En Nicaragua, las pandillas juveniles y la delincuencia son un problema que aumenta, tanto en Managua, la ciudad capital, como en otros departamentos del país. (LA PRENSA/ARCHIVO)

Miedo aumenta en El Salvador

Las probabilidades de que una persona sea asesinada en El Salvador, son más altas que si viviera en un país africano con una guerra civil o donde actúan grupos terroristas suicidas como en el Oriente Medio Christian Guevara Guadrón El principal temor de Sara Quinteros, una joven estudiante universitaria de 21 años, es que un […]

  • Las probabilidades de que una persona sea asesinada en El Salvador, son más altas que si viviera en un país
    africano con una guerra civil o donde actúan grupos terroristas suicidas como en el Oriente Medio

Christian Guevara Guadrón

El principal temor de Sara Quinteros, una joven estudiante universitaria de 21 años, es que un delincuente la intercepte mientras camina por una calle de San Salvador y la viole. Quinteros ha sido víctima de tres asaltos en los últimos dos años y es parte del 31 por ciento de los salvadoreños, según una encuesta de agosto pasado de la Cid-Gallup, que cree que la delincuencia es el principal problema del país.

“No se imaginan el pavor que me da cuando voy sola en la calle y veo a un hombre. Lo único que pienso es que me puede violar”, narró la joven.

El Salvador, Colombia y Guatemala son los países más violentos de América. En el 2001 se reportaron a la Policía salvadoreña 913 agresiones sexuales; 2,209 homicidios; 5,267 robos; 1,089 lesiones; 783 robos de vehículos y 545 casos de secuestro. El miedo parece estar justificado.

Actualmente hay 37 asesinatos por cada cien mil habitantes. Para que un país sea considerado violento o con graves índices de inseguridad, la tasa de homicidios debe de ser de diez. “Una comparación con el promedio de América Latina muestra que la incidencia de la violencia del país está por encima de la media de una región considerada en sí misma como una de las más violentas del mundo”, reza un informe sobre Armas y Violencia, del Programa de las Naciones Unidas (PNUD), publicado el año pasado.

Las probabilidades de que una persona sea asesinada en El Salvador son más altas que si viviera en un país africano con una guerra civil o donde actúan grupos terroristas suicidas como en el Oriente Medio. El Instituto Universitario de Opinión Publica de la UCA (IUDOP) descubrió que la violencia en El Salvador es tan grave, que uno de cada cuatro ingresados en el Hospital Rosales, el principal del país, llega lesionado por algún tipo de arma durante un hecho delictivo.

También la violencia social golpea con dureza. Según los protocolos del Instituto de Medicina Legal en el levantamiento de cadáveres, al menos dos de cada cinco homicidios tuvieron un móvil desconocido. Una recopilación de los casos de asesinatos ocurridos entre 1996 y el 2000, y publicados en la prensa nacional, reveló que el 31.3 por ciento no tenía una causa determinada, que el 26.6 por ciento fue por asaltos, el 8.8 por ciento por venganzas o enemistades y que sólo en el 7.7 por ciento estaban involucradas las ‘maras’ o pandillas juveniles.

Desde hace poco menos de dos meses, el tema del miedo y la inseguridad volvió a estar en el primer plano, cuando el presidente Francisco Flores anunció el Plan Mano Dura. La medida, según el gobierno, busca erradicar la delincuencia juvenil y desarticular las ‘maras’, consideradas como la principal causa de violencia, en un plazo de seis meses.

ADAPTÁNDOSE AL MIEDO

La teoría evolucionista del naturalista inglés Charles Darwin se resume en que la supervivencia de las especies depende de su adaptación al medio ambiente que les rodea. Algunas estadísticas demuestran que los salvadoreños también se han tenido que adaptar a un ecosistema hostil para poder sobrevivir.

Un estudio de la Facultad Latinoamérica de Ciencias Sociales (Flacso) reveló que casi la mitad de los salvadoreños que viven en comunidades marginales del Área Metropolitana de San Salvador (AMSS), han cambiado sus hábitos de vida para evitar ser víctimas de la violencia.

Según el documento, “un 49 por ciento de los habitantes de las comunidades marginales afirma que el último año han limitado sus actividades durante la noche y no salen de su casa para evitar ser víctimas de un acto de delincuencia”.

No es una medida de precaución en vano, tomando en cuenta que cuatro de cada diez de esas personas reportaron haber sido víctimas de un hecho delictivo afuera de sus hogares. Asimismo, el 25 por ciento aseguró que un miembro de su hogar fue asaltado por un miembro de las ‘maras’.

Esas cifras concuerdan con los resultados encontrados por Flacso: la principal causa de miedo de las personas que viven en comunidades marginales es la delincuencia y la segunda son las pandillas juveniles.

Además, esa enorme cantidad de personas que viven en una permanente inseguridad en sus comunidades son las que normalmente se trasladan o hacen uso del transporte colectivo, parques, mercados y calles, que son los sitios identificados por el Cuerpo de Agentes Metropolitanos de la Alcaldía de San Salvador (CAM) como los lugares donde se cometen la mayor parte de hechos delictivos. “Ellos tienen la posibilidad más alta de ser afectados, que los que no hacen uso de esos espacios”, señala el estudio de Flacso.

Otra medida de adaptación en un medio ambiente tan violento ha sido el auge de compañías de seguridad. En El Salvador, hay un policía por cada 400 habitantes y un guardia privado por cada 300. Para el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), eso se debe a “la existencia de un sistema institucional débil e ineficaz en la administración de justicia y en la aplicación de medidas para garantizar la seguridad ciudadana”.

Según Nelson López, propietario de una agencia de seguridad, sus principales clientes son las empresas y personas con capacidad económica. La encuesta de la Cid-Gallup determinó que “las personas que consideran la delincuencia y la inseguridad como el principal problema del país, pertenecen a niveles socioeconómicos medios y altos”.

Los salvadoreños también han interiorizado la “Cultura del Silencio”, para evitar ser agredidos por sus semejantes. “Lo que predomina es una cultura del silencio, según la cual todo mundo puede ver, oír y darse cuenta, pero la respuesta debe ser callarse”, concluyó Claudia Silva, una joven investigadora que trabajó en una comunidad marginal con problemas de ‘maras’ y delincuentes. Las consecuencias de ese comportamiento pueden ser muy graves para el país, pues genera la impunidad necesaria para que la violencia y los delitos mantengan sus niveles.

OTRA CARA DEL MIEDO

“Por lo que es mi hijo, nadie me puede ver”, relata con dolor Rosa (nombre ficticio), una menuda mujer de 60 años y madre del “Chele Boris”, un reconocido criminal y ex pandillero de la comunidad La Chacra.

A los 12 años, el ‘Chele Boris’ abandonó su hogar por problemas de drogadicción, poco más tarde ingresó a una ‘mara’ en Apopa y se dedicó a asaltar. Ahora, con 30 años de edad, es la tercera vez que está en la cárcel. Desde hace cinco meses se encuentra recluido en el Penal La Esperanza, acusado de haber asesinado a una joven. “Creo que en la televisión decían que hasta la mutiló”, comentaba una vecina de la comunidad. En La Chacra existe la ley del silencio: lo que se ve, se habla y se oye, ahí se queda.

SOSPECHOSOS

Estudios en comunidades marginales de El Salvador indican que el impacto de la violencia juvenil perjudica a los habitantes de las comunidades marginales, de múltiples formas. “Todos llegan a ser sospechosos si viven en una comunidad. El simple hecho de decirlo provoca reacciones que pueden derivar en amenazas de muerte, escepticismo y desprestigio para una persona”, indica la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).

Tomado del periodico digital El Faro.

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