Javier Abarca Cuadra
En una información de LA PRENSA sobre un lamentable crimen, la redactora se expresa, al referirse a una de las víctimas —una señora de 54 años— como “la anciana”. Pienso que la periodista que redactó la nota es muy joven y supone que un(a) productivo(a) ciudadano(a) de 54 años es ya un anciano, o tal vez influyó en su percepción el hecho de vivir en una sociedad como la nuestra, que relega a las personas de cierta edad. Situación que es patente en las solicitudes de personal, en las que los aspirantes deben contar con 30 años como máximo, obviando cualidades que sólo otorgan los años: madurez, experiencia, sabiduría.
Para el personal femenino la edad tope baja a 25 años. La belleza y juventud, según los empleadores, son más importantes que los títulos o la capacidad que ofrece la aspirante que no cumple con el inflexible requisito de la edad, como si los seres humanos fuésemos productos con fecha de caducidad como el yogur o las sardinas a las que se debe desechar antes que se cumpla la fecha impresa en el envase.
Apreciando a tres grandes divas, que a la altura de sus 53, 62 y 69 años lucen seductoras y esplendorosas, Paloma San Basilio, Raquel Welch y Sophia Loren, respectivamente, creo que las tres están muy lejos de ser carcamales o vejestorios, ambos términos sinónimos de anciano, según el Pequeño Larousse. Ellas son sencillamente bellas.