Marcela Sánchezwashingtonpost.com
Después de nueve meses en su cargo, el Presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, ha hecho pocos amigos entre los negociadores comerciales estadounidenses. Como catalizador de un grupo de países en desarrollo dispuesto a retar la hegemonía estadounidense y europea en negociaciones comerciales, este antiguo agitador sindical que sólo llegó al quinto año escolar, ha demostrado ser un verdadero dolor donde Washington preferiría no tenerlo.
Cuando la coalición de Lula abandonó las conversaciones en Cancún hace cuatro semanas, retrasando las negociaciones comerciales al menos un año en la Organización Mundial del Comercio, el Representante Comercial de Estados Unidos, Robert B. Zoellick, catalogó a Brasil entre los países “no disponibles” que no merecen el tiempo y el esfuerzo de Washington.
Y cuando Brasil intentó la semana pasada reducir el alcance de las conversaciones comerciales en el Hemisferio Occidental y de esa forma entorpecer la agenda estadounidense, el negociador comercial de este país Ross Wilson pronunció la palabra despectiva favorita de la administración Bush para aquéllos que le llevan la contraria, afirmó que la actuación de Brasil había sido “decepcionante”.
En el mundo monocromático de las negociaciones de comercio, esa frustración es comprensible. Lula está estableciendo barreras significativas y en verdad parece que le gusta más estorbar las conversaciones que participar en ellas. Pero lo que los negociadores comerciales no ven es que Lula es más que eso.
El líder brasileño es un estorbo con causa. Un hombre que conoce personalmente las luchas de los pobres en América Latina, cuyo número ha aumentado en millones en los últimos cinco años. Y como tal, Lula es un hombre más valioso para Washington como aliado que como adversario.
El hecho es que Lula está sirviendo de puente entre dos mundos en una danza precaria entre fuerzas reformistas neoliberales —liberación comercial— y fuerzas radicales de izquierda que en Latinoamérica son las mismas que están provocando paros y violencia en países como Venezuela o Bolivia e igualmente, las que dan vida a líderes mucho más radicales que Lula.
A pesar de sus credenciales de izquierda, Lula ha mostrado ser pragmático. Ha logrado preservar su agenda social al tiempo que mantiene una fuerte disciplina fiscal. Ha demostrado total comprensión de la necesidad de mantener buenas relaciones con Estados Unidos, un país al que Brasil está estrechamente atado por comercio y deuda.
No sorprende entonces que dentro de la Administración Bush se haya abierto una especie de fisura por Lula. Mientras los negociadores comerciales estadounidenses están empecinados en satanizar a Lula, otros funcionarios muestran un nivel de tolerancia poco común hacia el mandatario y están interesados más en seguir forjando una “resuelta nueva dirección” tanto para las relaciones entre Estados Unidos y Brasil como para la cooperación hemisférica y mundial. Bush y Lula se comprometieron a trabajar en dicha dirección durante su reciente cumbre en el verano.
Como el segundo país más poblado en las Américas, Brasil y sus más de 182 millones de potenciales consumidores significan una gran oportunidad para los empresarios estadounidenses. De hecho, la propuesta Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) sin Brasil sería una verdadera ALCA-light. Hoy, los Estados Unidos tienen ya tratados comerciales con México y Chile, económicamente Brasil representa la mitad de los que faltan.
Aún así, en su frustración, funcionarios de comercio estadounidenses están ahora haciendo un esfuerzo concertado para erosionar la obra de Lula y presentarlo como una figura que genera divisiones y destinada a quedar aislada totalmente. Y lo están logrando, particularmente en América Latina.
Brasil fue miembro fundador del grupo inicialmente llamado G-22, un tercer nuevo frente compuesto por 22 países en desarrollo que demandan la reducción de subsidios agrícolas para hacer que el comercio beneficie a otros además de Estados Unidos y Europa.
Pero con Washington convencido de que la influencia del G-22 fue sobre todo destructiva, ha estado haciendo insinuaciones y poniendo presión a miembros individuales para que se retiren. El Salvador fue el primero en romper filas casi inmediatamente. Colombia y Perú anunciaron la semana pasada que seguirán sus pasos y altos funcionarios de Costa Rica y Ecuador han tratado públicamente de distanciarse del grupo.
Los funcionarios brasileños por su parte han actuado a veces en forma tan intimidante que ha facilitado la decisión de abandonar el grupo. Además el sentido común aconseja que en el corto plazo aquéllos que abandonan el grupo tienen más que ganar manteniendo una relación estrecha con Washington que con Brasilia; incluso si, de seguir divididos, tendrán que hacer concesiones comerciales que podrían demostrar ser costosas a largo plazo.
Pero el riesgo de condenar a Lula al ostracismo es extender este riesgo a quienes lo apoyan. El antagonismo de Washington provee sólo una razón más para unirse al líder brasileño con mayor fervor.
Silenciar a Lula erosionando su alianza e ignorando sus demandas, sería el equivalente a apagar una alarma que perfora los oídos, lo cual tiene sentido sólo si es una falsa alarma.