José Adán Silva [email protected]
Del reparto Schick a La Subasta. Era una pareja joven: ella mayor que él, más recia y oscura, pero ambos no llegaban a los 30. Agitados los dos, bajo el sol de fuego de las 2:00 p.m., cargaban con sendos bolsos de ropa. Iban de huida, o ella, que parecía del campo, regresaba a su tierra.
Ella pidió más volumen para escuchar una canción de Los Bukis. Claro que el taxista le subió a la radio y ya no le bajó hasta que escuchó la bofetada sonora y seca que resonó más que el estribillo de “Tu cárcel”.
Echó una ojeada por el retrovisor y vio la escena: ella con las manos bien asidas de la melena de su Romeo y él, con la cara colorada de quién sabe cuántas cachetadas, trataba de desprender las garras que amenazaban dejarlo sin cuero cabelludo.
La mujer le reclamaba que él trataba mejor a su otra amante y que a ella ni para el jabón le daba. Él sólo pedía que lo soltara del pelo y que se calmara, antes de que perdiera la calma.
Pero ella no entendía de razones y quitó una mano del pelo, sólo para intentar abofetearlo. Logró meter una o dos cachetadas, pero eso bastó para despertar la furia del hombre. El sujeto arremetió a puñetazos contra su acompañante y, pronto, el improvisado ring se llenó de ayes, golpes y gemidos de dolor.
Un llanto convulsivo como de hipos agudos, salía de un rostro enrojecido que apenas se dejaba ver tras una cortina de cabellos lacios alborotados, que no podían tapar el sinuoso paso de sangre que manaba de la nariz y la boca de ella.
La mujer trataba de taparse la cara con las manos, pero él abría la guardia con sus puños. El taxista, viendo la escena a través del retrovisor, intervino: “Ya está hermano, dejala, no ves que la vas a matar, no te metás a clavos”. Pero el abusador, nada: “No se meta y lléveme a La Subasta; usted no sabe lo maldita que es esta hijuep…”
El taxista insistió, pero el tipo no cedió. “No se meta profesor, que esta maldita me las debe”, dijo, pero esta vez acompañó sus palabras con un puñetazo a la frente de ella, que la hizo desvanecerse.
Entonces el taxista frenó. Bajó del carro furioso, abrió la puerta con violencia, haló a su pasajero y lo retó: “Ponete con un hombre, cochón, a ver si es cierto que pegás duro”. Acto seguido le lanzó una andanada de golpes, hasta que lo arrinconó cerca de una caseta que servía de parada de bus. Le hizo una llave al cuello y lo dobló. En esa estaba, ahorcándolo, cuando sintió un par de golpes en la cabeza.
Era ella, la maltrecha compañera del abusador, que salió al rescate de su Romeo, defendiéndolo a taconazos.
El taxista defensor soltó al tipo y caminó furioso hacia su taxi; ahí los dejó: él hincado en el suelo con la cara inflamada y la vista desorientada; ella llorando, descalza y con el pelo alborotado, asistiéndolo. No había terminado de arrancar cuando vio cómo el tipo se puso de pie, para jalarla del pelo y darle una nueva tunda delante del gentío que ya se había aglutinado alrededor del pleito.
“Ojalá que la mate por pendeja”, dijo el taxista con la cabeza adolorida de los taconazos, y con la firme disposición de nunca más involucrarse en pleitos de pareja.