- Aunque el símbolo de la tragedia del Mitch en Nicaragua es Posoltega y sus casi tres mil muertos, Wiwilí, un pueblecito norteño, también fue severamente castigado por el huracán que azotó el país. No hubo muertos pero 1,500 de sus mejores casas fueron arrasadas por el río que bajó furioso. Ésta es la historia de cómo tres personas de Wiwilí pasaron aquel 30 de octubre de 1998
Juan Ruiz Sierra [email protected]
El 28 de octubre de 1998 ya llevaba varios días lloviendo intensamente en Wiwilí. Amanda Vallejo había visto en otras ocasiones un diluvio de parecidas dimensiones, así que no se preocupó. Pensó que pronto pararía y ella seguiría con su comercio de artículos para el hogar. El río Coco, que divide las dos partes del pueblo, había crecido varios metros, pero se estabilizó al poco tiempo. “Ya pasó”, se dijo Vallejo.
Antonio Talavera, de la Comisión de Paz de la Iglesia Católica del pueblo, tampoco sospechó lo que se venía encima. El doctor Artola sí. Hombre profundamente religioso, Artola organizó ese día una misa en la que se suplicó al cielo la detención del diluvio. No surtió efecto.
El 30 de octubre por la mañana el agua continuaba cayendo, sin pausa. “Ahora sí que hay que empezar a moverse”, pensó la señora Vallejo. Como ella, todo el pueblo era ya consciente de que se enfrentaban a un fenómeno meteorológico de enorme agresividad. Y que los días siguientes iban a ser muy duros.
A las seis de la tarde, Vallejo, una mujer bajita y compacta, entró en el almacén de su tienda y sacó a la calle adoquinada de enfrente algunos de los artículos que todavía estaban empacados.
Decidió que después se ocuparía del resto, pero no tuvo tiempo. El río Coco ya se paseaba por las calles del pueblo. Vallejo acudió a su hogar, que se encontraba en una calle muy cercana a la corriente, acompañada por una empleada. Quería salvar algunos muebles que había atesorado a lo largo de su vida. El agua había entrado en la vivienda, y les cubría las piernas.
REFUGIO EN LA IGLESIA
La actividad en Wiwilí era frenética. La gente iba de un lado a otro, empujando sus pertenencias por las empinadas calles del pueblo, hacia arriba, hasta donde no podría subir el agua. Muchos llegaban a la Iglesia Católica. Antonio Talavera, un hombre de rostro afilado y carácter tranquilo, comenzó a acogerlos en el interior del templo, las aulas de catequesis y el jardín.
Allí también fue el doctor Artola, quien, tras dejar a su familia, se puso a la cabeza del equipo sanitario, integrado por siete médicos. Previamente habían llevado a toda prisa a los 15 pacientes que tenían internados en el centro de salud a una de las casas de la parte superior del pueblo. El pequeño hospital estaba inundado por completo, pero habían sacado algunos medicamentos y vacunas. Comenzaban las tres jornadas de trabajo más intensas de su vida.
A la caída de la noche, la señora Vallejo y su empleada no podían salir de la casa. El agua les cubría los hombros, y fuera, en la calle, no hacían pie. El nivel del río continuaba subiendo, y su miedo también iba en ascenso, pues ninguna de las dos sabía nadar. Poco después, dos muchachos entraron en la vivienda, montaron a las mujeres sobre sus hombros y las llevaron a una panga que se encontraba en lo que anteriormente fue una vía y en ese momento era un mar de lodo y ramas de árboles.
Vallejo pasó la noche en la embarcación, que atracó en una de las calles de la parte mediana del pueblo. Su cuerpo tiritaba bajo la lluvia mientras vigilaba las pertenencias que había salvado. Gran parte de la mercadería de su tienda había sido pasto del pillaje, y quería conservar aquello que había rescatado con tanto esfuerzo.
El terreno de la iglesia, situado un par de cuadras más arriba del lugar en el que se encontraba la señora Vallejo, se había convertido en un campo de refugiados. Cientos de personas se agolpaban en la superficie de hierba, de unos 3,000 metros cuadrados, con las pertenencias que habían reunido. Para Antonio Artola aquello era un mercado, sólo que con gente triste.
Salió a bordo de una de las 15 pangas que comenzaban a realizar las labores de rescate por las calles del pueblo. Wiwilí estaba completamente incomunicado, y las primeras labores de rescate tuvieron que ser realizadas por los propios lugareños. Mucha gente prestó su embarcación, y a gestos como ése atribuye Artola el que nadie allí perdiese la vida durante el diluvio. El pueblo permaneció unido.
Pasó las tres jornadas siguientes a aquel 30 de octubre recorriendo las calles inundadas. Acudió a los barrios de Carlos Arroyo, Cruz Laguna y Martha Quezada, los más castigados y cercanos al río, donde la gente se había subido a los tejados de sus casas. Les tendía un palo de leña para que pudieran trasladarse a la embarcación. Una vez llena la panga, los transportaba al terreno de la iglesia. Y volvía a salir por más personas. Apenas durmió durante esos tres días. Pero ni siquiera sentía el cansancio, pues la actividad constante no le dejaba tiempo para pensar en eso.
LIBRE DE EPIDEMIAS
En la iglesia, el doctor Artola, persona práctica y sin ninguna tendencia al dramatismo, atendía a los damnificados que iban llegando. Su casa había sido destruida, pero él tenía otras preocupaciones. Junto a los seis médicos de su equipo asistió a más de 1,000 pacientes. Las dolencias más comunes eran hongos, enfermedades cutáneas y diarrea.
Habían dispuesto camas de campaña en un rincón del jardín en previsión de que hubiera enfermos de cólera, pero no las utilizaron. En Wiwilí, a diferencia de otros pueblos de Nicaragua y Honduras afectados por el huracán Mitch, no se registraron epidemias.
El 4 de noviembre de 1998, cuatro días después de que el cielo descargase una de las mayores cantidades de agua de la historia reciente, un helicóptero del Ejército aterrizó en el pueblo. Los sufridos y hambrientos pobladores corrieron a bajar la carga de 4,000 libras de maíz, frijoles y medicinas que transportaba.
El helicóptero se llevó a los enfermos más graves. No había ningún muerto. Más tarde llegaría el personal sanitario voluntario, perteneciente a la ONG Médicos sin Fronteras y a la Universidad Nacional Autónoma (UNAN) de Managua. “Hemos hecho un buen trabajo”, pensó el doctor Artola.
Cinco años después de aquel 30 de octubre que puso Nicaragua patas arriba, Amanda Vallejo evoca con dificultad aquellos días en los que perdió su casa y su comercio. El doctor Artola recuerda la cooperación de todos los habitantes del pueblo, y a Antonio Talavera lo primero que le viene a la mente es la inmensa extensión de agua que cubrió casi la mitad de Wililí.
PILLAJE EN MEDIO DE LA CATÁSTROFE
El Mitch sacó a la luz lo mejor de la mayoría de los wiwileños. Todo el mundo resalta la cooperación y mutuo apoyo que se dieron en circunstancias tan dramáticas. Sin embargo, el viento y la lluvia también mostraron la cara más egoísta de unos pocos. En medio de la confusión que reinaba en los primeros momentos de la evacuación, algunos habitantes robaron las pertenencias que los damnificados trataban de salvar de las aguas.
Las tiendas de Wiwilí fueron las más afectadas por el diluvio. El comercio se agolpaba, y continúa agolpándose, en las calles bajas, las más cercanas al río Coco. Los propietarios de estos establecimientos perdieron parte de sus mercancías al ser engullidas por las aguas, pero otra parte fue objeto del pillaje.