acorralados por la presión?

Aún sin el peso de esas dos derrotas ante EE.UU. y Panamá, equipos evidentemente superiores de la cabeza a los pies, pienso que no deberíamos haber venido porque además de los problemas económicos, lo que pasó en Cuba, golpeó brutalmente nuestras mandíbulas, repercutió en nuestras cabezas y arrugó nuestros corazones.

No exagero al asegurar, que de haberse tratado de una pelea de boxeo, Carlos García hubiera ordenado “tirar la toalla” en Aguadulce, con el propósito de recortar una jornada amarga.

Todos los rivales están con 24 jugadores, menos Cuba que perdió a Kendry Morales, y nosotros, que éramos 15 después de los retiros obligados, enviamos a tres más para llegar a 18, y vimos aterrizar 16 en Aguadulce porque Olman Rostrán y Aristides Sevilla estaban “fuera de combate” por diferentes afectaciones de salud.

Cierto, podemos vencer a Brasil y Colombia, y quizás, superar el primer round de la muerte súbita, pero el equipo luce como un enfermo que gime, cojea y se lleva las manos al vientre.

Yo lo veo y ustedes pueden imaginarlo con precisión.

Parece un equipo cansado, y el sueño como dice Juan Rulfo, es un buen colchón para el cansancio.

No sólo ha pasado mucho tiempo desde que esta “tropa” salió de Nicaragua, sino que han ocurrido tantas cosas desagradables, que sería necesario que los peloteros fueran robots, para sobrevivir emocionalmente.

Todos quieren estar allá de regreso, o en ninguna parte. Como consciente de lo lejos que está el cielo y el restablecimiento de la normalidad.

INSTANTE DE ALEGRÍA

Hay que agradecer a Eduardo Romero el único instante de alegría provocado por su jonrón. Nos sacó a todos del ataúd haciéndonos sentir como Lázaro. Pero fue un levántate y regresa a la fosa.

Admito, que aún con el ánimo crecido y sin bajas, Panamá es mejor equipo, pero la batalla hubiera sido de diferentes características.

En el bus, en las tres horas de regreso, sólo un grito de Marlon Abea. Como en la canción de José Alfredo Jiménez, parecía que veníamos de un mundo raro, sabiendo mucho del dolor aunque nunca hubiéramos llorado.

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