El “raro”

José Adán Silva [email protected] “Has cambiado”, le dicen ahora por molestarlo, y él sabe que lo hacen para hacerlo sentir miserable. Para qué abrió la boca, se queja uno de sus principales amigos, al contar el momento en que su compañero de infancia les narró la experiencia espantosa que le tocó vivir en un taxi, […]

José Adán Silva [email protected]

“Has cambiado”, le dicen ahora por molestarlo, y él sabe que lo hacen para hacerlo sentir miserable. Para qué abrió la boca, se queja uno de sus principales amigos, al contar el momento en que su compañero de infancia les narró la experiencia espantosa que le tocó vivir en un taxi, cuando salía de ver una película en Metrocentro y se dirigía a su casa en Las Brisas.

Era un sábado de lluvia, cerca de las 7:00 p.m., cuando decidió irse a casa a descansar. Iba solo. Le contó a su familia que de cuatro taxis que vio, eligió uno rojo: porque estaba vacío, se miraba bien cuidado y le inspiró confianza el señor silencioso que esperaba sentado y con la luz interna del vehículo encendida.

Era por 20 córdobas la carrera y se sentó en la parte de atrás. El carro salió, giró en mala maniobra al lado sur del edificio de Plaza El Sol y se metió en la calle aledaña, rumbo a Galería Internacional, detrás de la Catedral Metropolitana. Sin previo aviso, el señor se detuvo y tres hombres se montaron en el taxi: dos atrás y uno adelante.

Le inquietó la presencia de gases alcohólicos en el ambiente y el hecho de que ir solo con cuatro desconocidos que subían en un lugar solitario, oscuro y en las cercanías del asentamiento Jorge Dimitrov, considerado por muchos como nido de delincuencia.

“Ajá chelito, y ¿para dónde vas? No ves que es malo andar de noche en las calles. Te pueden asaltar jodidó”, le dijo uno de ellos, y todos estallaron en carcajadas, mientras a él se le helaba la sangre. Pero no dijo nada.

Sin armas a la vista, con el vehículo introduciéndose en las calles más oscuras, y con el tráfico ralo por la lluvia nocturna de ese sábado, él supo que ya era víctima de un atraco, aún antes de que uno de ellos le metiera la mano en una bolsa del pantalón para hurgarle en busca de algo de valor.

“Mire señor le voy a dar todo lo que ando, pero no me haga nada por favor”, se sacó la cartera, le pasó el reloj, una pulsera, un anillo y unas gafas. Los de atrás, tomaban las cosas, se la pasaban al que iba adelante, y éste las metía en una bolsa. “¿Eso es todo? No jodás chelé, con eso no hacemos ni verga”, le reclamó el que llevaba a la par. “Es todo lo que ando broder, si anduviera más te juro que los doy”, justificó él.

“¿Qué hacemos con él, lo dejamos allá?”, preguntó el taxista. El que iba adelante, y que hacía de líder, dijo que no. “Quitate la ropa”, le ordenó. A los que iban atrás, y que habían subido con él, les ordenó que le vendaran. ¿Y la boca no? Preguntó uno de ellos. “No. La vamos ocupar”, respondió el del asiento delantero y todos se rieron con malicia. “Ay chele, ya la agarraste, hoy vas a saber lo que es rico”, se burlaron y él pidió que por favor lo dejaran ir, que no los iba denunciar. No lo dejaron ir. Lo golpearon, lo desnudaron a la fuerza y lo tumbaron sobre ellos mismos, sobre sus rodillas.

Uno de ellos le iba apretando las nalgas mientras le repetía: “Qué buenas nalgas tenés hermanó”. Al final lo dejaron cerca de la Cuesta del Plomo, robado, golpeado y desnudo. ¿Pero no te violaron? Le preguntaron al principio sus familiares, y él, con la cara roja, la vista al suelo, y con las lágrimas por salir, les responde que no, que gracias a Dios que no. Desde entonces todos lo ven raro.

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