José Adán Silva [email protected]
Se nota la diferencia. Pide por favor y sabe decir gracias. Lo llama a uno señor y consulta al cliente sobre sus acciones: ¿Me permite pasar por la gasolinera? ¿Le parece si le doy monedas? ¿Dónde quiere que lo deje? ¿Le molesta la música o prefiere escuchar algo más suave?
Joven y limpio, es uno más del ejército de desempleados que tras el timón de un carro con una torreta amarilla se gana la vida mientras le llega la oportunidad de ejercer lo que por cinco años estudió.
Salió de la Universidad Centroamericana hace un año. Aún le faltan unos papeleos en la Facultad de Ciencias Económicas para sacar el título de administrador y nombrarse licenciado.
Su sueño era administrar un buen negocio y hacerse de su propia empresa, pero los sueños en Nicaragua se esfuman de una forma tan extraña, que una vez que se van, difícilmente vuelven. Así que nunca pensó ruletear, hasta que la farmacia donde trabajaba como responsable de bodega, le dijo que debido a que el negocio estaba mal, lo suspendían o le rebajaban el salario a una miseria. Se fue.
Su padre, al ver que la situación familiar empeoraba económicamente, le compró un carro usado, coreano, para que algún día, cuando ya no tuviera opciones, se dedicara a taxista. El día llegó. Las llaves del vehículo, los documentos y el carro propio, se lo entregó acompañado de una frase de sabiduría: “En lo que usted trabaje, hágalo con dignidad”. Y así, se vio un domingo cualquiera dando vueltas por Managua con personas desconocidas que le pedían llevarlas de aquí para allá.
Al inicio le fue mal, y hasta le daba pena. Se perdió muchas veces y cobró menos de lo que valían las carreras. Ahora ya conoce la geografía jeroglífica de Managua y sabe negociar las carreras.
Recordando la frase de su padre y una lección universitaria de ética empresarial, Julio Cuarezma ahora trata de llevar con dignidad un trabajo que ha perdido su sentido de servicio social y que ha pasado de un transporte seguro a una calamidad pública de crímenes e irrespeto. Y vaya que lo hace bien.
No trabaja en otro turno que no sea el que le corresponde, no alquila su coche a cadetes, cuida su carro y se preocupa por andarlo siempre al cien, en lo mecánico y en la presentación.
Se maneja informado, sabe de economía y quiere seguir estudiando. Ya pensó en la Universidad Politécnica y posiblemente el próximo año entre a algo de informática: “Porque hay que tener más opciones y ahora todo es computadora”, razona.
No se queja de la imagen que mal ha ganado su nuevo gremio, pues no le importa, dice que si Dios quiere, su paso será fugaz por ahí. No piensa quedarse así toda la vida, ni adquirir más concesiones de placas, está dispuesto a pagar su seguro y a cumplir con sus obligaciones: “Ahí está la dignidad, mano, en cumplir las leyes y respetar tu trabajo”.
No maneja mal, no va rápido, no comenta locuras y sólo se queja de algo: “No hay oportunidades para los jóvenes. Para nadie”, rectifica. Que para trabajar hay que tener amigos de influencia, y que hasta se necesita ser guapo: a los blanquitos les va mejor, dice, y ríe. Tiene sentido del humor.
Antes de llegar a mi destino, cita algo de Gabriel García Márquez relacionado con la vida. Extrañado le pregunté que dónde Gabo decía tal cosa y me comentó que en su último libro.
Vivir para Contarla, ese que va ahí, en la guantera ¿Ya lo leíste? Definitivamente es un extraño en un mundo de vehículos con torretas amarillas.