- El de Cardoze contra Devey
Edgard Rodríguez C.Enviado [email protected]
CUBA.- Hay jonrones inmensos que nunca se olvidan, como aquel de Andrés Galarraga en el Estadio Pro-Player de Florida, el de McGwire contra Denis, el de Kindelan en los Olímpicos de Atlanta todavía con aluminio, o el reciente de Sammy Sosa, que estuvo a punto de sacar la pelota a la calle en el Estadio Wrigley de Chicago.
Tengo que agregar otro en mi archivo: ese de Norman Cardoze en Matanzas sobre un cambio del zurdo canadiense Phil Devey, que amenazó extenderse majestuosamente en busca de las estrellas.
El público saltó bruscamente de sus butacas, con un gesto de asombro como el que produce, según Juan Rulfo en su Pedro Páramo, escuchar el quejido de un muerto.
“Fue un pitcheo al centro, variando la velocidad y le di con todo”, me dijo Norman recordando con deleite, como golpeó esa bola con la parte más sustanciosa del bate, y un swing tan violento y preciso, que hubiera sido capaz de mover de sitio la Pirámide de Keops, que tardó 20 años en construirse.
“Sabía que se iría, pero no me percaté de lo lejos que viajaría esa bola hasta que la vi elevarse y adquirir velocidad. Confieso, me asusté”, agrega quien no se atrevió a hacer teatro mientras daba la vuelta a las bases y llegaba al plato, asegurando una ventaja de 2-0 que en manos de Olman Rostrán, parecía colocarnos en ruta hacia un debut exitoso.
“Lamentablemente, perdimos. Qué bueno hubiera sido para mí que ese batazo significara la diferencia de 2 por 1 que se mantuvo por un buen rato. Lo mejor, la victoria, se nos escapó. Así que no puedo festejar”, manifestó el pelotero de Masaya, símbolo del San Fernando, y tantas veces cuestionado.
Mientras la bola viajaba hacia la inmensidad por el sector del jardín izquierdo, la cabeza del pitcher Devey se dobló, como si el techo del Estadio Victoria de Girón, le hubiera caído encima.
“He bateado tan o más lejos pero con aluminio. Ahora lo hice con madera, demostrando que mi fuerza es algo real, aún en estadios tan grandes como éste. Varios de los compañeros, me dijeron que no habían visto un batazo de esa dimensión”, concluyó Norman mientras se dirigía hacia el autobús de la Selección.
Durante el béisbol profesional que se jugó en Nicaragua entre 1956 y 1967, hay un batazo, que siempre recuerdo, más impresionante que los conectados por Marvin Throneberry y George Scott, y es aquel de René González, que al primer brinco, rebotó en el muro colocado a 500 pies del plato, frente a las entonces oficinas del Tránsito.
Éste de Norman, por lo menos fue de 450 pies, aunque Pitágoras, magistral con la geometría, as en el manejo de la hipotenusa y de los catetos, podría demostrarnos que hubiera caído más lejos.
¡Qué batazo señores!… Me hizo dormir de pie.