- Un grupo infortunado de trabajadores de la Nicalit sufre las consecuencias de la asbestosis, pero en ese drama hay un rostro insospechado que a su modo les acompaña en la tragedia: es Stephan Schmidheiny, un multimillonario suizo que hace tres décadas heredó el imperio de cemento asbesto más grande del mundo, el que abandonó para dedicarse desde hace poco más de una década a luchar contra la lógica empresarial que puede ocasionar esta clase de amargos legados
Xiomara Chamorro [email protected]
Un hecho relevante pasó prácticamente inadvertido cuando el pasado 9 de octubre de este año, el multimillonario suizo Stephan Schmidheiny donó mil millones de dólares en acciones de su empresa para el desarrollo de programas sociales en América Latina.
El millonario fideicomiso que administrará Viva, fue entregado durante el simposio Empresarialismo, Filantropía y Desarrollo: cumpliendo lo prometido, realizado por el Instituto Centroamericano de Administración de Empresas (Incae), en La Garita de Alajuela, Costa Rica.
En el evento, participó el presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, y el ex Presidente costarricense y Premio Nobel de la Paz 1987, Oscar Arias.
Entre las organizaciones que se beneficiarán con esta donación figura Hábitat para la Humanidad, y Fe y Alegría, para lo cual Schmidheiny decidió donar la totalidad de acciones que le corresponden en el Grupo Nueva, un conglomerado de empresas fundado por él en Costa Rica y que agrupa a Amanco, Terranova, Masisa y Ecos.
El rector del Incae, Roberto Artavia, destacó la importancia de esta donación como “un hecho insólito en América Latina no sólo por el monto, sino porque establece un modelo totalmente nuevo de filantropía, único y sostenible, entre el sector productivo y el sector sin fines de lucro”.
“Le dará a la región la oportunidad de materializar miles de iniciativas de desarrollo diseñadas e implementadas por sus gestores y líderes, al mismo tiempo que redefine la relación entre empresarialismo, el mundo de los negocios, la sociedad civil y el proceso de desarrollo”, dijo Artavia.
¿QUIÉN ES SCHMIDHEINY?
Stephan Schmidheiny es un hombre de 56 años que ocupa el puesto 147 entre 400 millonarios de la lista de gente más rica del mundo elaborada este año por Forbes.
Pero todo su dinero no ha podido vencer la controversia que agita su vida y que él mismo define como una experiencia muy dura para él, para su familia y sus amigos: la sombría herencia de la asbestosis, misma que contradictoriamente lo ha llevado a convertirse por poco más de una década en un empresario comprometido con el medio ambiente y el desarrollo social.
“Cuando tenía 27 años, heredé el imperio de asbesto-cemento más grande del mundo y no tardé en darme cuenta —antes que mis competidores— de que esto era tanto una maldición como una oportunidad. Dejé el asbesto en el momento adecuado. Donde mi participación de mercado me daba tiempo para desarrollar nuevas tecnologías, eliminé el asbesto de mis productos, creando nuevos productos de fibro-cemento. Lo demás lo vendí o lo cerré. Como consecuencia, me diversifiqué activamente. Cosa que, como muchos de ustedes saben, es un proceso peligroso. Lo cierto es que con el negocio del asbesto he perdido casi todo. Sin embargo, el destino me sonrió y bendijo mis nuevos proyectos, y ahora soy varias veces más rico que cuando heredé la fortuna de mi padre”, ha dicho Schmidheiny en sus numerosas exposiciones.
EL “SHOCK”
Schmidheiny, que hace unos treinta años asumió el control de Eternit, el conglomerado de asbesto con plantas en 20 países, muchas de ellas en Latinoamérica, comenta que cuando supo acerca de los efectos dañinos del asbesto, el asunto lo chocó en muchos aspectos.
“Yo mismo estuve peligrosamente expuesto a la fibra de asbesto durante mi período de entrenamiento en Brasil (recién graduado). Frecuentemente ayudé a cargar las bolsas de asbesto y a echar la fibra en el mezclador, respirando todo profundamente sin estar al tanto de las consecuencias. Al final de un duro día de trabajo, yo estaba cubierto en polvo blanco”, cuenta.
El empresario explicó ante un selecto grupo de empresarios y académicos latinoamericanos invitados por el Incae para el evento, que para entonces no conocía los riesgos del negocio que manejaba y sus asesores consideraban que los estudios científicos disponibles estaban llenos de contradicciones.
“Yo personalmente sentí que la falta de claridad científica y consenso técnico sobre el asbesto y la inherente impredecibilidad de sus efectos hacían imposible cualquier planificación fiable en la evaluación de riesgos”, explica.
“Aparte de estar preocupado por los riesgos a la salud de mis colegas y de mí mismo, yo llegué a la conclusión de que esto no era un negocio promisorio en el que estar”, indica.
ROMPIENDO CON EL ASBESTO
En 1989, Schmidheiny decidió entonces tomar una decisión que le criticaron como radical al cesar la fabricación de productos que contenían asbesto, basado en los problemas humanos y ambientales que significaba este negocio.
“Recuerdo claramente las palabras de uno de los gerentes técnicos de la planta después de mi anuncio: ‘El joven Schmidheiny está loco. Él espera que Eternit fabrique productos sin asbesto. Esto es como tratar de producir agua seca’”, refiere el empresario.
Después de esta decisión, señala que pasó por un período doloroso, pero invaluable para lograr posicionarse posteriormente en el liderazgo del negocio de materiales para la construcción y particularmente convencido que había tomado una decisión correcta.
“La familia Schmidheiny, que siempre había llevado una vida privada, se vio frente al escrutinio público. De pronto me encontré a mí mismo en la página principal de los periódicos, ligado a los perjudiciales efectos del asbesto, los muchos efectos de los que yo estaba tratando de proteger a la sociedad, a mis empleados y al grupo. Esto fue muy duro, no solamente para mí, sino para mi familia y mis amigos”, dice.
Schmidheiny considera que la enseñanza ofrecida por las víctimas del asbesto, le dan la razón de haberse mantenido firme en su momento respecto a poner fin a la fabricación de esos productos, a pesar de la oposición de la industria y de su propio grupo.
“Como sabemos ahora, la enfermedad ocasionada por el asbesto se manifiesta muchos años y hasta décadas después de haber sido expuesto a la fibra. Ésta es una situación profundamente deplorable, sobre todo porque ningún gobierno ni la industria reconocieron las implicaciones del problema y por largo tiempo fallaron en tomar las medidas protectivas necesarias”, lamenta.
No obstante, muchos de los abogados que han mantenido demandas de trabajadores afectados por asbestosis, consideran que la decisión de Schmidheiny de abandonar el negocio con asbesto se hizo demasiado tarde.
“Es difícil imaginar que quieran acusarme (…) de algo que considero uno de mis mejores y más importantes logros profesionales”, dice Schmidheiny, al destacar que su mayor orgullo ha sido que la empresa de materiales de construcción que heredó de su familia se apartara del negocio del asbesto.
“MI CAMINO, MI PERSPECTIVA”
En su intervención durante el simposio en el Incae, Schmidheiny, hablando ante importantes empresarios de la región, les instó a considerar un modelo de capitalismo ecológico y socialmente responsable.
“Algunos me ven como un excéntrico ‘verde’ inmiscuyéndose en la empresa y otros me ven como un empresario inmiscuyéndose en el medio ambiente. Soy un empresario y un inversionista que encuentra razones prácticas para que la empresa se preocupe por el desarrollo sostenible, en especial por sus elementos sociales”, explica.
Desde principios de los 90, Schmidheiny se ha enfrascado en el propósito de persuadir a los empresarios y a los gobiernos que la responsabilidad social y ambiental no es sinónimo de altos costos y pérdidas financieras.
En ese propósito logró reclutar a unas 50 personas claves, entre ellas a los líderes de reconocidas compañías como ABB, ALCOA, Chevron, Ciba Geigy, Dow, DuPont, Mitsubishi, Nippon Steel, Nissan, Shell y la Volkswagen, fue entonces cuando en el año 1992 alcanzó gran notoriedad internacional al conseguir respaldo empresarial para la Cumbre de la Tierra celebrada ese año en Río de Janeiro.
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