Douglas Carcache [email protected]
Por las experiencias de Nicaragua y otros países de América Latina, podríamos deducir que los pobres de los países ricos han estado ayudando, sin querer, a los ricos de los países pobres.
Los programas de cooperación de los países ricos son financiados con los impuestos de los asalariados, pero en los países pobres hay funcionarios o intermediarios que se han hecho ricos con esas ayudas económicas.
En realidad, las naciones pobres necesitan recibir cooperación tanto como las naciones ricas otorgarla, porque a las primeras les hace falta dinero para mantener sus economías y las segundas necesitan influencias políticas en el mundo y, por tanto, ayudan.
Sólo que en el medio hay una telaraña de organizaciones no gubernamentales que se disputan la intermediación de fondos, igual que las instituciones del Estado, y diluyen el dinero de los contribuyentes de los países ricos en busca de favorecer a los pobres, aunque pocas veces alcanzan el efecto esperado, según indican los hechos.
Nicaragua, por ejemplo, recibió más de siete mil millones de dólares durante la década de los 90 y aún existen tres pobres entre cada cinco habitantes. De esos tres pobres, dos lo están en grado extremo.
Uno de los problemas ha sido la politización de la asistencia económica a las poblaciones en crisis, ya sea procedente del gobierno o de algunas ONG, cuando se le usa como señuelo para captar votos en las elecciones, mediante obras de corto plazo y poco beneficio comunitario.
Creo que esa fue una razón para que el Grupo Consultivo, reunido hace una semana en Managua, insistiera en hacer una reforma institucional profunda en Nicaragua, que deje libres de presiones políticas a las instituciones que vigilan el uso de fondos públicos e imparten justicia.
Sin embargo, es difícil que la cooperación se aleje, porque tampoco proviene de un acto de simple humanitarismo. Es una inversión de países para conseguir voz y apoyo en regiones agobiadas por la pobreza, a donde también llegan a trabajar sus técnicos y venden tecnología. O sea que mientras haya pobreza en Nicaragua, habrá ayuda económica externa, en mayor o menor grado, pero habrá.
Sería difícil para ciertas ONG internacionales desmontar todo el aparato burocrático que han armado, en su asistencia contra la pobreza en Latinoamérica o África, que además ha sido buen negocio.
Ahora entre las ONG nicaragüenses salta la idea del “enfoque sectorial”, de juntar proyectos sociales y económicos en un solo plan, para que el dinero de la cooperación no se agote en gastos operativos y llegue a quienes lo necesitan. Parece que tienen la intención de mejorar, y ojalá lo consigan.
Un amigo, al que me topé la semana pasada mientras sesionaba el Grupo Consultivo, me dijo que está casi convencido de que Cristóbal Colón también tuvo su ONG, porque le sacó dinero al reino de España, embarcó a un montón de gente y no tenía la más mínima idea de adónde iba.