Sobre la proyección de la biografía del poeta Rubén Darío

Nicasio Urbina

Contra la pobreza crítica de Blas Matamoros, en una biografía vergonzosa, se erige la inteligencia de Julio Ortega, quien parte de la biografía dariana para ofrecernos una lectura brillante y lúcida de la obra del panida, en su Rubén Darío, publicado en Barcelona bajo Ediciones Omega, colección Vidas literarias, en este año 3 de nuestro milenio. Ortega trabaja la vida y la obra de Darío como un fenómeno de lectura, donde nuestro Panida surge como el primer lector moderno de América Latina. El poeta que no sólo supo leer a sus predecesores más ilustres, desde Cervantes y Góngora, hasta Víctor Hugo y Verlaine, sino que supo leer a sus coetáneos: Unamuno, los Machado, Valle-Inclán, Lugones; y a los poetas más jóvenes, cuyo caso central sería Juan Ramón Jiménez; sino que crea una obra monumental basada en la lectura acertada de la crítica de su tiempo, de los eventos y circunstancias del tiempo que le tocó vivir. A pesar de odiarlo, lo moldeó y lo enalteció. Enseñó a leer, como a Francisca Sánchez, a todas las sucesivas generaciones de latinoamericanos, y un siglo más tarde nos sigue enseñando a leer la postmodernidad de América Latina. Acaso el ejemplo más grande de este fenómeno sea, como señala Ortega, que Darío no tuvo que recurrir al parricidio literario ni sufrió “ansiedad de influencia”, sino que más bien fue fiel a sus figuras patriarcales (100).

Con una mirada crítica perspicaz y fluida, Julio Ortega, uno de los críticos más lúcidos de nuestro tiempo, se replantea toda la crítica dariana y nos propone una visión novedosa, una biografía que no se demora en las nimiedades de la “bio” y nos da una visión profunda de la “grafía”, ya que como advierte al principio: “Todo indica que el modelo biográfico no es suficiente para articular la historia personal y la vida creadora de un artista de excepción”(10). Sin embargo Ortega conjuga obra y vida, sin entrar en detalles y sin contradecir a los más quisquillosos biógrafos, para enfocarse en la significación de esa vida y esa obra para las literaturas hispanoamericanas. Rubén Darío se inventa a sí mismo, empezando por el nombre. No tiene predecesores inmediatos “y en lugar de inventarse una genealogía se inventó un porvenir. Tenía para ello todo a su favor. El pasado no le era una obligación, y como sujeto moderno se haría a sí mismo a la medida del deseo, que se le había aparecido, muy temprano, como el signo de su identidad y su destino”(34). De esta forma el Modernismo abrió las puertas de la modernidad literaria en América Latina, hizo posible desear contra las limitaciones de la realidad y soñar contra la dura estrechez del medio. “Allí se despliega la subjetividad donde el deseo habla a través de los objetos emblemáticos, reafirmando el poder de una lectura interior capaz de re-escribir el mundo como palabra habitada. En esta poesía el aura del sueño se opone a las luces de la razón, y su irradiar gratuito y lujoso son un conocimiento sin nostalgias, una genealogía que actualiza el pasado como memoria concurrente. De ese modo, esta poesía, y este movimiento modernista, no son un mero escapismo o una simple fuga de lo real, sino una opción cultural que sumando los pasados construye su palabra propia, en un español universal y desde una América mundial”(43).

Quizás lo más importante de las muchas ideas seductoras de Julio Ortega en este libro, es interpretar la obra de Darío como un diálogo, una conversación aguda e inteligente con los eventos más importantes de su tiempo, de su pasado y su porvenir. El poema se convierte en un espacio dialógico, una apertura hacia la comunicación, hacia la modernidad democrática. La poética de Darío inventa a un lector y lo sitúa en el centro de su credo poético, lo considera, lo toma en cuenta, lo escucha, lo necesita. Como Antonio Machado, “el mayor interlocutor de Darío” (51), Rubén establece en el texto una vía de comunicación, abre las potencialidades para que sus lectores nos asomemos a su visión, a su obra. “Rubén Darío proyectaba su biografía como una biolectura: se imaginaba leído y en esa mirada levantaba la escena de su voz inconclusiva, el campo de su trabajo simbólico de apropiaciones, y el ámbito de legado creativo, el más innovador”(60).

De los numerosos libros que se ha escrito sobre Darío –y los he leído casi todos– este es el mejor. No solamente es un libro inteligente, incisivo, perspicaz, sino también seductor, claro, transparente en sus intenciones, perfecto en su estructuración. Toma la biografía, asimila la obra, e intenta entender ambas en lo que tienen de profundo y de ejemplar. No se demora en las minucias ni de una ni de otra, más bien las entiende como parte de la grandeza, y llega así a conclusiones limpias y poderosas: “La verdadera vida de Rubén Darío se puede reconstruir al final, no de la biografía que sobrellevó, sino de la mirada que se abre entre la suya y la del lector”(125). En ese diálogo que alienta la esencia de su poética radica su modernidad y su grandeza. Lo que otros han entendido por pose (Rodó, Molloy) no era sino atención, silencio expectante, respeto interlocutor, diálogo creativo. Julio Ortega lo ha sabido explicar claramente, y su Darío es digno homenaje y muestra de que cien años más tarde la obra de Rubén sigue propiciando diálogo feraz y productivo, sigue siendo clave para entender la posmodernidad hispanoamericana.

El autor es catedrádito de la Universidad de Tulane.

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí