Sobre los encuentros filosóficos de la UNESCO

Jérôme Bindé yJean-Joseph Goux

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Sobre los encuentros filosóficos de la UNESCO


Jérôme Bindé y
Jean-Joseph Goux




Galileo revolucionó la ciencia y la tecnología hace cinco siglos, cuando afirmó que la naturaleza está escrita en el lenguaje de los números. La nueva revolución tecnológica anuncia que la sociedad está escrita en el lenguaje de la información. Cabe preguntarse, empero, a qué sociedad nos referimos.

El 0 y el 1 son los elementos de construcción del futuro. Estas dos cifras forman de por sí solas el alfabeto del fenómeno más complejo de la era moderna: las tecnologías de la información y la comunicación. Ya han surgido nuevas formas de actividad y expresión, así como nuevos hábitos en el trabajo y el ocio, mientras que las formas antiguas se están transformando radicalmente. Una campesina y un músico, un “hacktivista” y un corredor de bolsa utilizan, a veces sin saberlo, los mismos instrumentos de trabajo. Las transformaciones radicales se producen a escala mundial, porque las redes de la información van cubriendo paulatinamente el conjunto del planeta. Siguen subsistiendo grandes disparidades entre los países del Norte y los del Sur, pero los procesos de transformación distan mucho de haber finalizado. ¿Adónde se encaminan? ¿Cómo y con quién se pueden proseguir y orientar? Todas estas interrogantes son las que han conducido a las Naciones Unidas a organizar la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información, que se celebrará en Ginebra en diciembre de este año. Esta reunión congregará a gobiernos, organizaciones no gubernamentales, protagonistas clave de las actividades del sector privado y la sociedad civil, medios de comunicación de masas y organizaciones del sistema de las Naciones Unidas. En el contexto de la preparación de esa Cumbre de Ginebra, la UNESCO ha empezado a tratar con antelación algunos de los temas que se abordarán en ella, organizando un nuevo ciclo de los Encuentros filosóficos de la UNESCO. Para afianzar su presencia en el debate de una cuestión directamente relacionada con sus esferas de competencia, la UNESCO ha formulado la pregunta “¿Quién sabe?” a veinte eminentes personalidades de muy distintos orígenes geográficos e intelectuales con motivo de la celebración de esos encuentros.

Algunos opinarán que esa pregunta es obsoleta hoy en día. En efecto, podemos preguntarnos de qué le sirve al ser humano memorizar cuando los ordenadores lo hacen mejor y más rápido que él, o qué sentido tiene saber una receta o un teorema, si en unos instantes de navegación por internet se puede acceder a ambos. Formular este tipo de preguntas es pertinente, pero también debemos preguntarnos si hay que deducir de ellas que la sociedad de la información nos conduce a una sociedad de amnésicos e ignorantes. ¿Podemos dudar de las capacidades del ser humano por el hecho de que un ordenador haya vencido a un hombre en una partida de ajedrez? La respuesta es no, y por lo tanto es menester replantearse el problema en otros términos. En los Encuentros filosóficos de la UNESCO se ha podido comprobar que la pregunta “¿Quién sabe?” sólo pierde su intensa pertinencia cuando se confunde la información con el saber. Ahora bien, información y saber son dos cosas distintas, aunque estrechamente vinculadas entre sí, porque la primera es un instrumento del segundo. Si se confunden, es como si estuviéramos confundiendo la herramienta con la mano que la usa, o la palabra con su sentido. Hoy en día se suele olvidar con demasiada frecuencia que la información no es lo mismo que el saber.

La información es una técnica concebida para eliminar cualquier estrépito en las comunicaciones. Además, hoy en día podemos enviar por correo electrónico a centenares de destinatarios a la vez cualquier tipo de documento –fotografía, misiva, etc.– sin que su contenido sufra la menor pérdida. En estas condiciones se puede decir que “nada se pierde ni se crea, todo se transmite”. Aunque se admitiera este postulado, es preciso objetar que comunicar no es innovar. La operación consistente en calibrar las palabras y los mensajes puede mejorar la transmisión de su sentido, pero en modo alguno crearlo. De ahí que la gran ventaja que ofrece la información sea al mismo tiempo su límite. En efecto, sólo puede haber innovación allí donde haya búsqueda de novedades, es decir investigación; y no hay investigación –ni tampoco progreso, por ende– allí donde no hay saber y donde faltan la curiosidad, la experiencia, las carencias y las tradiciones que todo conocimiento supone. Cuando no hay nada que decir, no hay nada que transcribir ni transmitir, porque en definitiva es el saber, es decir el conocimiento el que hace que la información cobre sentido.

El saber comprende aspectos sociales, éticos y políticos irreductibles a la tecnología. Una sociedad basada exclusivamente en la información estaría constituida por un conjunto de vastas redes enlazadas entre sí y dotadas de eficacia y fluidez, pero no crearía nada nuevo. La noción de información no basta para construir una sociedad, porque la supresión total del estrépito conduce al silencio absoluto. Ahora bien, la sociedad se asienta en el diálogo y no en los dígitos binarios. Por eso, la noción de sociedades del saber o del conocimiento parece ser más precisa que la de sociedad de la información para designar los fenómenos que nos interesan. La sociedad de la información es una sola, porque la norma para los datos y las comunicaciones es única. En cambio, las sociedades del conocimiento son múltiples porque no pueden prescindir de la diversidad y necesitan compartir su saber, al estar animadas por un espíritu de creatividad. La propia sociedad de la información ha nacido del deseo de compartir conocimientos de algunos científicos. La verdadera comunicación sólo se da cuando los individuos y los grupos comparten valores y conocimientos comunes.

Esta última afirmación emana de una constatación práctica. En efecto, no nos engañemos: si no se comparten los conocimientos, no se podrán lograr éxitos económicos, científicos o políticos importantes en ningún plano, ya sea local, regional o mundial. A este respecto, podemos preguntarnos si la gigantesca inversión científica y financiera que ha supuesto la operación de secuenciar del genoma humano hubiera sido factible sin la colaboración excepcional a escala mundial de la que hemos sido testigos. El aprovechamiento compartido y equitativo de los conocimientos será la fuente de las riquezas materiales del mañana. Este postulado también es válido con respecto a la vida política. En efecto, sin una cultura de la democracia, es decir sin una tradición y un aprendizaje de los usos y valores democráticos, la información podrá estar por igual al servicio de regímenes dotados de un poder de decisión oligárquico y tiránico o de regímenes en los que la adopción de decisiones es pública y compartida. El conocimiento es un capital dotado de un potencial que ya se halla presente en todas las actividades humanas, tanto las científicas y económicas como las políticas y culturales. Por eso, la UNESCO ha decidido que su primer Informe Mundial, cuya publicación está prevista para el año 2005, estará dedicado a las sociedades del conocimiento.

Editorial
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