José Adán Silva [email protected]
Recibí esta semana un correo electrónico de un colega periodista, y economista de muchas luces, que me hizo pensar con nostalgia en los muy felices tiempos que alguien nos robó y nunca volverán.
El correo hacía mención a una serie de actos de nuestra niñez y juventud inmediata, que a estas alturas de guerras tecnológicas, enfermedades raras y clones, parecen sacadas de un cuento de hadas.
De autor anónimo como muchos mensajes que navegan en el océano de la Internet, el correo nos recordaba aquellos días en que los chavalos de la cuadra, de la barriada o del colegio, tomábamos agua de la manguera del jardín y del grifo del colegio, y no de una botella plástica de agua mineral.
Los autos eran grandes, no tenían cinturones de seguridad ni bolsas de aire, y cuando se trataba de viajar en las tinas de las camionetas, todos querían ir porque eran paseos especiales que nadie gustaba perderse.
Salíamos a jugar a las calles, con los amigos vecinos, con la única condición de que regresáramos antes del anochecer; el colegio duraba hasta el mediodía y no había círculos de estudio, asambleas estudiantiles y como no existían celulares, nadie podía ubicarte.
Eran tiempos en que si te cortabas, rompías un hueso o perdías un diente en un accidente de juego, no había demanda. Se podían comer frutas bajadas a pedradas o cortadas con las manos al subir los árboles y nada te pasaba.
La pacotilla de mi barrio podía ir a jugar en las calles de los barrios vecinos y no había pandillas que nos tiraran morteros o nos agredieran por defender su territorio. Comprar una bebida entre cuatro y beberla de la misma botella, era normal y nadie se moría por eso. Si por casualidad cometías alguna imprudencia, y terminabas detenido por la Policía, simplemente llegaban tus padres a llevarte a casa a regañarte, aconsejarte o darte una tunda. Nadie presentaba una demanda o recurso de amparo a tu favor.
Pero todo eso ha cambiado, y a la larga lista de cosas que ya no volverán, podría agregar una más: la seguridad en los taxis. El señor aquél, de panza cervecera y guayabera blanca que hablaba de béisbol, conocía todas las direcciones y escuchaba la Sonora Matancera, ha dado paso a una generación de taxistas jóvenes sin alma, que asaltan, violan e irrespetan los derechos del usuario que por desgracia aparece en su camino.
A diario los medios están informando de asaltos, secuestros y accidentes en los taxis, en contra de los usuarios y de los mismos taxistas.
Pero no son los únicos.
Las estadísticas revelan una situación más que peligrosa: 83 robos con intimidación a taxistas fueron denunciados en agosto pasado en el Distrito Tres de Policía. Seis robos con intimidación donde se ven involucrados los taxis, son denunciados diariamente. Diez taxis se reportan robados o desaparecidos cada semana, y un promedio diario de cinco taxistas se declaran asaltados.
Los accidentes en que se ven involucrados los taxis han aumentado en comparación al año pasado, junto al número de muertos y lesionados en accidentes provocados por los taxis. Viendo tanta violencia, y leyendo el e-mail sobre aquellos tiempos, no puedo menos que preguntarme: ¿Quién jodido nos asaltó la confianza?