Humberto Peralta [email protected]
Un admirable esfuerzo realizó hace varios meses el afamado cantautor nicaragüense Carlos Mejía Godoy, al salir lanza en ristre atacando no molinos de viento sino la interpretación que realizó el bien situado cantante de norteñas, Lupillo Rivera.
El referido exitoso cancionero del género banda se atrevió a versionar una tonada recogida en la región de Cosigüina por el grupo de médicos músicos rescatistas, Los bisturices armónicos. Una pegajosa melodía que al no conocérsele autor fue catalogada como folclórica. Se trata de uno de los orgullos de nuestro arte nacional: Son tus perjúmenes mujer, canción que el mismo Carlos Mejía Godoy constituyó en verdadero éxito al grabarla en España y fue nombrada en su época la canción del verano, todo un acontecimiento en esas ibéricas tierras.
Ser folclórica significa que pertenece al patrimonio nacional, no tiene autor, y el derecho patrimonial exige solamente que al reproducirse para su comercialización debe anotarse que proviene del folclor de tal o cual país, según me advirtió un especialista en la materia.
El respetar o no la letra o la configuración es otro asunto. Por el hecho de ser pieza folclórica una tonada se supone que ha pasado por muchas interpretaciones a través del tiempo y el espacio. Tan así que es difícil determinar su letra y música original. Claro, conocemos la versión que fue recogida y grabada por primera vez por el trío de médicos, pero no necesariamente ésta tiene la letra y el formato melódico original del primero que la cantó.
En el caso de Son tus perjúmenes mujer, la versión interpretada por Mejía Godoy y los de Palacagüina fue enriquecida con unas coplas que están ausentes en la grabación hecha por los médicos. Esas coplas son la mejor prueba fehaciente que el legajo folclórico no es inerte, es modificable. Las coplas agregadas le dieron brillo a las estrofas, sin duda cooperaron en el éxito que conmovió a los hispánicos, aunque al mismo tiempo haya agregado elementos extraños a la primera versión conocida, sin que nadie haya protestado por la explosiva intromisión. Otto de la Rocha hizo su propia versión y no pasó a más.
Además conviene aquí recordar que si de maltrato se trata, ya Lucha Villa y otros artistas habían retorcido ciertas palabras de la tonada que nos ocupa.
Por otro lado, es larga la lista de imprecisiones en el bagaje de las canciones sin autoría conocida. De la gustada Palomita guasiruca, por ejemplo, se ha repetido en diferentes ocasiones que pertenece al folclor nacional; el compositor Krüger sólo compuso la letra; aunque algunos conocedores han asegurado sin presentar pruebas, de que pertenece al folclor mexicano. Son muchas las melodías a las que se les ha agregado lírica, entre ellas, Flor de pino y El Cristo de Palacagüina y La perra renca. Y la lista sigue; siendo por supuesto unas versiones cantadas más acertadas y felices que otras.
Aunque también está el fenómeno de que, por coincidencia o traición del subconsciente, una melodía la encontramos con dos letras diferentes. Tal es el caso del sentido bolero Derrumbes que cantó el corta pulso Memo Neira. Dicha canción la reclama un compositor masayés, pero disfrutando del programa radial El Chamullo del Tango, en varias ocasiones he escuchado un tango cuya melodía es muy similar al bolero en mención. Aunque indudablemente si hay que escoger entre las dos letras, la versión del masayés es mejor y es todo un homenaje al desamor y a la antigua roconola de cantina.
Por consiguiente, tanto el asunto de la pureza original en las creaciones folclóricas, como establecer si se cometió voluntariamente un pecado de plagio, tienen sus bemoles. En este campo deben definirse claramente y mediante las leyes, las bases de posibles reclamos. Y para finalizar es preciso preguntarse: Lupillo, ¿a cuál versión de Son tus perjúmenes mujer debió haber sido fiel?
El autor es periodista y corresponsal cultural.