Marcela Sánchezwashingtonpost.com
María Esquino, Jorge Granados y Elmer Arias no son ideólogos que luchan por prevenir el ascenso de ex guerrilleros comunistas en América Latina. Pero desde su humilde posición en esta capital podrían ser aún más eficientes en lograrlo.
Los tres son inmigrantes salvadoreños, miembros de la diáspora más grande per cápita de Latinoamérica. Hoy uno de cada cuatro salvadoreños vive en Estados Unidos. De los dos millones de salvadoreños acá, una cuarta parte vive en el área de la capital estadounidense.
Esquino, Granados y Arias cruzaron sus caminos esta semana debido a que uno de los candidatos presidenciales de El Salvador vino a Washington para estrechar manos, meses antes de los comicios de marzo. A pesar de que los ciudadanos de ese país que viven en el exterior no pueden votar, otros candidatos seguramente también vendrán, ahora que el paso por Estados Unidos es cada vez más frecuente en campañas electorales de Latinoamérica.
Los inmigrantes salvadoreños tienen un perfil más alto en su país desde las últimas elecciones presidenciales en 1999. Sus contribuciones a la economía salvadoreña se han duplicado. Sus giros de dinero son la principal fuente de moneda extranjera a El Salvador, por encima de todas las exportaciones, la inversión extranjera, el turismo y la ayuda exterior.
Su dinero y su poder han aumentado tanto que ahora rebasan incluso los típicos focos de influencia en Washington. No son funcionarios estadounidenses que necesitan ser galanteados, convencidos o tranquilizados; tampoco dirigen alguna de las instituciones multilaterales de préstamo, ni una de las poderosas organizaciones de investigación o firmas de lobby de Washington.
Hacen parte, en cambio, de la extensa comunidad inmigrante latinoamericana en este país, que por naturaleza, cultura y proximidad, mantiene vínculos cada vez más estrechos con la región. Estos inmigrantes, especialmente los salvadoreños, los mexicanos y los dominicanos, tienen una influencia en sus países que ya quisieran tener los estadounidenses encargados de la política exterior.
Muchos inmigrantes salvadoreños, como otros de Latinoamérica, se sienten desanimados ante las actuales fórmulas propuestas por Washington para la región. Aun así, reconocen las oportunidades que han recibido y temen que un nuevo líder en su país de origen pueda poner esas oportunidades en peligro. De hecho, están emergiendo como los mejores aliados del poder tradicional de Washington para asegurar que cualquier futuro cambio no sea demasiado radical, cualquier futura reforma no se aparte demasiado de las prioridades en esta ciudad.
Eso se hizo particularmente evidente esta semana durante la visita del ex comandante guerrillero del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, Schafik Handal, actual nominado a la presidencia por el ahora partido FMLN y uno de los principales candidatos en El Salvador. A algunos funcionarios estadounidenses les preocupa de tiempo atrás el proyecto que pueda tener Handal para El Salvador, su posible alianza con Fidel Castro y lo que sus políticas de izquierda puedan significar para la democracia salvadoreña, para las recientes ganancias económicas del país y las actuales relaciones estrechas con Washington.
Handal dijo en una entrevista que no buscó una reunión con funcionarios de la administración Bush, porque está convencido que mantendrán su palabra y respetarán el resultado de las elecciones. En cambio visitó un restaurante de los suburbios en Virginia y una iglesia de un barrio obrero de Washington donde algunos mensajes fueron tal vez tan contundentes y algunas señales tan claras como si hubieran venido del Departamento de Estado o el Capitolio.
Arias fue anfitrión de Handal la noche del domingo en un restaurante suyo. Según dijo, le hizo la advertencia al candidato de no crear tirantez entre Washington y San Salvador —en detrimento de los salvadoreños que viven acá, muchos de los cuales han visto renovados sus permisos de trabajo temporales en varias ocasiones.
“Hemos venido a un país que nos ha abierto las puertas, nos ha dado oportunidades, así que … [Handal] debería tomar ciertas medidas y cambiar ciertas políticas”, le dijo Arias al candidato del FMLN.
Granados, por su parte, estaba entre las docenas de personas que acudieron a la reunión en la iglesia, pero sin la lealtad ciega del antiguo militante que fue del FMLN. Dijo que hubiera preferido un candidato más joven que Handal, de 72 años. Pero se mostró confiado en la habilidad de aquéllos en el equipo de campaña para demostrar, especialmente acá, que el FMLN ha evolucionado y se ha convertido “en una fuerza legítima con buenas intenciones”.
También estaban presentes Esquino y su esposo, indígenas salvadoreños que viven en exilio tras haber sido torturados en El Salvador hace diez años. En una entrevista, ella afirmó que han obtenido apoyo para su pueblo en su país, aunque sólo de organizaciones nativas estadounidenses. Aún con razones suficientes para mostrarse escéptica sobre cualquier líder, estuvo allí para darle el beneficio de la duda a Handal y medir el impacto que grupos indígenas salvadoreños han tenido en la opinión del candidato sobre los derechos indígenas.
Esquino, lo mismo que Arias y Granados, sugirieron que el futuro del FMLN dependerá de su capacidad de romper con el pasado. Independientemente de quien gane el próximo año, el futuro presidente tendrá mucho que ganar si mantiene a Washington y San Salvador sincronizados.